Acto CXVII: Las lágrimas de (G)Aia

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Todo había sido un sueño.
Aia no había sido poseído por Dorann, y Soka no le había atravesado el abdomen con Tempestad perpetua.
O al menos eso quería creer Kayt.
Todo era tan real como su propia existencia, y la sangre de Aia había brotado y caído sobre sus manos frías. Kayt se sentía como su propio asesino, aunque hubiese sido Soka quien le hubiera dado el golpe de gracia. Al final y al cabo, era su responsabilidad errada.
Con un moribundo Aia frente a él, ensartado cual presa en su propia espada, se puso en pie con las primeras lágrimas en caída libre y apartó a Soka de un violento empujón, sin miedo a represalias. La tulpa reaccionó como si nada, derrumbándose sin peligro contra un mueble. No era consciente del tremendo error que había cometido.
Justo después, Kayt arrancó de Aia la espada, emergiendo ensangrentada y maloliente. El maestro cayó frente a la pared liberando un débil grito, así que el joven arrojó el arma como si careciese de valor y corrió a ayudarlo.
Temeroso, agarró el cuerpo de su maestro y lo colocó sobre la pared. Pudo palpar los alrededores del cruento agujero que Tempestad perpetua había abierto, y, al retirar la mano, el calor de la sangre invadió su piel.
Kayt sintió un escalofrío extraño, portador de gélidas preguntas cuyas respuestas nunca conocería.
Acto seguido, el joven se agachó y sujetó la cabeza de Aia por el mentón, levantándola para que sus tristes ojos de guerrero vencido pudieran mirarlo una vez más.
—Acécate... —pronunció Aia con un hilo de voz. Su tono era el de un hombre consciente de que la muerte no andaba lejos.
Kayt se aproximó todo cuanto pudo. Una vez más, sus ojos se humedecieron como si un temporal los hubiera arrasado. No pudo evitar que aquellas lágrimas desbordaran.
—¿Qué puedo hacer, Aia? —con ambas manos sujetó su lívido rostro—. ¿Cómo puedo salvarte? —la desesperación vibraba en su voz.
Aia esbozó una difícil sonrisa. Incluso le dolió.
—No hay nada que hacer. Dorann se ha alejado, nos ha vencido —Aia retiró de su rostro aquel gesto. No había cabida para ello—. Me ha vencido.
Entonces, Kayt apretó los dientes.
—¡Liberarte de Dorann no vale tu propia vida!
—Créeme, lo hace —el maestro levantó débilmente el brazo y acarició la mejilla del joven, solo para dejar caer la mano latidos después—. Ya entró en mi cuerpo, y así consiguió llevarse a un hombre inocente por delante y causar el caos en Bastión Gélido —tosió con fuerza y expulsó sangre—. Ahora trata de herirte a través de mí. Esto era inevitable.
—No, no puede ser —titubeó Kayt—. Seguro que hay alguna manera de evitarlo.
—No siempre la hay, aunque seamos partidarios de la esperanza. Lo siento.
A Kayt le costó, pero tuvo que asumirlo. Fue entonces cuando no pudo evitar romper a llorar como un bebé en plena noche.
Por otro lado, Aia sabía que su final estaba cerca y no podía llevarse consigo todo cuanto se había visto obligado a esconder hasta entonces. Debía darse prisa.
—Mira en el bolsillo de mi camisa, Kayt —le pidió Aia con voz ronca.
Sin dudas, Kayt introdujo la mano en aquel pliegue. Sus dedos extrajeron un pedazo de tela azul oscuro con dibujos de estrellas. Se estremeció, y sus vellos se pusieron de punta. Se trataba del único resto que había quedado de Arie tras el acto del Braykn Zchont.
—¿Cómo lo has...?
—Te lo dejaste en el hotel de Villa Rey. Sé que desobedeciste mis órdenes y usaste el arte de la muerte para tratar de revivir a esa amiga...
—¡Lo siento, Aia! ¡Estaba desesperado! —exclamó un apenado Kayt. Una nueva tanda de lágrimas se deslizó por su rostro—. No sabía...
—Te perdono —declaró Aia con paz en el tono. ¿Qué le quedaba sino eso?—. No te preocupes. El Poder Oculto es poderoso, pero más lo eres tú. Si saliste impune de eso, sobrevivirás a cualquier cosa. Pero te advierto una cosa: si tienes que recurrir a lo umbrío, hazlo solo cuando sea estríctamente necesario. Tú no eres tan fácilmente corruptible como los demás.
Sin dejar de temblar, Kayt engulló saliva y asintió.
—Haré lo que pueda —sollozó.
Poco después, Aia miró hacia otro lado. Tenía algo más que decir, y su rostro daba a entender que se trataba de algo de suma importancia. Kayt no quería que la impaciencia reinara sobre el dolor, pero deseaba conocer aquel secreto.
—En Terria descubrí algo esclarecedor —Aia tosió, pero cesó rápidamente. No tenía tiempo ni para eso—. Cuando recorrí en solitario la casa de tu tío Uvin, percibí unas ondas inusitadas. Al ir a su alcoba encontré oculta una misteriosa nota, y en ella figuraba un nombre: Uvoreine Klearin.
—¿Y qué pasa con eso? —preguntó Kayt, el corazón a mil por hora.
—Entonces lo entendí todo. Tu tío Uvin nos mintió a todos, Kayt. Las ondas confesaron que nos manipuló a ti y a mí, e incluso a Widdle y a Dagro. Tu tío Uvin no era quien creías —los ojos del moribundo maestro se abarrotaron de arrepentimiento.
—¿Qué quieres decir? —Kayt hizo presión sobre sus hombros, desesperado.
—Uvin era un impostor. Conocí en el pasado a tu tío, pero empleó tan bien las ondas que consiguió nublar su foco de existencia. Solo para manipularme después —entonces, Kayt quedó boquiabierto. En secreto, Uvin había sido un poseedor. Ni siquiera lo había advertido—. Por eso te entregué a un donnadie en medio del desierto —Aia tosió—. Por eso ni yo mismo sabía cómo responder exactamente a esa pregunta. Él lo planeó todo.
—¿Y quién se supone que era en realidad?
—Un antiguo criminal... de Menta. Usó en su propio beneficio el Braykn Zchont, y causó estragos. Tu tío Uvin se tornó oscuridad, Kayt. Y, por alguna razón, te quería consigo. Tal vez para no estar solo, o para usar tu poder de alguna manera que desconocemos... No lo sé... —la cabeza de Aia se precipitó hacia delante, apoyándose en el pecho de Kayt.
—¡Aia! —el joven bramó desesperado como nunca, sosteniendo su cada vez más deteriorado cuerpo.
Por si el sufrimiento no fuese poco, la confusión comenzó a sembrar el caos dentro de Kayt. Había descubierto algo que jamás habría sido capaz de suponer por cuenta propia, y además estaba a punto de perder a una de las personas que más le importaban.
Y no podía hacer nada, tan solo mirar con desesperación. Su mayor pesadilla se había hecho real.
Entonces, cabizbajo y apoyado en su aprendiz, Aia logró decir algo más:
—Cumple con tu destino. Cambia el mundo. Aviva las llamas de NeoMenta. Aunque no seas el Elegido, tienes la sangre de los Dracorex. La energía fluirá siempre por tus adentros, incluso cuando no tenga una forma física de la que depender.
Entre lágrimas, Kayt levantó por la barbilla la testa de Aia y encontró en su rostro una expresión interrogante. Sus ojos vidriosos refulgían de alguna manera entre el pesar y esperanza. Kayt trató de hablarle una vez más, pero no le quedaban palabras.
Precisamente tenía la mano sobre su pecho, donde el corazón residía. Y, a los pocos segundos, se percató de que ya no latía. La sangre había dejado de fluir a lo largo de su organismo, concediéndole un amargo final.
En soledad, Kayt no pudo hacer más que abrazar el ensangrentado cadáver de su maestro y llorar desconsoladamente hasta caer rendido de puro agotamiento.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora