Acto CLXXV: Oscuro amanecer

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Tras las puertas de Bastión Gélido, Inisthe contempló la partida de una legión de guerreros dispuestos a arriesgar sus vidas por hacer de la comunidad un lugar mejor.
En ocasiones como esa, él siempre había sido parte esencial de la vanguardia. Su mano de hierro había dado buena cuenta de sus enemigos, un valor sobrehumano reflejándose en el metal. Sin embargo, todo eso había acabado para él. Una mano ajena lo detenía ahora, acariciando suavemente su hombro.
—En otros tiempos me habría lanzado a la aventura —declaró Inisthe en un suspiro—. El primero, en cabeza.
—Pero los tiempos siempre cambian —dijo Alissa tras él—. Eres más valioso de lo que crees, Inisthe. No está bien que arriesgues tu vida de esa manera.
—Pero, ¿qué hay de todos los demás? —le preguntó a Alissa sin siquiera mirarla a los ojos—. ¿Acaso sus vidas no valen lo mismo?
Lentamente, Alissa fue rodeándolo con sus brazos por la espalda.
—Eres distinto a ellos, Inisthe. Ninguno de ellos ha combatido todo lo que tú, ni ha sufrido como tú lo has hecho. Has luchado demasiadas guerras. Es hora de que descanses —espiró, el aire enfriándole la nuca—. Tengo miedo a perderte.
Otra vez, Inisthe suspiró.
—Tú también luchabas hasta la muerte antes. ¿Qué es lo que ha pasado?
Durante un silencio momentáneo, Alissa se mordió el labio.
—El miedo desvela otra cara de tus ambiciones. Tú y yo hemos llegado demasiado lejos. Estábamos condenados, Inisthe —la voz de la pelirroja tembló—. Demasiados han caído a nuestro lado como para no aprender de sus errores. ¿Quién contará si no sus historias? Vivamos por ellos, para su recuerdo.
Tristemente, Inisthe colocó la mano sobre el cristal de la puerta, dejándola caer a escasa velocidad. Con aquel gesto dijo adiós a la vida temeraria que había llevado hasta entonces, pues no sabía hacer otra cosa sino luchar. Matar, arrancar almas y elaborar con sus alaridos una capa de lástima, derramar la sangre que decoraría un tapiz de horror inmundo. Su único cometido, su mayor talento, otrora glorioso y ahora yacente boca abajo en el suelo.
Tal vez fuera hora de aferrarse a esos vientos de cambio que Alissa mencionaba.

Los vientos que recorrían de una punta a otra el bosque nevado no hacían sino arreciar. A su paso congestionaban toda nariz, congelaban las pestañas y entumecían los dedos que empuñaban las armas.
Los guerreros se mantenían unidos como balas de cañón con tal de tener todos los flancos bajo control. Los Cazadores de Élite podrían emerger desde cualquier lugar y ejecutar un nefasto ataque sorpresa con su letal potencia de fuego. Por ende, ni un solo fragmento del bosque podía quedar descubierto. Esto había llevado a que se originara un terrible aire de terror y desconfianza, donde un silencio inquietante helaba la sangre de todos.
A la cabeza del equipo, Diolo charlaba amigablemente con el chico que había dirigido al grupo hacia la salida de Bastión Gélido. Parecía el típico chico enfermizo que nadie imaginaría con vida dentro de algunos años, pero aun así tenía valor suficiente para sobrevivir.
—¿Cuál es tu nombre, chico? —le preguntó.
—Me llamo Zobias.
Diolo le revolvió la mata de pelo castaño, cosa que pareció disgustarle. No protestó aun así.
—¿Cómo hiciste para que te siguiera tanta peña? —le preguntó el curioso pistolero—. Sé que no es fácil conseguir que te hagan caso, a menos que seas un exhibicionista o arrojes billetes de veinte.
—Simplemente grité: "¡Ayuda! ¡Nos atacan!". Y, al parpadear, se me habían presentado cantidad de hombres y mujeres armados. Nadie enfunda las armas desde lo de Nevkoski.
—Como debe ser —Diolo se frotó la barba—. Lo que ocurrió fue desastroso para todos, así que hemos tomado precauciones.
—Por eso, Bastión Gélido no permitirá que nada así vuelva a pasar.
Diolo sonrió ante la determinación de aquel chaval. Tenía su mérito cuando no se medía ni metro sesenta, se decía.
—Tienes la cabeza bien amueblada, Zobias —indicó—. Me caes bien.
Zobias no dijo nada, solo calló mientras continuaba con su minucioso escrutinio.
Acto seguido, Diolo fue a tratar el tema que correspondía a Kazzo, cuya aparición en batalla había sido tan inesperada como decisiva. De no haber acudido a tiempo Terror para salvarlo, el destino del pistolero se habría teñido de negro. Le debía tanto a aquel lobo, así que le acarició el suave lomo como recompensa. Los animales se conformaban con gestos simples. En ese aspecto, les llevaban años de ventaja a los humanos.
A un lado de Terror, Kazzo se dedicaba a limar el cuchillo mediante una rudimentaria lija. Era un misterio de dónde la había sacado.
—Tu lobo es un ejemplar estupendo, Kazzo —le dijo Diolo tras acabar de mesarle el pelaje de la cabeza.
—Le dicen esa clase de halagos a menudo —admitió Kazzo—. A mí, en cambio, no me dan ni los buenos días.
—La hipocresía de la sociedad —Diolo sonrió, tratando de hacerse el elocuente—. Aunque lo de Terror tiene más mérito.
—Desde luego —dijo Kazzo—. Parece mentira que, después de haber luchado en más batallas que muchos hombres y mujeres de Bastión Gélido, no haya sido condecorado como el héroe que es.
—Merece una medalla de honor. Me ha salvado la vida.
—No es la primera vez que salva a alguien —Kazzo miró a los ojos al pistolero—. Siempre le encanta aparecer en el último momento, como si quisiese llamar la atención. Es un animal bastante inteligente, ¿sabes? Más que algunos tíos que he conocido, de hecho.
Diolo rio entre dientes y volvió a acariciarle el lomo. Terror volteó la cabeza para escrutar al humano que tan bien se estaba portando con él. Meneó el rabo de entusiasmo.
—No te alejes de mí, Terror —le exigió—. Solo por si acaso.
El escuadrón de soldados de Bastión Gélido prosiguió con el avance a través del bosque nevado a paso lento, los Cazadores de Élite como único objetivo. Pasaron las horas, kilómetros de fatigoso camino dejados atrás. Nadie quedó atrás, ni hubo conatos de rendición. Por lejos que tuviesen que marchar, no los dejarían escapar.
En Bastión Gélido, cacería comenzada era cacería que sería completada de una u otra manera.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora