El programa retransmitido era desolador, pero también soporífero. Un bostezo y Kayt apagó la pequeña televisión portátil que tenía en su poder. La colocó sobre el diminuto armario al lado de la cama para volver a recurrir a ella cuando la desazón se lo ordenara.
En ese instante, alguna parte de su mente le ordenó: "duerme". Aunque, a pesar de sus bostezos, él no creía necesitarlo. Estaba cansado, nada más. El joven guerrero se encontraba tumbado sobre la colcha, los ojos bien abiertos y clavados en el techo. Llevaba incluso las botas puestas. Su manera de descansar era un tanto peculiar.
El mensaje de su mente se cortó. El sueño andaba lejos, por lo que no suponía una amenaza. Aun tambaleándose y con la muñeca izquierda entumecida por la postura, se levantó de la cama de un salto con la decisión de dar una vuelta en solitario por los exteriores de Bastión Gélido. Nada le resultaba más reconfortante.
Dar un rodeo por la taiga salvaje a altas horas de la noche era algo de lo que Kayt siempre disfrutaba. Admiraba los hermosos parajes nevados con los que había soñado desde su vida en el Gran Desierto. Sentir el más gélido frío atravesar su piel le traía paradójicos recuerdos de los tiempos en los que el calor lo abrasaba. La adaptación a las altas temperaturas lo había vuelto débil al frío, pero las tornas se iban cambiando paulatinamente. A medida que se alargaba la estancia en Bastión Gélido, la resistencia de Kayt a las bajas temperaturas era más eficaz. Había llegado a caer a un lago helado y salido de él indemne. Parecía ser que, a medida que su llama interior se apagaba, una estructura cúbica de hielo iba creciendo a su alrededor en sustitución. La calidez del bravo joven que había sido otrora no era ya más que un fragmento de hielo tan duro como el hierro.
El abrigo que solía usar contaba con varias capas de piel. Las habían curtido para él, algo así como un regalo por su participación en las batallas. Estaba forrado con un pelaje artificial en su interior, cosa que se agradecía. Con él encima, Kayt no tenía por qué temer al frío.
El primer contacto con el ambiente solía ser el peor. Era en ese exacto momento inicial cuando el frío conseguía que cualquiera se postrara ante sus pies. Dominaba sin dificultad a uno por dentro, extendiéndose a través de cada nervio, de cada conducto del cuerpo que comenzaba a palidecer. Se necesitaba tiempo y práctica para superarlo. Kayt tenía experiencia de sobra.
Entonces, el joven introdujo ambas manos en los bolsillos del abrigo y suspiró hondo. El vaho escapó por sus labios, agrietados por el frío. Se perdió en un aire capaz de congelar el agua en segundos. Tras eso, caminó. Le vendría bien ejercitar las piernas.
Avanzó frente a la puerta sin cambiar de rumbo, pisando fuerte sobre las capas de nieve acumuladas sobre las losas exteriores del bastión. Se dirigía hacia el bosque nevado, que quedaba a escasos metros.
Adentrarse en el inhóspito territorio de altos árboles era algo que a nadie le agradaba, pero Kayt era la excepción. Sus gustos habían sido siempre peculiares. El guerrero confiaba siempre en que, con los poderes mentales y su espada, nada malo le ocurriría. De hecho, nunca había sufrido un daño considerable en las profundidades boscosas. Se había topado con algunos animales salvajes en más de una ocasión, pero lo habían ignorado. Herbívoros o carnívoros, actuaban siempre como si Kayt no estuviese presente. Una vez más, el poder de la mente parecía estar involucrado. Tal fuerza de místico nacimiento jugueteaba con los hilos de su vida, presente en cada acción. Todo lo decidía, y todo lo controlaba. Era su señor, y Kayt su vasallo. No le gustaba ser un subordinado, pero no podía hacer frente a esa parte de sí mismo.
Tenía pensado adentrarse en el bosque, pero algo impidió su entrada. Una fina y dulce voz lo retenía ante los árboles como si una serie de correas de cuero lo hubieran amarrado a Bastión Gélido. El hilillo de voz vino acompañado por un escalofrío letal. Un viento gélido pasó por su lado y lo obligó a darse la vuelta. Justo lo que esperaba.
—Kayt... —pronunció la vocecilla desde la entrada.
Y Kayt, el cuerpo vuelto del todo, visualizó a D'Erso. La joven iba bien abrigada, la mano derecha apoyada sobre el rostro como con cierto desconcierto. Tenía la nariz enrojecida, seguramente congestionada. A Kayt le pareció algo adorable.
—¿Eh? —Kayt alzó una de sus pobladas cejas—. ¿Pasa algo?
—Pues claro que pasa algo —D'Erso, ceñuda, se dirigió hacia donde se encontraba el joven. Los alrededores boscosos infundían pavor en ella, pero no tenía por qué temer estando Kayt presente—. Todo el mundo está celebrando este día como una familia, pero tú no. Eres el único que no. Te encuentras aquí ajeno a todo, como siempre. Caminando por la nieve como un muerto andante al que las temperaturas le dan lo mismo, viendo el tiempo pasar como si no importara, perdido a propia voluntad. Deberías tener un poco más de aprecio y gratitud por los demás.
Y Kayt volvió a suspirar. No entendía por qué durante los últimos días D'Erso no lo dejaba en paz. Se preocupaba demasiado por él y por cada uno de sus actos. Parecía que la chica lo viese como un ángel caído que en cualquier momento arrasaría con todo, sin tener en cuenta el pasado. Desde su punto de vista, se excedía. Ser un guerrero tenía sus repercusiones, y a veces uno no requería otra cosa sino soledad.
D'Erso caminó a paso veloz hasta colocarse frente a él con una expresión de furia y disgusto. Se quedaron mirando el uno a la otra hasta generar un silencio angustioso, cosa que no amilanó a la joven. Quería que Kayt sintiera vergüenza, arrepentimiento en el mejor de los casos. Fue entonces cuando el Dracorex optó por responder como solo él sabía.
—No entiendes nada, D'Erso —le dijo tratando de no parecer hostil—. Te preocupas demasiado por mí y siempre estás encima mía vigilando cada paso como si el camino no lo hiciesen los pies. Déjame ser libre a mi manera. Que no te parezca correcto no quiere decir que esté mal. Es la única manera de guiarme a través de lo que mi mente me ordena. Ahora debo adentrarme en el bosque. Las ondas me lo exigen.
—¿Pero qué? —preguntó D'Erso con un ojo más abierto que el otro—. ¿Cómo que me preocupo demasiado por ti? ¡Y me lo dices con esa actitud tan condescendiente! Haces cada día lo que te place en solitario, no tienes en cuenta que otros te necesitan. Esto no puede continuar así.
Kayt volteó la cabeza hacia el bosque nevado de nuevo. Un vaho helado escapó por la boca. Pensó que podía darle formas con las ondas. Sería divertido.
—No disfruto de la compañía de la gente, y menos últimamente. Prefiero estar solo. La noche es mi única amiga, y el frío y la oscuridad mis consejeros. Y ahora, si no te importa, marcharé en quietud —en aquellas escasas palabras, el bastión de frío en el interior de Kayt se fortificó aún más—. La aventura clama mi nombre.
Sin dudarlo un solo segundo, Kayt se adentró en el bosque con la conciencia maltrecha. Los pasos que dejó atrás comenzaban donde la chiquilla había quedado inmóvil. D'Erso no sabía qué más hacer para que Kayt volviera a ser quien fue. No quería perderlo.
De forma inesperada, Kayt se detuvo. D'Erso iba a volverse para retomar su puesto en la fiesta, mas lo vio. El joven no permaneció quieto unos latidos, sino un minuto que además iba para largo. Aquel comportamiento sin explicación perturbó a D'Erso. Cualquier cosa podía ocurrir conociéndolo, así que decidió aproximarse al lugar donde Kayt se había detenido.
D'Erso se acercaba, pero Kayt se iba retirando poco a poco hacia su izquierda. Se desplazaba de palmo en palmo con los brazos lánguidos en un movimiento inusual. D'Erso pensó que rehuía de ella, así que se sintió frustrada. Estuvo a punto de darle una reprimenda verbal, pero pronto se dio cuenta de que estaba equivocada.
Había sido cegada por la angustia, por lo que no fue capaz de ver lo que Kayt observaba. Cuando lo localizó, quedó horrorizada. Era un cadáver, pero no uno cualquiera. Yacía sobre la nieve un cuerpo descabezado y ensangrentado, repleto de moscas gordas como garbazos y gusanos que se abrían paso a través de la carne podrida con sus fuertes mandíbulas. El hedor nauseabundo que emitía debía haberlos despertado de su letargo otoñal.
D'Erso se apartó lentamente sin pronunciar palabra, tan asustada que se llevó las manos al rostro palidecido. El espanto la llevó a retroceder sin importarle que se pudiera chocar con cualquiera de los árboles. No podía creer lo que sus ojos veían.
Al contrario que D'Erso, Kayt se acercó al muerto y se agachó para estar lo más cerca posible de su podrida repugnancia. No tuvo escrúpulos al darle la vuelta con sus manos. Si intención era fijarse en el frágil torso del cadáver, hendido por los mordiscos de las bestias carroñeras. Nada parecía haber indicios que ayudaran a conocer su identidad. Aun así, no se rindió. El éxito llegó cuando se fijó en un collar plateado con el símbolo de un bigote reluciente. Lo había visto en más de una ocasión y recordaba a quién pertenecía: Rodrick, el joven amigo de Berillio infiltrado en Congelación. El collar fue elegido para ser fácilmente identificable, y su utilidad se había cumplido. Kayt no podía creerlo.
—Es Rodrick —declaró con voz de ultratumba—. Esto es muy mala señal.
D'Erso permaneció plantada como un abeto a algunos metros de distancia. Muchos cadáveres había visto, pero pocos tan demacrados. Sus dientes no dejaban de entrechocar, y sus dedos se contorsionaban del espanto como artistas circenses.
En cambio, Kayt expulsó aire y luego inspiró. Parecía incluso relajado. Tras eso, se sentó en el suelo apoyando ambas manos sobre las rodillas. Poca gracia le hizo a D'Erso su proximidad al muerto, y eso que ni siquiera conocía sus intenciones.
Poco a poco, el guerrero fue abandonado el mundo físico. Kayt cerró los ojos y abrió su mente. Así pued, dijo hola a una mística tierra donde el frío era lo de menos.
Las ondas corrieron libremente cual gamos de luz, como si tuvieran vida propia. Ágiles e infalibles, sin detenerse ni un solo instante. No tardaron mucho en llegar hasta Congelación, y el primer contanto con el pueblo estremeció a Kayt desde la lejanía. Tan solo eran sus ondas las allí presentes, mas eso no le impidió descubrir lo que se avecinaba. Mil escalofríos se apropiaron de sus etéreas extremidades.
Armas de fuego, armas blancas, ballestas, catapultas y demás. Una vez más, Nevkoski y sus huestes destructivas estaban listos para el asalto. Las estrategias que blandían nunca habían llegado a tanto, y Kayt era consciente. Era de hecho el único que conocía lo inminente, un punto a favor. Solo él podía cambiar el oscuro destino de Bastión Gélido.
De repente, el flujo de las ondas fue sesgado. Los ojos se abrieron de par en par y el cuerpo se irguió acompañado por un espasmo. Sin avisos previos, Kayt echó a correr hacia Bastión Gélido. No miraba atrás, pues apenas quedaba tiempo.
D'Erso se lo quedó mirando sin comprenderlo. Corrió para seguirlo, dejando atrás el cadáver descabezado de Rodrick. De todas formas, ni la distancia podría conseguir que olvidara esa repugnante visión
—¿Qué pasa ahora? —le preguntó la angustiada chica.
—¡Ya vienen a por nosotros! —respondió Kayt, desbocado a más no poder—. ¡Han alzado sus armas en la mitad de la noche!
D'Erso no lo comprendió del todo, mas se temió lo peor.
Al llegar a la puerta, el guerrero irrumpió con las ondas. No cerró para que D'Erso pasara, probablemente su gesto más caballeroso en meses. No la esperó, sino que siguió corriendo hacia el fondo del principal pasillo de Bastión Gélido en dirección al comedor. Los muy ignorantes celebraban a lo grande la festividad mientras el peligro crecía en la distancia. No eran conscientes de lo que se acercaba.
Cuando por fin llegó, exhausto y desolado, abrió ambas puertas de la forma más brusca posible. No fue un movimiento descuidado, sino uno intencionado. Las ondas se ocuparon de provocar un estruendo que obtuviera el silencio de todos los comensales. Kayt lo necesitaba.
Todos los presentes miraron hacia la puerta, fijándose así en él. Lo habían visto en mejores situaciones. Del cabello recogido goteaba el sudor, y el rostro se veía crispado. La mano sujetaba la empuñadura de la espada, ansiosa por desenvainarla. Además, parecía querer decir algo.
Cuando absolutamente todas las miradas (no precisamente pocas) de la estancia se posaron sobre Kayt, declaró:
—¡El ataque es inminente!
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La Leyenda Perdida I: El Fin Del Camino
PertualanganUn mundo desolado por la cruel y mezquina mano del hombre. Un joven atormentado por un arduo pasado en busca de respuestas. Una humanidad afectada por una vertiginosa caída, seguida por un hilo de muerte a la espera de segar almas. Poderes ocultos s...