Acto C: La fuerza del destino

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La tormenta no hacía sino arreciar, pero su fiereza no era nada para ellos. Las violentas ráfagas de arena se volvieron una brisa de verano contra sus corazas de ondas. Aunque los granos se batieran en el aire bruscamente, no desistían. Aunque no pudieran ver, proseguían. Aunque aguardaran horrores, sus pies continuaban impávidos. Nada importaba cuando la energía era una con todos ellos. Protegidos por la fuerza de un pueblo caído y con el camino iluminado, no existía perdición.
Como añadido, aquella energía fluyente parecía bloquear el abatimiento. Simplemente seguían avanzando como si nada, sin que la energía se redujese en ningún momento. Sin embargo, Kayt sabía demasiado bien que ese poder, aunque lo pareciese, no era infitito. Llegaría un momento en el que se le agotarían las existencias, tanto a él como a Soka y Aia. Por eso mismo recorrían la senda a máxima velocidad, obviando todo obstáculo o impedimento. Solo un objetivo a cumplir, preferiblemente antes de que el depósito llegara a números rojos.
Cuando la energía brillara por su ausencia tocaría cuesionarse cómo continuar. Pero, mientras tanto, no había nada que temer.
Sorprendentemente, la energía perduró durante al menos media hora más. Conscientes de que comenzaba a apocarse, trataron de localizar un escondite. Así, tuvieron la buena suerte de llegar a un pequeño asentamiento. No era gran cosa, con tan solo tres edificios visibles, aunque eso les bastaba mientras hubiera reposo posible.
Tras llamar bruscamente a la puerta de la mayor construcción, una aparente posada, un hombre achaparrado y bigotudo los recibió. El sujeto se mostró atónito al verlos. Resultaba impresionante que alguien viajara durante una tormenta de esas magnitudes.
—¡Pero bueno! ¿Qué os ha pasado? —preguntó el anonadado posadero, disgustado como una madre tras la llegada de su vástago a la madrugada.
—La tormenta nos cogió a medio camino. Menos mal que dimos con esta posada. Será nuestra salvación —Kayt empleó un gran alivio, aunque en cierta parte era artificial. Lógicamente, no podía contarle a un mundano señor la verdad.
Kayt, al igual que sus dos compañeros, tenía las prendas raídas y onduladas, repletas de arena acumulada en cada recoveco de tela. Su cabello estaba alborotado, pidiendo a gritos sordos una ducha. El abundante sudor que chorreaba por su piel cada vez menos pálida tan solo era otro deplorable factor.
—Qué mala pata —comentó el ancho posadero, las manos sobre la cadera—. Podéis pasar lo que queda de día en mi posada. Yo os recomiendo que os deis una ducha, porque estáis hechos polvo. Nunca mejor dicho, je.
—Sí, será lo que haremos —afirmó Aia. Ignoró lógicamente la broma.
El hombre dio unos pasos hacia la izquierda, dejando ver un pasillo estrecho y de un blanco cal bien alumbrado por luces variadas a sus espaldas.
—Venga, pasad —les ofreció—. Cuanto antes os quitéis todo eso de encima, mejor.
Haciendo caso al posadero, los tres jinetes de la tormenta atravesaron el estrecho pasillo hasta llegar al conjunto de habitaciones. Cuando se presentó de vuelta el dueño del lugar, les abrió la puerta de dos frescas estancias y les explicó el funcionamiento de las duchas. Era algo peculiar, distinto a lo visto en la corriente Leurs. Kayt pensó que debía ser otra de esas extrañas costumbres del este.
—Las duchas están un poco viejas, por lo que será mejor que tengáis cuidado —les aconsejó. Resultó ser obra del desgaste temporal, no de la adaptación terrenal—. Si marcas azul sale un agua helada; si marcas rojo, sale ardiendo. Lo mejor es que marquéis justo en el medio entre ambos colores. Justo. Ahí sale perfecta —el posadero estuvo a punto de marchar, pero recordó algo—. Ah, y usad el jabón verde, no el amarillo. Dicen que escuece en la piel. Será porque es de limón y menta...
Una vez el posadero marchó, llegó el deseado momento de la higiene. Kayt fue lo más rápido posible, aunque, en plena ducha, cayó en que la energía se le había agotado. Se sentía débil, de vuelta a la humanidad en pocas palabras. Agradeció más que nunca haber encontrado aquella posada a tiempo.
El joven Kayt salió del baño con el pelo suelto y húmedo, reluciente por el agua que aún se deslizaba por su cuerpo. Los mechones apelmazados por las aguas caían por delante y detrás de sus recios hombros.
—Es tu turno, Soka —Kayt señaló al cuarto de baño con mano firme.
Soka, que sonreía permanentemente como de costumbre, caminó obediente hacia el cuarto. No obstante, se mantuvo quieta como un maniquí al atravesar la puerta. La mirada volvió a profundizar en su amo.
—¿Qué pasa? ¿No sabes ducharte sola? —le preguntó Kayt con el ceño fruncido.
Soka negó con la cabeza e hizo señas a Kayt para que entrara junto a ella.
—Yo no debería hacerlo. No es ético. Esto tendría que ser cosa tuya... —a Kayt no le convencía nada la idea. Arrebolado, echó a un lado la mirada.
—Kayt... —volvió a pronunciar su nombre. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hizo.
Al final, Kayt suspiró disgustadamente convencido. No le quedaba más remedio. Se vio obligado a ocuparse de la higiene de Soka, que se mantuvo inmóvil cual servicial can. El chico tuvo que hacerlo todo, aunque no pudo resultarle labor más incómoda. Apartar la mirada no fue una opción.
Era la primera vez que Soka interactuaba de esa manera con él. La higiene era irrelevante para una tulpa como ella, pues su cuerpo de energía se autorregulaba en todos los sentidos gracias al ciclo regenerativo de poder que fluía a su alrededor. Sin embargo, la brutalidad de la tormenta no dejaba indiferente a nadie.
—Debí haberte creado para que fueras autosuficiente. Te ideé demasiado rápido, sin pararme a pensar en los detalles —comentó Kayt, algo arrepentido, mientras lavaba el largo cabello de su tulpa, blanco como la nieve y de puntas de un rojo profundo como la sangre. La espuma del jabón pasaba desapercibida, como camuflada—. Ya no eres una niña. En teoría, eres adulta. Otro gallo cantaría si te comportases como tal, e independiente además. Aunque todos tenemos defectos, ¿no crees? Hemos de cuidarnos los unos a los otros. Solo así sobreviviremos.
Soka, los ojos de oro apuntando hacia la pared de ladrillos, no reaccionó. De rodillas sobre la bañera, los delgados brazos protegiendo sus pálidos senos, se mantuvo impasible. Mejor así, pensó Kayt. Adoraba el silencio como al recuerdo de una amante perdida.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora