Los suaves pasos de las botas removían la arena de aquellos áridos páramos al avanzar. El sol reinaba por encima de la inmensidad terrenal y arrojaba sus intensos rayos contra todo aquel que osase penetrar en sus hostiles dominios. No había forma de escapar de él en aquel mar de eternas arenas que iba más allá de la vista. La única opción posible era ignorarlo e intentar soportar con medios convencionales el ominoso calor.
Una enigmática figura caminaba silenciosamente por el desierto embozado en mantos negros. Bastón en mano, se dirigía hacia el pueblo más cercano. Su intención era incluso para él mismo un misterio. Avanzaba indiferente al abrasador calor. Uno podía pensar que debía estar asándose vivo bajo tantas prendas, pero él tenía sus métodos.
Tras un largo y arduo camino entre dunas, el viajero consiguió avistar una población menor donde la temperatura era algo más fresca. Las formaciones rocosas abundaban a su alrededor, también las plantas adaptadas al ambiente hostil. En tan inhóspito terreno, la vida encontraba siempre su forma de abrirse camino. Si no se adaptaba, estaba perdida.
—Una marca permanece escrita en este lugar, y aún late con fuerza —se retiró la máscara con cuidado de que las garras de sus guantes no la dañaran. Su rostro arrugado tomó al fin aire fresco—. Aquí es donde todo comenzó.
Decidido, el Médico Esotérico se dirigió directo a aquella comunidad perdida entre los yermos por los que erraba. Las ondas rondaban por el área, alcanzando poderosas cada rincón. Nadie más indicado que él para investigarlo.
Una vez se adentró en el pueblo, el errante estudió el ambiente. Era un sujeto sumamente observador, por lo que cada detalle podía ser para él un gran descubrimiento. Le pareció un lugar bello, al menos comparado con la austeridad del desierto que lo envolvía. Abundaban los hogares incrustados en las arenas de unas calles que se encontraban vacías. Únicamente se veían a algunas personas pelando patatas o cortando hortalizas delante de las puertas de sus acogedoras moradas mientras charlaban sosegadamente con sus vecinos. La sencillez y el tradicionalismo eran cosas que le fascinaban a Widdle. Podría estar quieto durante horas admirando lo ameno de aquella escena. Era digna de ser llevada al lienzo por un artista de renombre.
Para su desgracia, ese idealismo se vio nublado en el momento en el que unos hombres vestidos de celeste y rojo entraron en escena. Lucían serios semblantes y cargaban con pesados sacos a sus espaldas. Una porra y una pistola ocupaban sus complejos cinturones.
En primera instancia, Widdle no supo determinar el porqué de la repentina huida de todos los pueblerinos al interior de sus casas. Mas, al fijarse bien, se percató de qué estaba ocurriendo en realidad. Todo era culpa de aquellos hombres, los mismos a los que no había tenido muy en cuenta en un principio. En realidad, había oído hablar de ellos: los Intendentes.
Aunque no llevasen mucho tiempo sirviendo al Gobierno, los Intendentes ya se habían ganado un hueco en el rencor en los corazones de la sociedad. Su labor consistía en recorrer pueblos y ciudades recaudando impuestos. Eran de reciente origen, pues los altos cargos, no saciados con la habitual opresión, los habían colocado para vaciar los ya vacíos bolsillos de los más miserables de Leurs.
Hasta entonces, los pueblos naturales de Leurs se habían mantenido abandonados por cualquier mano ajena. Sus habitantes tenían vidas muy distintas a quienes ocupaban las grandes y concurridas ciudades. Aun en pobreza, vivían en relativa paz. La indiferencia del Gobierno les había venido en cierta medida bien, pero la vil entidad había decidido que no podía continuar actuando de esa manera. La sempiterna codicia de las más ávidas manos había colocado allí a los impíos Intendentes.
Muchos de los aldeanos ni siquiera tenían un solo billete en los bolsillos. Subsistían únicamente de sus cosechas. Al no recibir de sus víctimas un solo leur, los Intendentes respondían con violencia. No dudaban en repartir a diestro y siniestro palizas demoledoras de huesos. Había ancianos que no salían con vida de sus sanguinarias represalias.
—¡Los Intendentes han llegado a su comunidad! —avisaba uno de ellos.
Los hombres fueron pasando de casa en casa, golpeando las puertas para avisar a los habitantes de que era hora de pagar. La cantidad demandada variaba dependiendo de la riqueza general de la comunidad. Aquel pueblo en mitad del desierto era miserable como pocos, así que no se exigiría demasiado.
A los asustados pueblerinos no les quedó otra opción que pagar los tributos. Entregaban el dinero en mano temerosos de que les faltara un solo leur. Eran personas débiles y desnutridas, por lo que un solo golpe podía costarles la vida.
Al llamar los Intendentes a la puerta de un hogar en paupérrimas condiciones, un hombre gordo, deteriorado y con barba de tres días les abrió la puerta.
—Buenas, señor. Somos los Intendentes, y hemos venido para cobrarle los impuestos exigidos por nuestro excelentísimo Gobierno. Esta vez tan solo son treinta y siete leurs.
El hombre los miró raro, arqueando una de sus cejas con expresión de duda y miedo al mismo tiempo.
—Lo siento mucho, pero estoy completamente seco —decirlo no le fue fácil—. Me quedan tres leurs contados, y los necesito para comer.
El primer Intendente no parecía muy contento con semejante declaración.
—Todos sus vecinos han contribuido con su parte —gruñó un Intendente—. Por el honor de las casas De Rant y Phallarix, ha de pagar.
Su compañero crispó el rostro. No consentía semejante falta de respeto hacia su oficio.
—¿Cómo dice? —bramó—. ¿Va a negarle algo a los Intendentes? ¡No mienta! ¡Sabemos que tiene el dinero!
—No, no miento. Más quisiera yo tener treinta y siete leurs. Son malos tiempos y el dinero no cae de los árboles. De todas formas, si lo hiciese, aquí no hay árboles —la ironía del individuo resultaba incluso ridícula—. Hay que ganarse el pan de otras formas, ya que las monedas escasean.
—Esto es un ultraje. Deshonor a la nobleza de nuestro Gobierno es lo que veo aquí —dijo uno de ellos—. El pueblo entero ha pagado, y usted no va a ser la excepción.
—Sí, seré la excepción —el hombre se armó con un valor que no le pertenecía. Asumió que lo dicho iba a tener horribles consecuencias—. No me queda otra opción.
Furiosos, los Intendentes extrajeron sus porras al unísono y golpearon fuertemente al hombre. Uno de los porrazos fue a por la cabeza, provocando que cayera al suelo con el pensamiento ido. A continuación, procedieron a golpear su flácido cuerpo a bocajarro. No temían dañar los lugares más sensibles del cuerpo. Si tenían que matar, lo hacían. Eso sí, siempre en nombre del Gobierno.
La víctima no dejaba de gemir. El dolor que le estaban provocando era insoportable, como si dos árboles lo ensartaran en sus ramas a voluntad. Era seguro que tan severos golpes iban a dejarle el recuerdo de unas cicatrices que permanecerían dolientes durante bastante tiempo.
Boquiabierto, Widdle observó aquella desoladora escena desde el nacimiento se la calle. Era un claro ejemplo de en qué se había convertido el continente, en el que los más fuertes y poderosos sometían a los débiles y les arrebataban lo poco que tenían.
Tan malherido lo habían dejado que incluso empezó a escupir sangre por la boca. A juzgar por la gravedad de las hemorragias, tanto externas como internas, era probable que no sobreviviera. A los Intendentes, por supuesto, les era indiferente. De hecho, uno de ellos se agachó y rebuscó entre sus bolsillos hasta dar con los únicos tres Leurs que le quedaban.
Habiendo dejado un rastro de sangre a su paso, los despiadados Intendentes marcharon hacia el siguiente hogar. No les importó dejar a la víctima, maltrecho y balbuceando, en la entrada de su morada. Cada centímetro de su cuerpo era carcomido por el dolor más abominable que se pudiera experimentar.
Cuando los Intendentes se alejaron lo suficiente como para no verlo, Widdle se acercó al hombre y lo agarró por los anchos brazos. Lo arrastró de vuelta al desordenado salón de su humilde casita. Debido a su excesivo peso no resultaba fácil transportarlo, pero gracias al poder de la mente pudo facilitar la tarea.
Una vez cerrada la puerta que los separaba de la crueldad humana y el calor incesante, Widdle se dispuso a ejecutar unas técnicas médicas que solo él conocía. Tantos años de experiencia las habían perfeccionado hasta volverlas infalibles.
—Por favor, ya estoy demasiado herido —logró decir el herido—. No quiero acabar peor.
—Confía en mí, Uvin. Sí, sé tu nombre. Eso te lo explicaré cuando despiertes —le sonrió, mas el herido no pudo ver su sonrisa—. Ahora tan solo relájate lo máximo posible.
El hombre llamado Uvin cayó inconsciente por el abatimiento pocos segundos después de la declaración de Widdle. Entonces, el Médico Esotérico se puso manos a la obra. Para comenzar, extendió sus manos culminadas en garras. Acto seguido, dio paso a lanzar sus característicos rayos de refulgente verdor. Detuvieron a su paso toda hemorragia, volviendo a formar aquello que había acabado deteriorado y devolviendo a la piel enrojecida su coloración natural. Tratarlo fue arduo y cansino, pues erradicar un mal tan grande solía tomar bastante tiempo. No se olvidó de arrojar ondas sanadoras a la cabeza del herido, que había salido dañada por la impiedad de las porras. Como descubrió, había sufrido también una mínima fractura craneal. De no haber sido sellada por las ondas, hubiera tenido repercusiones fatales.
Después de un rato, habiéndose quedado el poseedor sin energías, la tarea acabó. Widdle se sentía machacado, pero a la vez repleto de orgullo por haber culminado con éxito el proceso de sanación. Entonces, se sentó sobre un sillón descolchado a esperar a que Uvin levantara la cabeza.
Como se estaba tomando su tiempo, Widdle comenzó a temerse que algo malo le hubiese ocurrido. Así fue que se irguió a observar los síntomas, y fue justamente entonces cuando la lucidez volvió a Uvin. Nada más despertar exclamó un gemido acompañado de una rápida y nerviosa respiración. Estaba vivo, cosa que le costaba creer. Llegó a atisbar la luz al final del tunel cuando una de las porras le hizo ver las estrellas.
—Por fin despiertas —indicó Widdle con alivio, sonriéndole desde arriba.
Uvin suspiró y dibujó una mueca de alivio con las pocas fuerzas que le quedaban en los músculos faciales. Su respiración se ralentizó poco a poco y logró colocar una mano sobre su pecho. Sentir las rápidas palpitaciones de su corazón le quitó un insoportable peso de encima.
—Estoy vivo —declaró desde el suelo—. Si ha sido cosa tuya, gracias por salvarme.
Widdle hizo una educada reverencia.
—No hay de qué, pero, ¿no me vas a preguntar quién soy? —le dijo, divertido.
—Bueno, cuéntame si tanto te importa —dijo Uvin con voz exhausta—. Como puedes comprobar, tengo tiempo de sobra.
—Mi nombre es Widdle, más conocido como el Médico Esotérico —explicó, las manos sobre las caderas—. Es este el nombre que recibo al dejar mi granito de arena en los pueblos de Leurs, por lo que me reconocerás por él. Te he curado gracias a los poderes mentales que supongo que conoces.
Sorprendido, Uvin abrió aún más los ojos para dejar escapar una leve exclamación. Aquello le recordaba completamente a alguien.
—Igual que mi Kayt... —pronunció en voz baja.
—Exactamente, como Kayt. Sí, conozco a Kayt de hace bastantes años. Es curioso cómo en este pueblo perdura la huella de su increíble poderío mental —aseguró Widdle—. El futuro de ese chiquillo es... cómo decirlo... inmenso. Es como si el destino lo amara.
Uvin enarcó una revuelta ceja.
—¿Conoces a Kayt? ¿Sabes cómo esta?
—Para serte sincero, no sé nada de él desde hace tiempo —el hecho entristecía al Médico Esotérico—. Llevo tres años sin verlo, y me encantaría cruzarme con él de nuevo. Conociéndolo, se encontrará más que bien. Puedes tenerlo claro.
—Me alegro de que pienses eso —el gordinflón sonrió—. Me gustaría ver al chiquillo una vez más antes de estirar la pata. En cualquier momento puede que todo acabe y... ya sabes, sería una pena no poder despedirme de él. Yo lo crié, le ponía y quitaba los pañales y todo eso.
—Pues cree en ello y deséalo, y algún día ocurrirá. La mente puede hacer más de lo que tú crees, incluso para alguien sin poderes como tú —Widdle intentaba animar a toda costa al desolado hombre—. Es más, Kayt tenía grandes ambiciones. Él no es de esos que desiste fácilmente, supongo que lo sabes bien. Si algún día consigue cumplir lo que desea, sus hazañas serán conocidas por todo el continente de Leurs. No lo dudes.
Sin ni siquiera tener que introducirse en su mente o estudiar sus ondas, Widdle podía percibir la tristeza intrínseca en Uvin. Se sentía solo a más no poder, abandonado en un mundo al que creía que no debía pertenecer. Había caído en los abismos de la locura y el desespero y no tenía una cuerda para escapar de allí abajo. Y, de un día para otro, Kayt lo cambió por completo. El tener que criar a aquella criaturita lo convirtió en otro, en alguien renovado. Pero a medida que el chico se volvía más y más independiente se fue distanciando de él hasta que dejaron incluso de cruzar miradas durante días. Estaba claro que Uvin se arrepentía de ello. Kayt había sido la única compañía que había tenido en muchos años, y aun así lo había dejado desatendido. Para colmo, el chico se había esfumado como las hojas caducas de un árbol al pasar página a la estación de otoño. Una vida llena de errores y malas decisiones, o eso al menos pensaba él. Como el Médico Esotérico determinó, Uvin era un hombre más complejo de lo que podía parecer en un principio.
—¿Y ahora qué? —preguntó Uvin al cabo. Permanecía tumbado en el suelo con las extremidades extendidas. Intentar levantarse se le hacía vertiginoso.
—Tan solo descansa —le dijo Widdle desde el sillón—. Mi método es eficaz, pero necesita tiempo con hemorragias como las tuyas. Ah, y consigue un empleo antes de que ellos vuelvan —esbozó una sonrisa burlona—. Te conviene.
—¿Y qué clase de persona va a querer que trabaje para él un viejo gordo? —le preguntó un desanimado Uvin.
—Toda persona es tan valiosa como el mismo oro. Tan solo sé inteligente. Lo eres, solo que lo ignoras.
—Si lo ignorara no estaría aquí —rezongó Uvin—. Eso supongo, al menos.
—Sé que tú puedes, Uvin —aseguró un serio Widdle—. Has sido el cuidador del último rayo de esperanza para Leurs: solo eso te convierte en alguien de provecho. Está claro que puedes ser de utilidad.
Uvin, discrepando, se recostó sobre el suelo.
—Mi época dorada pasó hace mucho. No soy más que un idiota perdido, alguien que ha cometido demasiados errores en la vida.
—No lo creo.
—Pues créelo.
Y, como Widdle le exigió, descansó y se relajó. Cerró también la boca, lo que resultó bastante beneficioso. Reposar era lo mejor para su deteriorado cuerpo, que sanaba poco a poco gracias a la energía verdosa que recorría sus heridas y unificaba las mitades distanciadas por los desgarros. Al igual que su paciente, Widdle decidió dencansar. Le vendría bien, aunque solo fuera por un rato. Se acomodó sobre el sillón de la sala, nada cómodo pero suficiente para él. Demasiado tiempo llevaba caminando sin rumbo alguno, de pueblo en pueblo con la intención de ayudar al inocente y compensar su sempiterno error. Debido al inmenso abatimiento que ocupaba su cuerpo, Widdle cayó en un profundo sueño.
Al despertar, Uvin ya no estaba allí tumbado. Se extrañó y se incorporó entre estiramientos veloces. Se limpió además la baba que había corrido por su barbilla. Raspaba demasiado para su gusto. Necesitaba afeitarse.
—¿Uvin? —preguntó en voz alta.
—Estoy aquí —la voz de Uvin sonó desde la cocina, que quedaba a un par de metros. No era muy grande, y tampoco destacaba por su higiene—. Ya mismo es la hora de comer, y estoy preparando una sopa con la misma receta que mi madre usaba. A Kayt le encantaba. ¿Quieres quedarte a comer?
Widdle, que se estaba recolocando las inusuales prendas que lucía para sus largas jornadas sin rumbo, lo tenía claro.
—No, gracias. Debo marchar cuanto antes —levantó la vara, sus garras en torno a la madera—. Tengo mucho por delante. Para empezar, he de abandonar este desierto. Es descomunal.
—Por algo se le llama el Gran Desierto —Uvin soltó una risotada. Espolvoreó al mismo tiempo unas especias terrianas sobre la sopa—. Es muy pronto para que marches, pero tú mismo. Te vas a perder esta delicia, je.
Por último, Widdle se colocó la máscara. Los ojos se vislumbraban difícilmente tras el tejido translúcido que los cubría.
—No importa —aseguró—. Estoy acostumbrado a perderme cosas que me satisfarían.
Dispuesto a marchar, Widdle se ajustó los guantes y se colocó frente a la ajada puerta para salir de una vez por todas. Algunas ondas rezagadas volvieron a su ser. Penetraron en su cuerpo a través de las prendas de holgada caída. Todo listo, era el momento de decir adiós.
Antes de marchar, el Médico Esotérico volvió la mirada para observar por última vez al carismático tío de Kayt. Hubiera deseado conocer más de su pasado, pero se hacía tarde y había de marchar.
—Recuerda lo que te he dicho, Uvin.
—Trataré de que no se me olvide —Uvin dibujó una sonrisa torcida—. Si alguna vez te vuelves a encontrar con Kayt, dile que venga a verme. Le echo muchísimo de menos, y creo que su presencia hará que vuelva a sentirme vivo.
—Lo haré —aseguró un leal Widdle—. Tan solo trata de seguir con vida para ese momento.
Tras eso, el viajero de enigmático porte dio un paso hacia delante, el primero de muchos. La vara se hundía en la arena con el avance, y sus botas la apartaban al abrirse paso.
Con una tranquilidad propia de alguien libre de complicaciones, el Médico Esotérico echó a andar a lo largo de la arenosa calle mientras Uvin lo observaba con ojos llorosos desde la puerta de su casa. No era un hombre muy dado a derramar lágrimas, pero Widdle había sido la primera persona con la que había hablado en mucho tiempo. Agradecería por siempre las conversaciones que había tenido con él, que le habían hecho incluso pensar distinto.
—Gracias —le dijo a sabiendas de que no lo escucharía. O quizá sí. El poder de la mente era inescrutable.
Desde la lejanía, sin ni siquiera torcer hacia atrás la cabeza, Widdle levantó la mano y se despidió de él. Una forma de decir adiós austera, pero cálida al mismo tiempo. Así era el Médico Esotérico. Frío y solitario por fuera, empático y sentimental por dentro.
Entonces, contemplando la marcha pausada de Widdle a través del rústico entorno donde el sol ya se ponía, Uvin comprendió algo: podía ser tarde, pero aún había tiempo para que las cosas cambiasen. El pasado que lo atormentaba hasta aquellos días era imposible de eliminar, pero el futuro aún estaba a tiempo de ser escrito por su propia mano. Solo debía creer en sí mismo, como aquel constructor de su propio camino le había enseñado.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...