El avance no cesaba. Era crucial no detener los músculos. Habían salido indemnes del encuentro con el Cazador Jiggs, algo ya de por sí milagroso. Quizá no tuvieran la misma suerte en la próxima ocasión.
Detenerse no era una opción. Estaban en el punto de mira público, y a saber cuántos Cazadores marchaban ya en su busca. No podían confiar en mirada ajena alguna.
—Nos encontramos en serios problemas —en mitad de una lóbrega calle, Dagro se llevó una mano a la frente—. Ahora somos fugitivos, genial. Los cuerpos de seguridad nos quieren muertos. No podríamos estar en peor situación.
—Tarde o temprano íbamos a acabar siéndolo —reconoció Kayt—. Está claro que vayamos adonde vayamos lo seremos. Es lo que tiene hacer justicia durante estos tiempos. Sale caro.
Tras algunos minutos de reflexión, el grupo llegó a la conclusión de que, agotados como estaban, la mejor opción era detenerse donde se encontraban. Después de tanta acción, veían viable buscar algún escondite en condiciones donde reposar hasta que las aguas se calmasen..
Pero, para unánime desgracia, una sombra misteriosa apareció ante ellos con pistola en mano. Una vez más, los adultos se colocaron delante de los dos jóvenes para brindarles protección.
—¿Otro Cazador de esos? —Preguntó D'Erso, oculta tras Azmor.
Dagro lo estudió.
—No, a este no se le ve el emblema de los Cazadores —respondió rápidamente. El logo de los Cazadores (un círculo azul celeste con tres picos afilados en la parte superior, siendo el de en medio el mayor, representando la justicia flanqueada por el valor y el orgullo) no se veía sobre sus prendas.
—Pero si sois vosotros, los cuatro fugitivos de los que tanto se habla ahora. Cómo corren los rumores por Necrópolis —pronunció con sospechoso interés—. Los cuerpos de seguridad han puesto un elevado precio a vuestras cabezas, ¿lo sabéis? Os quieren muertos, menos a esa chica —señaló a D'Erso—. A ella la quieren viva, y ofrecen una buena pasta por ella. Podría finalizar ahora mismo el trabajo y quedarme con toda la guita. Sería una excelente idea —y emergió de entre las sombras para dejarse ver.
Se trataba de un hombre de raza negra, quizá proveniente del continente de Frik'Ah. Su cabello era oscuro y rizado, y su barba iba acompañada por un par de largas patillas. Sus ojos eran de un oscuro verde, y parecían vacíos. Lucía una chaqueta parda sin mangas y una sucia camiseta blanca debajo, además de pantalones de campana azules, en cierta forma ridículos. Sus peludos brazos se mostraban descubiertos en su totalidad, un par de guantes negros con un dibujo de manos esqueléticas sobre las manos.
Quedó claro que el hombre iba en serio cuando apretó el gatillo hacia la cabeza de Kayt. Para suerte del chico, Dagro detuvo la bala con el poder de la mente y la hizo caer al suelo, sobre el que rebotó antes de quedar quieta. La trayectoria había sido perfecta, por lo que podría haber acabado con él.
—Así que los Cazadores llevaban razón, no sois tan blandengues como parecéis —masculló—. Habrá que hacer un apaño para remediar eso.
Entonces, el pistolero arrojó sobre ellos una ráfaga salvaje de balas que rompió a toda velocidad el aire con sed de sangre. El grupo se vio más que nunca en la necesidad de salir por patas de allí.
Al observar una escalerilla en uno de los edificios de delante, Azmor dijo:
—¡Rápido, subid! ¡Yo me ocuparé de este tipejo! ¡Estoy acostumbrado a plantarle cara a gente tan mal vestida!
Dagro fijó sobre él su mirada.
—Ten cuidado, Azmor.
—Yo siempre lo tengo, amigo mío —sonrió.
Así pues, los tres restantes hicieron caso a Azmor, y nada tardaron en colocar sobre la escalera las manos. Al ver un blanco tan fácil, el hombre les disparó velozmente. Pero, como era obvio, Azmor no iba a permitirlo. El maestro de la frondosa barba consiguió detener con éxito las balas y devolvérselas, aunque el enemigo las esquivó con facilidad. Levantó la pistola hacia el propio Azmor al tiempo que chistaba con la lengua.
—Deja en paz a mis amigos y enfréntate a mí —dijo un mosqueado Azmor.
—Así será si lo deseas —de forma inesperada, el pistolero enfundó el arma. Parecía querer solucionar las cosas con algo más de violencia—. Lo que me paguen con tu cabeza me será suficiente. Me dará para comer durante todo un año.
El hombre de ascendencia frik'ahna intentó acertarle un puñetazo en la cara a Azmor, pero ni siquiera llegó a tocarlo. El maestro mental detuvo su agresivo puño justo antes de que consiguiera golpearlo, y no le hicieron falta siquiera manos.
—¿Qué clase de brujería es esta? —le preguntó su adversario, paralizado.
—No es brujería, tío, sino la mente —apretó su puño para hacerlo sufrir—. No puedes enfrentarte a nosotros. Estamos por encima de ti. Déjanos en paz o perderás esta mano tuya. Seguro que la aprecias mucho.
Y, sin ninguna clase de complicación, dio desde allí mismo un potente salto impulsado por las ondas hasta una de las ventanas del edificio para continuar ascendiendo manualmente. Sus compañeros, a buen recaudo, lo esperaban en lo alto.
El hombre, una vez libre de la opresión mental, crispó el rostro.
—¡Conocerás mi nombre! ¡Ya te digo yo que sí! ¡Volveremos a vernos las caras! ¡Acuérdate de mí! —y se derrumbó con la amargura de un tirador infalible que erraba por vez primera.
Aprovechando su efímera ventaja, los cuatro pasaron al edificio de al lado y se escondieron a la vera de un pequeño cobertizo de madera. No era el lugar más limpio, pero bastaba.
—¿Qué podemos hacer ahora? —preguntó D'Erso, frustrada por semejante destino—. No tenemos ningún lugar al que ir. Jamás diría que esto es aquello a lo que llaman libertad.
—En estos tiempos puede decirse que sí, lo es. Pero nos las apañaremos. Por ahora nos esconderemos aquí —Dagro parecía decidido—. No nos queda otra opción a menos que estéis buscando la muerte a manos de un Cazador desquiciado.
Kayt se cruzó de brazos. Lo veía todo negro.
—Creo que deberíamos salir de Necrópolis lo antes posible. Si ese hombre sabía lo nuestro, es probable no sea el único. Han puesto precio a nuestras cabezas, y deben estar buscándonos, no solo Cazadores sino todo aquel que necesite dinero y no le importe hacer barbaridades para ganárselo.
—Normalmente se me ocurriría algo para zanjar este asunto, pero esta vez no sé qué hacer —Azmor colocó una mano abierta frente a la cara, desesperado—. Dichoso Aia, cómo lo echo en falta...
Tras analizar aquellas angustiosas palabras, Kayt suspiró y se sentó en el suelo para descansar un poco. Los demás, exhaustos, decidieron hacer lo mismo. Como se encontraban en una propiedad privada, debían mantenerse en completo silencio para evitar que nadie los localizase. Aprovechando esa quietud, Kayt decidió echar un vistazo al cuaderno de Aia. Estudió algunas tácticas para mejorar la meditación y tan pronto como pudo las probó. Cerró los ojos para así poder encontrar una respuesta al dilema, mas todas las dudas que rondaban por los dominios su mente no le permitían pensar con claridad. Dagro se dio cuenta de la bruma que envolvía sus ondas y decidió ayudarle.
—Libera tu mente y encontrarás la respuesta —le dijo en voz baja—. Libérala.
El joven lo captó enseguida y decidió hacerle caso. Poco a poco, las minucias se desvanecieron para despejar el pensamiento. Sendas ideas innovadoras surgieron, pero no halló ninguna que le convenciera en absoluto. Su mayor problema hasta el momento había consistido en la necesidad de conseguir comida para apañárselas lo que quedaba de día. Jamás se había enfrentado a nada tan grande.
—¿Has pensado ya en algo? —le preguntó Dagro, intrigado.
—Muchas cosas, pero ninguna que merezca la pena comentar. Podemos seguir ocultándonos hasta que el tiempo suficiente pase, salir por patas de la ciudad, o enfrentarnos a lo que supuestamente es la justicia en esta cloaca y dejarle claro a la pobre población de los barrios bajos que nosotros no somos el enemigo —Kayt hizo gala de su valentía—. No sé si nos harán mucho caso, pero ya no tenemos nada que perder.
Aunque no pudiera sonar muy convincente, sus aliados parecieron satisfechos con aquella sugerencia. Al fin y al cabo, no estaría de más dejar claras algunas de las cosas que oprimían al pueblo llano durante aquellos días de deshonor.
—Puesno estaría mal —dijo un sonriente Azmor—. Además, estoy harto de tener las piernas flexionadas.
—Buena idea, Kayt —Dagro apretó el puño contra la barbilla—. Como miembros de la nueva Menta, es nuestro deber estabilizar esta sociedad tan desfavorable. Para ello, tenemos que dejar claro quiénes somos para que la gente como nosotros esté de nuestro lado. Si comprenden nuestras palabras, querrán unírsenos y juntos nos sublevaremos contra los altos mandos del Gobierno. Puede sonar una locura, pero el tiempo hace milagros.
—Puede estar bien —indicó D'Erso en un susurro—. Tan solo nos hace algo de buena suerte, aunque no es que tengamos mucha.
—No la necesitaremos mientras el destino esté de nuestro lado —dijo Kayt, que siempre había creído en él a pesar de todo lo que le había hecho sufrir—. Nuestras ambiciones son nobles, y llegarán a buen puerto. Bajemos de aquí y demostremos de una vez por todas quiénes somos —fue el primero en alzarse—. NeoMenta vive.
No tardaron en volver a tierra firme. El panorama que los rodeaba se mostraba en calma, sin rastro del hombre de piel negra. Una calma cinérea reinaba en la cruda Necrópolis. Aquel sosegado cruce de calles era excelente para llevar a cabo lo ideado. Así pues, no tuvieron temor en comenzar con su demostración de por qué aquel destructivo sistema había de ser erradicado. No sería sencillo, pero era aliados lo que necesitaban si querían sobrevivir en tan hostil situación. En tiempos tan duros, solo la palabra podía ayudar al desfavorecido.
Dagro miró hacia todos lados con tal de localizar a alguien. Observó únicamente a una pareja joven que paseaba despreocupada por allí.
—Eh, vosotros, ¿no os sentís atrapados en esta ciudad abandonada? —les preguntó como quien repartía propaganda—. ¿No queréis luchar por vuestros derechos y cambiar el curso de la historia?
La pareja lo miró de soslayo y se alejó a toda prisa de allí, adentrándose en un callejón oscuro. El maestro mental fracasó.
—Ni que tuviera tan mal aspecto... —protestó.
—Vaya, no parece tan sencillo como cuando lo planeamos —dijo Kayt al tiempo que cavilaba otras posibilidades—. Habrá que poner mucho más de nuestra parte.
—No hemos hecho más que empezar —prosiguió el maestro—. La gente debe darse cuenta de cómo la está tratando quien se supone que ha de protegerla. Ya es extraño que no lo haya hecho hasta el momento.
—Lo saben, pero no parece que tengan valor para unirse y cambiarlo todo —Kayt se sentía decepcionado—. El Gobierno los tiene bajo su yugo, atemorizados. Les arrebatan todo poco a poco, de tal manera que ni se percatan.
—Tranquilos, que ya vendrán —Azmor se sentó en el suelo apoyándose en la pared del edificio. Sabía que aquello iba para largo—. Tarde o temprano, pero lo harán.
Más transeúntes cruzaron las calles, pero todos huyeron despavoridos ante las sospechosas llamadas de atención de Dagro y Kayt. Por buenas que sus intenciones fueran, nadie creía en sus palabras. O no lo hacían, o no querían hacerlo.
De repente, la figura de un hombre preocupantemente familiar emergió del umbral de sombra. Su piel morena como la de un corcel purasangre lo identificó enseguida. Kayt se puso a la defensiva, así como el resto.
—Madre mía —al pistolero se lo veía alicaído. Ni siquiera sujetaba ya la pistola—. No pensaba que fuérais tan idiotas como para volver aquí. Definitivamente, buscáis la muerte. Es una solución rápida, sí, y sencilla, no lo niego, pero no compensa. Yo que vosotros saldría corriendo como un condenado.
Ignorando sus palabras, Azmor no solo se incorporó sino que dio unos pasos hacia delante y procedió a prepararse para la ofensiva, cerrando los puños repletos de ondas.
—¿Vas a intentar matarnos otra vez, imbécil? —le preguntó con un bramido.
—No, sé que es imposible —admitió—. Sois fuertes, aunque os falta experiencia callejera. No quiero haceros daño, simplemente vengo a advertiros. He conocido a gente como vosotros, y sé cómo sois. A todo esto, soy Diolo.
Al darse cuenta de la oportunidad, D'Erso se acercó a Dagro para decirle algo al oído.
—Sé que este tipo no es precisamente alguien de confianza, pero creo que podríamos intentar ganarnos su confianza. No está en una situación muy distinta a la nuestra.
—Bueno, ¿por qué no? —Dagro se dirigió hacia él—. Diolo, ¿no? Te queremos explicar una cosa. Será breve —se sonó la garganta—. Es nuestra intención iluminar la mente de la gente para que se dé al fin cuenta de en qué clase de situación los mandatarios nos han dejado, aquí tirados y sin libertad. Buscamos una insurrección para restaurar lo que antes nos pertenecía. ¿Qué me dices, Diolo?
Reflexivo, el hombre llamado Diolo se cruzó de brazos. Entró en un estado meditabundo.
—Curioso, bastante curioso. Llevas toda la razón, pero no está la cosa como para hacer algo así. La gente de aquí abajo no da un palo al agua, y dudo que lo hagan para comenzar algo tan grande. Esto ya no es lo que antes era. Quizá se pudiese intentar algo así en Lowna, pero no en Necrópolis. Ahora solo sobrevive el más fuerte, o el que tiene más suerte, y no intentéis cambiarlo porque no podréis.
—Antes yo creía lo mismo —declaró Azmor—. Llevo aquí abajo más de diez años, viviendo, con perdón de la expresión, en la auténtica mierda. Subsistía de los restos de comida que me ofrecían en la puerta trasera de un bar, y ni siquiera podía comer todos los malditos días. Y cielos, cómo odio dormir sin haber comido. Es... escalofriante. Pero, al reencontrarme con Dagro, mi viejo amigo, y su aprendiz Kayt, cambié de opinión. Su determinación me hizo pensar que aún se puede hacer algo por cambiar, y solo lo lograremos si todos juntos colaboramos. Pero para ello debemos estar unidos. Si no, de nada servirá.
No había esperanza en los ojos acuosos de Diolo. Brillaban con desánimo.
—En parte llevas razón, pero la dificultad reside en el reclutamiento. Hay que tener en cuenta cómo son las personas aquí abajo, tan crueles y mezquinas. No son héroes o intentos de ello como vosotros, no los mueve la verdad ni la justicia ni tienen códigos de honor establecidos. Yo mismo no soy más que alguien que se aprovecha de otros como un parásito para sacar algo con lo que poder vivir un día más. ¿Acaso soy un salvador? No, ni ninguno de estos sucios necropolitanos. Somos escoria, los escombros que quedaron de una ciudad caída y renombrada para infundir temor. No hay nada que se pueda hacer. Lo sé por experiencia.
—Eso ya lo veremos —musitó D'Erso. Se le hizo esbozar aquella tenue somrisa. Hacía mucho que no dibujaba ninguna que no fuera artificial. Acabó resultándole satisfactoria.
Entonces, como si de la nada emergiesen, unos jóvenes de alrededor de veinte años vestidos con jubones mugrientos se presentaron ante ellos. Parecían haber escuchado de refilón las palabras de Dagro y los demás, y se los veía muy interesados.
—¿Hola? Hola —el de delante saludó—. Lo hemos oído todo, y estamos interesados en unirnos a vosotros. Estamos cansados de tanta porquería.
A su lado, un zagal con unas pintas para el lamento asintió.
—Llevamos demasiado sobreviviendo entre basura —titubeó—. Merecemos algo mejor.
Dagro se vio en la necesidad de sonreír. La verdad corría tan rápido por los callejones de la ciudad de los muertos como ratas en busca de algo que devorar.
—Pues habéis venido al lugar indicado —dijo.
—¿Ves como siempre hay alguien dispuesto a ayudar, Diolo? —Kayt ladeó hacia el pistolero la cabeza—. Ese pesimismo no te servirá de nada. Tampoco me sirvió a mí en su momento.
—Quizá estuviese equivocado —tuvo que admitir Diolo—. Es lo normal cuando no se tienen estudios. Ni sumar sé.
Kayt soltó una risotada.
—Tranquilo, que yo tampoco.
Dagro estudió el interés de los jóvenes con las ondas. Definitivamente, era auténtico. Deseaban aquel cambio como el comer. Por tanto, se acercó a ellos para confesarles la verdad.
—Pertenecemos a una emergente organización dispuesta a recuperar nuestra antigua Leurs, la que nos pertenece. Los más mayores quizá la añoréis. Os entiendo. Uníos a nosotros y haremos arder en mil llamas al Gobierno. No todo es inmediato, y me temo que aún hemos de esperar para ver algo así. Empezar por devolver la esperanza a estos bajos barrios sería maravilloso. Las personas jóvenes como vosotros tenéis más labia, así que aprovechad vuestra ventaja.
—Puedes contar con nosotros —uno de los chicos le guiñó un ojo—. Añoro los tiempos en los que salíamos a jugar y no había por qué tener precaución.
—Habéis escogido bien, chicos —Dagro mantenía la mirada inquieta. Debía estar alerta—. No os arrepentiréis. Quedaos aquí. Tenemos que esperar a que acuda más gente. Cuando esto se asemeje a un ejército, las autoridades empezarán a temblar.
Finalmente, el esfuerzo dio sus frutos. Tras dar el maestro Dagro Fullmine una sarta de emotivos y honestos discursos, el gentío comenzó a acercarse para escucharlo con atención. Muy pocos se habían atrevido a tratar tales verdades durante los años de sometimiento de la ciudad. La mayoría había acabado pagándolo con sangre, y eso había frenado al resto. Ahora, el valeroso Dagro conseguía con su labia conquistar los corazones de quienes le prestaban atención. Cuando quiso darse cuenta, decenas de necropolitanos insatisfechos lo rodeaban.
—Y es por eso que solo juntos podemos convertir este basurero en algo de provecho. Liberémonos ahora de las cadenas que cada vez nos aprietan con más fuerza los de arriba. ¿Quién está conmigo?
Con creciente entusiasmo, los presentes gritaron y alzaron sus brazos hacia los cielos cenicientos y mustios. Parecían dispuestos a hacer la revolución. Siempre lo habían estado, de hecho. Tan solo habían necesitado un líder con dos dedos de frente. ¿Podría ser Dagro aquel adalid que habían estado buscando? Ni él mismo lo sabía, pues nunca había tenido madera de líder. Ahora que había aparecido ante ellos el pálpito de la justicia, podía convertirse en algo distinto.
—Me parece increíble que hayáis conseguido atraer a tanta gente, pero esto no es bueno —Diolo, las manos en la cadea, resopló—. Nunca se ha dado nada igual. Es demasiado evidente, y llamará la atención de los Cazadores. Tened por sentado que lo hará.
—Si los Cazadores aparecen, Azmor y yo nos ocuparemos de ellos —respondió Kayt con osadía, apretando el puño contra la mano en plano.
—¿Y qué haré yo? —D'Erso se señaló con un dedo.
—Que Diolo te proteja —al parecer, Kayt ya confiaba en él—. Los Cazadores te buscan para devolverte con tu jefe, por lo que es mejor que no caigas en malas manos. Siempre detrás, ¿de acuerdo? Quizá se retiren si no se ven.
Como solía ocurrir, la calma precedía a la tormenta. El silencio reinó entre la multitud embravecida, cual océano instantes antes de irrumpir los aquilones. Silbidos fríos surcaban el aire, inquietando los corazones. La justicia se acercaba. Y con ella vendrían los ríos de sangre.
Cuando todo parecía ir como la seda, el susurro del metal al final del callejón principal hizo aparición. Kayt, Dagro y quienes lo conocían lo identificaron al instante. La malicia de su sonrisa torcida era inconfundible.
—Qué sorpresa —las sombras lo acogieron, pero pronto escapó de ellas—. Juro que no esperaba que cuatro os convirtierais en treinta, tal vez cuarenta. Pero no me importa cuántos seáis. La justicia no entiende de números. Nosotros no fallamos.
El Cazador Jiggs, solo en mitad de aquella calle atestada de miseria, levantó su espada de punta curva. Se reflejaban en su superficie los rostros temerosos del dolor enfrente suya. El aire hedor en el acre y el demoledor calor se avivaron más que nunca.
Los tres miembros de NeoMenta procedieron a prepararse para lo que se avecinaba. Si combatían juntos, se dijeron, no habría complicaciones en solucionar aquel entuerto.
Jiggs, con total calma, se adentró entre la multitud paralizada. El chirrido que provocaba el arrastrar de su espada acabó haciendo que el vulgo abriera un camino para él. Lo seguían miradas henchidas de espanto.
—He oído el discurso, no penséis que no. ¿Y sabéis qué os digo? Necrópolis es bastión inexpugnable. Vuestros intentos serán fútiles, ¡tan fútiles! Por muchos que seáis, os derrotaremos. En la urbe de la muerte no hay cabida para la discordia.
En absoluto era noticia novedosa para Dagro lo que suponían sus amenazas. Como el guerrero más experimentado, desenfundó su espada de doble hoja y saltó hacia él. Entre gritos, los espectadores se apartaron.
Bruscamente, el maestro mental blandió la espada. La colisión de las hojas provocó un agudo chillido metálico. La desesperada carrera de la multitud comenzó ante el horror de la furia latente.
—Has provocado que lo que tan bien marchaba haya sido destruido, ¡y lo vas a pagar caro! —Dagro, fijos sus ojos de fuego sobre su mirada única, desveló una dentadura letal.
—El que lo pagará serás tú por rebelarte contra el sistema —el vacío en la cuenca de Jiggs era hipnótico—. Inténtalo, adefesio, que nada conseguirás. Tu palabra es trivial, anticuada para nuestros tiempos. Todo indigno ha de ser ejecutado.
Los luchadores procedieron un combate rápido, insuficiente aun así. Dagro y Jiggs trataban de acertarse con sus respectivas armas de doble filo, pero la agilidad de ambos evitaba cualquier derrame de sangre. Goteaba el sudor, el acero aullaba al arrojar tajos vanos, se marchitaba poco a poco cualquier anhelo de paz. Con tal de ayudar, Azmor y Kayt usaron el poder de la mente y levantaron al Cazador para después arrojarlo contra la pared. Se desprendieron varios ladrillos tras el impacto, y el potente golpe lo hizo gemir.
—¿Has visto eso, Kayt? ¡Buenísima! —a Azmor se lo veía entusiasmado.
—Trabajo en equipo —contestó el joven, sonriente, al tiempo que le chocaba la palma de la mano.
—Sed precavidos —Dagro adoptó la posición de combate básica. El acero reverberaba—. Se vuelve a levantar, y ahora va a estar aún más furioso. La verdadera acción comienza en este momento. Los poseedores del poder de la mente no desisten fácilmente, no cuando siguen unos ideales.
En el siguiente instante de crudo silencio, el Cazador se levantó como si ningún rasguño perjudicara su piel y profirió un desgarrador grito mientras cargaba contra Dagro. Al tomar posición intentó acertarle en la testa con el acero, pero Dagro bloqueó el tajo y lo hizo retroceder unos metros de una fugaz finta. La violencia estaba servida en cada uno de sus movimientos.
—Lo pagarás caro, lo pagarás caro, ¡lo pagarás caro! —exclamó un desquiciado Jiggs.
Mas Dagro no lo creía así.
—Los héroes siempre ganan —y volvió la cabeza hacia Kayt. El joven lo escuchó, y sus palabras le calaron hondo.
Acto seguido, Jiggs blandió su espada de lado a lado manipulada por el poder de la mente. Originó una ráfaga de viento huracanado que provocó que los pocos espectadores restantes huyeran despavoridos por su propia seguridad.
—¡Calmaos, no corráis! ¡Os caeréis y os pisarán! —la preocupación de D'Erso por la multitud no sirvió de nada. La histeria era unánime.
Azmor y Kayt intentaban apoyar a Dagro en la intensa batalla, pero ni su adversario ni él permitían que nadie se entrometiese. Era su duelo, de nadie más. Las espadas de ambos impactaban una y otra vez, y saltaban chispas por la salvaje fricción. El alarido del metal enfrentado erizaba la piel.
—Te voy a hacer sufrir —Jiggs esbozó una sonrisa tétrica—, y mucho.
—Aquí el único que sufrirá serás tú. No me interesa matarte, pero, si sigues con esto, no me quedará otra que derramar sangre —Dagro dio un salto hacia atrás para protegerse del siguiente ataque del peligroso Cazador—. La justicia ha de vencer.
—¡Claro, porque yo soy la justicia! —risas por parte del Cazador.
La pelea no hacía sino intensificar la crudeza de las almas ávidas de destrucción. Incluso un aura roja hizo su sutil aparición alrededor del cuerpo de Jiggs, como si su cuerpo ardiera.
—Eso es la manifestación de la energía mental —Azmor señaló al Cazador. Le temblaba el dedo—. Aparece cuando alguien con un gran poder mental es superado por el odio y la furia de sus pensamientos. Y no nos viene bien, porque tiende a acrecentar la vehemencia.
Debido al aumento de poder del aura, el Cazador Jiggs consiguió romper de una embestida la mitad de una de las dos hojas de la espada de Dagro, dejándolo en desventaja. Aprovechando esto, le provocó un corte en el brazo por el que brotó sangre. No desistió a pesar de todo. Los valores de Menta no permitían que un simple corte retirara a un guerrero del campo de batalla.
—¡No! ¡Drago! —preocupado, Kayt se adelantó para ayudar a su maestro.
A tiempo, Azmor lo detuvo con la mano. Era consciente del inmenso poder que el Cazador manejaba en aquellos instantes. Que un iniciado interviniera era inviable.
Dagro había estado estudiando la técnica del enemigo mientras combatía. Cada instante era esencial para meditar en aras de superar con los sentidos a un enemigo carcomido por los instintos primarios. Así pues, llegó a bloquear cada uno de sus poderosos golpes. Sin embargo, todo lo complicaba su arma. Tal como estaba, los tajos eran cada vez menos certeros. Necesitaba no una, sino las dos hojas para poder triunfar. A pesar de la clara desventaja, Dagro no se retiró. Tenía un aprendiz al que inculcar unos valores que muchos creían ya muertos.
—¡Así se hace, Dagro! —Kayt, emocionado, saltaba enérgicamente—. ¡Remonta la batalla!
Dagro no le contestó, ni siquiera con una mirada. Necesitaba máxima concentración para poder controlar a su hábil adversario.
Tras estudiar con destreza sus repetitivos ataques, Dagro dio con la forma de detenerlo. Primero, necesitaba concentrar todas sus energías. A pesar de todo, un mal presentimiento lo había sacado de contexto. Sentía algo fuera de lo común.
De un momento a otro, la cadencia de unos pasos se escuchó en la distancia. Jiggs sonrió de nuevo. Sabía que ya no estaría solo en aquella batalla.
—¿Has avisado a tus aliados, desgraciado? —le preguntó Dagro, el rostro tras su espada—. Cobarde desalmado.
—Sí, y ni siquiera te has dado cuenta. Supongo que no son para tanto tus poderes. Pobre hombre, que tanto va a sufrir. Si no puedes conmigo, imagina qué te pasará ahora que vienen todos mis compañeros —el Cazador Jiggs soltó una risotada—. Nosotros no fallamos.
Dagro estudió las profundidades de la calle. La ingente cantidad de Cazadores se dirigían hacia ellos no se podía obviar. Eran demasiados, quizá todo el cuartel. La sangre se le heló en vena.
—¡Chicos, salid de aquí ahora mismo! —se volvió para dar la voz de aviso—. ¡Los Cazadores están aquí!
No obstante, Kayt no estaba dispuesto a abandonarlo.
—¡No te abandonaremos! —anunció, y hacia el enemigo se dirigió.
—Detente ahora mismo, Kayt —Azmor extendió hacia él la mano, acto en balde—. Demonios.
Kayt aceleró el paso, pero Jiggs lo detuvo con el poder de la mente y lo hizo caer de rodillas. Su muestra de violencia contra un chico inocente enfadó con creces a Dagro, quien consiguió remontar el combate y contraatacar con vigor, hecho una completa furia. Logró rajarle las vestimentas de Cazador y lo hacerlo sangrar con la única hoja que le quedaba. Incluso su rostro se tiñó de carmesí.
Quejumbroso, Jiggs se llevó la mano libre al pecho. Ríos de rojo corrían entre sus dedos.
Kayt se levantó dolorido del suelo para observar el avance de los Cazadores. Eran demasiados, como una ola de aniquilación. Su instinto lo obligó a retroceder. No podía arriesgarse, no ante un ejército en toda regla.
Cuando entraron en escena, los rifles se dispusieron. Dispararían sin piedad, sus ojos como espejos de oscuridad.
—Idos —susurró Dagro, mas el susurro se tornó aullido.
La voz de aviso fue su oportunidad. De forma rápida, el Cazador Jiggs logró ensartar a Dagro con el acero de su pérfida arma. El maestro arrojó su espada al suelo en ese instante, crispando el rostro de un dolor descomunal.
Kayt fue el primero en gritar de incredulidad. Lloró enseguida. No creía imposible que su maestro pudiese ser tan pronto derrotado. No podía permitirlo.
Azmor se llevó las manos a la boca. Su compañero, su aliado, su amigo. Asesinado.
Enrabiado, Diolo hizo gala de una gran presión al acertar a Jiggs en el hombro. Lo tiró al suelo sin llegar a matarlo. Solo consiguió con ello que los otros Cazadores dispararan a bocajarro. Los pocos espectadores restantes acabaron por huir, pues en ello les iba la vida.
Diolo, D'Erso y Azmor tuvieron que salir a toda prisa de allí, derramaran o no lágrimas de desolación. Pero Kayt no. Él no.
El pequeño héroe permaneció. A pesar de los disparos que trataban de acertarle en la cabeza, las balas no impactaban contra él. Había generado un escudo mental tan resistente como para frenar un tren. La rabia por lo que le habían hecho al hombre que tanto le había enseñado lo consumió por completo.
De pronto, un aura blanquecina apareció a su alrededor. La energía se manifestó vívida, creciendo en espiral hacia los cielos. Del llanto brotó luz.
Todos los rayos se unieron en uno solo, y así Soka, su tulpa, nació de ellos. Kayt levantó lentamente su mano para señalar a los Cazadores, y Soka hundió su mirada depredadora sobre sus cuerpos. Se desplazó sobre el suelo cual lince mientras su cabello albino se agitaba por la velocidad. Al alcanzarlos, su poder fue desatado. Rayos de energía rebosantes de ondas betta y gamma impactaron contra las filas de Cazadores, arrasando con ellos. Cayeron muertos la mayoría de ellos. Muertes horribles, descarnadas, sangre por doquier, vísceras e impiedad.
A cambio de la caída de un icono, un inimaginable poder había sido desatado. Los Cazadores habían hecho mal en enfurecer al joven Kayt.
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
AdventureUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...