La nieve se desperdigaba por el revuelto cabello de Kayt, quien con lentitud se arrastraba con la única intención de dar con alguien que pudiera ayudarlo. No le importaba quién fuera, solo su disponibilidad. Clamaba a gritos sordos que lo asistiesen lo antes posible. Necesitaba una oportunidad para vivir. Aquel no podía ser el final, no tras el comienzo de su cruzada contra el mal. No podía dejar a NeoMenta en desarrollo, no podía permitir que el alma de Dagro quedara sin vengar.
Pero el terrible frío de la noche era mucho más fuerte que él. De poco servían los músculos, los poderes mentales y la brutalidad de un mandoble contra la naturaleza y su faceta más gélida. Poco a poco, sus energías se iban consumiendo más de lo que ya estaban. A su vez, la visión palpitante se distorsionaba. Veía cosas que nunca habían estado ahí, y la propia realidad se convirtió en una duda. Fue lamentándose mientras sus dedos se volvían rígidos e inmóviles, cayendo sobre la nieve como fósiles. Nada podía hacer por recuperar el movimiento, y eso le causaba una impotencia que no recordaba desde que Arie murió en sus brazos. El solo recuerdo liberó una lágrima. Si perecía, la muerte de Arie habría sido en vano. No podía permitirlo. Siempre pensó en el fondo que había caído por culpa suya, y quizá fuera verdad. Quizá. Habiendo cometido tal cantidad de errores, ¿por qué no podía ser aquel su destino?
Las piernas entumecidas no reaccionaban, y ni el poder de la mente era capaz de impulsarlas. Las ondas se mantenían en un letargo mortecino, incapaces de infundir calor. Para colmo, la sangre que manaba de la herida no cesaba su derrame cruento, su melodía goteante. La bala incustrada entre músculo y hueso le provocaba un llameante dolor. Iba a acabar con él.
En un momento como tal, la mente era incapaz de pensar con claridad. Tampoco existían palabras que pudieran pronunciarse. Los labios, amoratados y despellejados, se cerraron a cal y canto cual mejillón. Al menos así la brisa no penetraría en sus conductos. No quería ni imaginar morir ahogado a causa del frío. No solo sería un adiós insufrible, sino también lamentable. Siempre se había imaginado yaciendo moribundo tras la batalla con la gloria de la victoria en los labios. Demasiado distaba su imaginación de la realidad.
¿Era aquel Dagro? No, imposible. Producto de la imaginación, por supuesto. Comenzaba a delirar.
—Los héroes nunca mueren —le dijo su maestro.
Mentira. Él mismo, siempre tildado de personaje heroico, había caído muerto. Era una ilusión, no lo dudaba.
La perdición se apoderó de sus extremidades debilitadas. Sintió como si la muerte encapuchada rondanse ya cerca suya. Podía incluso atisbar su perfil entre los árboles. Sujetaba un hueso entre las manos. Entonces, ¿moriría o no? Prefería no cuestionárselo, pero era complicado en un momento tan decisivo.
No podía dejar el mundo sin haber vencido a Dorann, y mucho menos sin haber cambiado Leurs para mejor como soñaba, tampoco sin haber logrado alzar de nuevo a Menta renacida. Pero, si quería llegar a cambiar algo, tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano por vivir. Lastimosamente, solo era un humano. Un mísero y lamentable humano con las limitaciones que eso traía. Y, cuando acabara su martirio terrenal, llegaría la condena eterna del arrepentimiento. Aia lo había tenido engañado todo ese tiempo.
Cuando ni su propia mente le respondió, aquella a la que tantas horas había dedicado, comprendió que todo estaba perdido. El destino le tenía preparado un oscuro final, y no dejaba de reír por ello. Lo observaba mientras bebía gustosamente su sangre, siendo testigo de su desesperación al no poder mover un solo músculo.
Llegó un momento en el que la escasa visión que aún permanecía comenzó a desvanecerse. Todo a su alrededor se distorsionó hasta tornarse tenebrosamente imperceptible. Finalmente, la escasez de apreciación de sus ojos en la oscuridad perpetua del bosque nevado se desvaneció por completo. Solo había sombras, celebrando un festín de carcajadas a su costa. Un ambiente lúgubre, un rumor sonriente y descarnado. Algo oscuro y frío.Temible oscuridad...
Penetrante frío...
Sangre cruenta...
Temor eterno...
Sueños rotos...
Pero no. El destino le había jugado una mala pasada. La luz volvió a tiempo. Siempre lo hacía.
Primero, un parpadeo. ¿Kayt? Sí, él era Kayt de la casa Dracorex, guerrero legendario. A medida que recuperaba los recuerdos fue comprendiendo que había transcurrido un tiempo que no alcanzaba a comprender. No sabía qué pensar al respecto.
Cuando consiguió por fin ampliar su rango visual, pudo afirmar que seguía con vida. A menos que el infierno fuera mucho más acogedor de lo que se solía decir, pero no parecía ser el caso.
Se encontraba en lo que parecía ser un salón de baja altura, tumbado en una cama y cubierto por dos o tres sábanas de gruesa y suave piel. Debían provenir de alguna especie de res lanuda. Cerca de él se veía una chimenea que emitía un calor reconfortante. No dejaba de recibirlo en la parte frontal del cuerpo, tan agradable como si descubriera que el cielo divino era una realidad.
Una vez se hubo dado cuenta de su situación, le tocó comprobar en qué clase de lugar había despertado y cómo había llegado hasta allí.
El salón que lo resguardaba era muy acogedor, compuesto de una madera oscura e impecable. Era, a pesar de su poca altura, amplio, como si fuese la habitación principal del hogar. Avistó la puerta de salida, marcada con una guirnalda. Tres o cuatro metros lo separaban de la libertad, no tan remota como creyó.
Aquella sala contaba con una cama, sendos armarios e incluso una cocina. Para su sorpresa, logró visualizar con los ojos entrecerrados en aquella misma cocina una figura achaparrada y con escaso cabello que, a juzgar por el condumioso aroma, debía estar guisando una sopa en aquel pequeño caldero. El olor abarcaba toda la estancia. El individuo no dejaba de remover con un cucharón de madera el caldo, acto que provocaba un sonido relajante para el chico. Cualquier cosa era mejor que el susurro de la muerte roja.
A continuación, el cocinero, hombre avispado, se fijó en el relucir ocular de su huésped. Su rostro arrugado dibujó alivio al descubrir que vivía. Se había mordido las uñas pensando que lo perdería, pero el destino había sido pisdoso con él. En pos de comprobar su salud, soltó el cucharón dentro del caldero, que no llegó a hundirse en la sopa, y se dirigió hacia él.
—Por fin despiertas —dijo con una voz rasposa y anciana.
—¿Qué hago aquí? —preguntó Kayt, cansancio y dolor presentes en su voz. Deseaba quitarse de encima las mantas, pero temía demasiado al frío.
—¿Acaso no te das cuenta, joven? —el anciano se colocó las manos en la cadera—. Te he salvado la vida, así que deberías estarme muy agradecido.
Entonces, el arrugado individuo se colocó en su campo de visión. Lo miró a los ojos desde su superioridad erguida, como si lo estudiara.
—Pues gracias entonces —determinó Kayt.
Tras eso, el enjuto hombre se agachó para quedar a la altura Kayt. Un anciano convencional no podría arquear tanto la espalda. O era muy atlético, o no era realmente un anciano. Lo descubrió hasta llegar al abdomen, desvelando su pecho desnudo. Entre hombro y pectoral, la herida había sido cubierta por unos vendajes enrojecidos por la sangre. En respuesta, Kayt trató de no moverse. El anciano las retiró con suavidad para observar el progreso. De la herida seguía brotando sangre, y además había quedado sucia, probablemente infectada. Kayt no pudo verla desde su perspectiva, pero dedujo por su semblante que no había mejorado.
Cuando volvió a colocar las gasas sobre el daño, Kayt gimió levemente y apretó los dientes. Había olvidado el dolor, pero su viejo amigo volvía a posarse sobre su hombro. No se alejaría nunca de él.
—Te duele, ¿no? —el anciano se enderezó, haciendo crujir sus rodillas—. Esa herida no está evolucionando nada bien. Después de encontrarte sepultado bajo la nieve y traerte aquí, te extraje la bala con cuidado, traté de detener la hemorragia y te coloqué unos ungüentos tradicionales. Suelen surtir efecto, pero se toman su tiempo. No parece haber una clara mejoría, así que será mejor darle tiempo. Es lo que tiene lo tradicional y casero. Es eficaz, pero es lento y tiende a doler.
Kayt no dijo nada al respecto. El padecimiento era un asunto que prefería ignorar. Solo así conseguiría olvidarse de él. En lugar de ello, continuó formulando preguntas sin cesar. Había sido algo demasiado repentino lo ocurrido y necesitaba respuestas. No estaría contento hasta que todas sus cuestiones conocieran su respectiva contestación.
—¿Quién eres? ¿Qué es este lugar?
—Es mi casa, idiota. Salta a la vista. Llevo viviendo en este bosque desde antes de que me saliesen canas y arrugas. Ya ni soy capaz de recordar cuánto ha de aquello... —contestó el anciano reflexivo, acariciándose la piel rasposa de bajo la mandíbula.
—¿Pero quién eres? —volvió a preguntar un confuso Kayt.
—Ay —el anciano lo miró de soslayo—. Eres persistente, chico. Eso te costará mucho. Solo soy un anciano que vive en paz y aislado del resto. Eso es lo que me satisface.
Pero Kayt necesitaba algo mucho más esencial.
—Tu nombre...
—Adroyten, ¿contento?
Por alguna razón, le sonaba demasiado aquel nombre. Poco tardó en recordar por qué.
—Adroyten... —murmuró—. Claro, como Adroyten el Grande. Ya decía yo.
Adroyten el Grande era un héroe al que Kayt admiraba, y con razón. Había leído mucho sobre su figura en la gran biblioteca de Bastión Gélido. A pesar de eso, seguía desconociendo si se trataba de un personaje ficticio o histórico. Sus relatos daban algo a entender, mas no concretaban. El Grande había combatido a enormes bestias como ogros, gigantes o mantícoras, y siempre salía victorioso. Se decía que le bastaba una sola mano y su espada en ella para derrotar a cientos de malhechores. Incluso los dragones huían de él. Sus leyendas habían sido recopiladas en un antiguo volumen de tapa dura titulado Historias Inspiradoras De Héroes, Bestias y Villanos, aunque también contaba con alguna que otra mención en distintas obras de la época. Ya fueran demasiado fantasiosas como para tener un mínimo de realidad, a Kayt le encantaba tomar asiento y leer alguno de sus relatos cuando conseguía sacar algo de tiempo libre. Siempre había soñado en convertirse en un héroe legendario recordado por sus proezas. En ese aspecto, Adroyten era un referente para él.
—Lo conozco —dijo el anciano—. En mis tiempos, Adroyten era un nombre muy común. Se ha ido perdiendo, como todas las buenas costumbres —nació un triste reflejo en sus ojos.
—Hablas mucho del pasado, de lo tradicional y de las costumbres por lo que me he fijado —se percató Kayt, curioso.
—Eres ágil de mente —le aseguró el viejo Adroyten, que se mantenía completamente quieto al hablar. Era complicado encontrar a alguien así—. Te voy a ser sincero, porque no estoy como para mentir. Desprecio este nuevo comienzo, si se lo puede llamar así. El caso es que llevo un porrón de años en esta cabaña que yo mismo erigí. ¿Cuántos? Por las barbas del Mayor, ni idea. Pero lo que trato de decir es que eso no me ha impedido ver el mundo tal y como es hoy en día, y no lo soporto. La sociedad ya no es lo que era. Antes, la gente se ayudaba entre sí. Todos sacaban beneficios. Ahora, la plebe se ha vuelto estúpida y descorazonada, y los facinerosos han aumentado. Por si no fuera poco, los más poderosos han dejado de ser gente justa y de gran honra para convertirse en demonios. Sí, demonios, no hay otra palabra para alguien que ignora la peor situación leurina en siglos. Los muy perros dejan morir a cientos todos los días, sin que el remordimiento los reconcoma. Cuando yo era joven, buenas personas estaban al mando. Personas ricas y poderosas, sí, eso nunca ha cambiado, pero personas que se preocupaban por las gentes y les daban de comer jornada a jornada, que entregaban cobijo y luchaban por ellos tanto como fuera necesario. Pero todo eso cambió de un día para otro. Las tradiciones se perdieron, las buenas gentes perecieron. El mundo se convirtió en un amasijo de idiotas —tan oscura tornó Adroyten la voz que acabó carraspeando—. Ya nada es como era.
Kayt entró en un estado meditabundo. Adroyten llevaba toda la razón, aunque tampoco era algo que se ocultara tras una puerta con llave. Cualquiera con un mínimo de cabeza lo sabía.
—Estoy de acuerdo contigo, señor Adroyten —lo admiraba, por lo que decidió ser respetuoso en sus palabras—. No viví aquellos días, pero, según lo que he leído, me hubiera encantado. A mí tampoco me gusta la nueva estructura. De hecho, no creo que a nadie le agrade. Nos han abandonado a nuestra suerte. Me parece horrible y despreciable, y una vergüenza por parte de esos malhechores. Supongo que no todos los malvados llevan capucha y van armados. Y por eso pertenezco a la resistencia, donde nos negamos a seguir sus pasos y nos ocultamos aquí, luchando siempre que sea necesario por nuestra liberación —contó Kayt con orgullo—. Estamos dispuestos a morir por la libertad. Es lo más importante de este mundo, tanto que, aun perdida, siempre puede retornar.
—He escuchado mucho sobre esa supuesta resistencia —Adroyten se recostó sobre un mueble que con sus propias manos había tallado—. A veces pasan hombres por aquí que parecen proceder de allí. Van tan abrigados que ni sus rostros puedo atisbar, y algunos llevan espadas a la altura de la cintura. Cuando te haces tan mayor conoces a la perfección cada tipo de persona y no necesitas entablar una conversación para identificarlas. Algunos lo llaman experiencia; yo lo llamo vejez.
—Seguramente sean guardias de Bastión Gélido, nuestro refugio. Ahora mismo estamos en plena guerra contra un bando de maleantes que quieren vernos muertos —Kayt deseaba retomar la batalla, mas saltaba a la vista que no estaba en condiciones—. Vamos ganando, aunque a mí me dispararon al separarme del grupo. Fue un grave error.
—La violencia no soluciona nada —aseguró Adroyten.
Kayt se mordió el labio amoratado. La piel seca se le desprendía al paso de los incisivos.
—Me gustaría poder decir lo mismo de pleno corazón, pero no puedo. Son siempre ellos quienes vienen a por nosotros movidos por sus violentos ideales de conquista, y debemos responder si queremos seguir vivos. Esa cruenta anarquía que planean imponer no les traerá nada bueno.
Agotado, Adroyten acabó por tomar asiento sobre un sillón de cuero que no andaba muy lejos. Colocó las manos sobre los reposabrazos como si de su trono se tratara.
—Puede que sea así, pero al final toda la sangre derramada no vale la pena —el anciano hablaba como si rememorara un deprimente pasado—. Cuando encuentras a tu mejor amigo bajo tus pies atravesado y moribundo, comprendes que todo ha sido un gran error.
—Ya me he dado cuenta de eso, ya... —dijo Kayt envuelto en pesadumbre, y después suspiró.
Al fin y al cabo, Kayt tuvo que admitir que Adroyten llevaba toda la razón. La sangre derramada no salía rentable bajo ningún concepto, perteneciera a quien perteneciese. Los lagos carmesíes que habían anegado el mundo habían acabado siendo fútiles. Ni siquiera un imparable guerrero como él era capaz de negarlo.
La melancolía era una enemiga tan formidable como el frío, portador de gélida maza. Su impacto era demoledor, mas la melancolía tenía un arma mucho más mortífera. A pesar de ser discreto, el recuerdo perduraba en aquellos que caían víctimas de la reina de la dulce pena. Inundado de tan profundo pesar, Kayt se asomó por la ventana. Hacerlo le costó algunos tirones de sus músculos, pero mereció la pena. Tras el cristal, el joven observó cómo la nieve caía en una relajante secuencia, las frondosas ramas protegiendo la cabaña de Adroyten. Seguía impresionándole que algo tan pausado como una nevada y sus caricias heladas pudiese ser tan mortal. Entre los árboles ascendentes, Kayt alcanzó a ver cómo estrella centelleante como las llamas iluminaba la noche. Una estrella proveniente del norte, mucho mayor que todas las demás que engalanaban el firmamento. Era el alma de la fiesta nocturna que se celebraba más allá del planeta.
El simple hecho de admirarla provocó que Kayt se acordara de todos los caídos. "¿Dónde estáis?", les preguntó. Pero no podía saberlo. Tal vez estuvieran incluso más lejos que aquel astro norteño, en un lugar donde la latitud y la altitud eran banales. No lo sabría jamás.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
PertualanganUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...