Distrito de Silvera, en la frívola Terra Incognita. Una torre que rozaba los cielos, en el piso superior. En sus sobrias oficinas, el señor Bástidas trabajando sosegadamente como era costumbre. Había comenzado su jornada de trabajo tras haber venido de correr por el distrito. Medía sus pulsaciones con un aparato atado a la muñeca, y no había día en el que no se mantuviesen estables. Tenía una estupenda musculatura para su edad. A sus cincuenta y pocos años se mantenía decentemente conservado, el cabello entrecano y cuidado. Contaba con escasas arrugas, cosa que lo hacía parecer más joven de lo que en realidad era. En su mano izquierda se localizaban dos anillos dorados con los que una familia pobre podría comer durante el resto de su vida. En la otra mano contaba con tres distintos, engastados con poderosos rubíes. Vestía con elegancia, siempre con suntuosas camisas y pantalones que relucían con luz propia.
El solemne director del sector se hallaba sentado en el despacho, dándolo todo por el bien de la empresa. Rellenaba papeles uno tras otro, pero con la virtuosa capacidad de no parecer un histérico obseso, algo de lo que muchos lo tachaban. Pero callaban, siempre lo hacían. No se detenía a pensar, escribiendo como una máquina aunque la mano le pesara.
Al lado de su escritorio se observaba un gran ventana del tamaño de dos o tres personas adultas. Mostraba desde las alturas gran parte del distrito. Las vistas eran hermosas, pero a Bástidas le parecían banales. Su prioridad era el trabajo, y mostraba poco interés por todo aquello que no tuviera nada que ver con ello. Consideraba irrelevantes aquellos asuntos mundanos, más propios de la plebe que de un hombre de prestigio como él.
Sin descanso, Bástidas continuó con su labor. El trazo de su firma quedó registrado en tinta sobre infinidad de fichas. Tenía el deber de confirmar la administración de distintos asuntos transcurridos a lo largo de todas las principales ciudades del continente. Pocas cuestiones perniciosas para el Gobierno se le escapaban a Leurex.
Como rector, Bástidas no tendía a salir de las oficinas. Se encargaba de la administración principal de todo lo que se analizaba y corregía dentro del piso. Ejercía con indudable eficacia su rol en la empresa. Demasiados años de experiencia cargaba a su espalda como para cometer un solo error.
De repente, un par de golpes anunciaron que alguien esperaba tras la puerta de su despacho. Bástidas pronunció un educado "adelante, pase", y el individuo le hizo caso.
Entonces, un alto y recio hombre de bien pasó al despacho con un archivo bajo el brazo. Establecido en un buen puesto, el trabajador andaba con paso firme sin miedo a Bástidas. En ello se diferenciaba de la mayoría de sus compañeros, que sentían un gran pavor ante su presencia. Hacían bien en temerlo.
El empleado se acercó a Bástidas y colocó el archivo sobre su mesa. Se trataba de una carpeta translúcida con unos veinte folios repletos de registros. Bástidas la agarró con ambas manos para así poder leerla e informarse.
—Señor, se trata de un fichero de gran relevancia sobre la reciente rebeldía que está teniendo lugar en Necrópolis —le informó el hombre con una grave voz—. Desde el incidente ocurrido respecto a aquel grupo de revolucionarios, pequeñas bandas organizadas de los barrios bajos se han unido para luchar contra los...
—Sé leer —lo interrumpió Bástidas con mirada agresiva. Si deseaba hacer saber algo, lo decía alto y claro.
—De acuerdo, señor —pronunció el empleado, colocándose a su lado rígido con una vara.
Bástidas le arrojó una última mirada gélida.
—Silencio —y procedió a leer el informe.
A pesar de que el conjunto contase con unas veinte páginas, Bástidas tardó menos de tres minutos en acabarlo. Era un hombre de lectura rápida, y se nutría de los conceptos básicos como un indigente de las sobras de un almuerzo. Su mente era una máquina analítica diseñada para toda clase de ejercicios.
Acto seguido, Bástidas colocó la carpeta sobre la esquina del escritorio y movió su silla con cuidado, levantándose y colocándose frente al adusto empleado. Se midieron con las miradas, aunque uno de ellos tenía las de perder.
—Entiendo. ¿Quién lo remite? —le preguntó el jefe con calma, también con una intriga que no reflejó en ningún aspecto.
—Bottollo Sáenz, del sector J-3 de Necrópolis —determinó el empleado rápido como un relámpago—. Solicita nuestra ayuda, señor, y urgentemente.
Bástidas no tardó en dejar clara su respuesta.
—Pues comuníquele que será ayudado. Me interesa el tema y creo que es de vital importancia —se mostró cabizbajo y serio, comprometido con la causa de su compañero de la gran urbe sureña—. La rebelión ha de ser extinguida.
—El señor Sáenz será informado lo antes posible —el trabajador dejó caer la cabeza de forma solemne—. Gracias por su tiempo, señor.
Pero Bástidas no se lo devolvió. No necesitaba hacerlo. Era bien sabido.
Cuando el empleado volvió a lo que lo concernía, Bástidas volvió a quedar solo en la habitación con el archivo a un lado. Lo repasaría en cuanto pudiera. Pero aún no.
Entonces, caminó con las manos en la baja espalda en dirección a la ventana. Observar los barrios atentamente no era su mayor afición, pero resultaba un ejercicio curioso de vez en cuando. La visión superior de la jungla urbana se le hacía siempre extraña. Se sentía como un gobernante sobre todos ellos, divino sobre los miles de mundanos que miraban al suelo sin ambiciones. Un ser supremo que aprovechaba la altura que había obtenido para poner orden. Así era como se veía, como se sentía. Ya era una de las personas más poderosas de Terra Incognita, pero no era suficiente. Necesitaba ser el número uno, el rey de todos ellos. De hecho, no estaba lejos de serlo. A lo largo de la alta Leurs había algo sobre él que era bien sabido: Cuando Bástidas se comprometía en algún asunto, sus designios se cumplían.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AventuraUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...