Acto CXIII: Sal de mi cabeza

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En el segundo día del año, D'Erso se levantó tan temprano como se había acostumbrado. Se dirigió de nuevo a la biblioteca a hojear con más detenimiento aquel curioso volumen hallado tras los montones de las estanterías, conocido como Menta: Ocultos.
Cuando llegó, encontró una vez más a Azmor sentado en un sillón con un libro en el regazo. Mas esa vez no lo halló solo, ya que una niña de cabellos rubios recortados hasta el cuello y enormes ojos azules leía a su lado un libro más grueso que sus propios bracitos.
—Buenos días, D'Erso —saludó Azmor sonriente—. Me alegra verte una vez más aquí —levantó su sombrero de copa y volvió a colocárselo. Se había afeitado hacía poco tiempo y apenas le quedaban retazos de barba. Tal cosa lo parecía hacer más joven que con la larga barba negra que había lucido años atrás.
—Hola —saludó D'Erso con su voz aguda, sonriendo con dificultad. No estaba habituada, supuso. En especial se la dedicó a la niña que leía junto a Azmor, pero esta la ignoró.
Entonces, la niña levantó la mano no más arriba de su cabeza. Sus ojos como el mar refulgían como faros de luz incontrolable.
—¿Quién es ella? —preguntó D'Erso al maestro mental, a sabiendas de que la chiquilla no respondería.
—Se llama Carla. Es hija de Roma y Phille, los alfareros. Es una lectora nata y aún mejor ayudante. Viene mucho por aquí últimamente —Azmor le revolvió el pelo, aunque ella ni se inmutó—. No te preocupes, es así con todo el mundo.
Acto seguido, D'Erso caminó de forma silenciosa y cautelosa hacia Carla. La pequeña había dejado el grueso volumen sobre sus piernas, no sin antes marcarlo con ayuda del marcapáginas.
D'Erso se agachó colocando las manos sobre sus rodillas. Dos mechones de su cada vez más largo cabello castaño cayeron hacia delante, cubriendo los flancos de su delicado rostro. Expuso una sonrisa sin desvelar la dentadura.
—No tengas miedo, no voy a hacerte nada. Mi nombre es D'Erso. Es un placer conocerte, Carla —y le mostró una tierna sonrisa.
A pesar de la dulzura que D'Erso procuró transmitir, Carla dibujó un ligero recelo en el rostro. No le quitaba ojo.
—¡Vamos, Carla, no seas tan cerrada! —le recomendó Azmor, aunque de poco sirvió—. Ya no educan a los críos como antes. Menos mal que aún quedamos algunos para marcar la diferencia, ¿eh?
D'Erso comprendió que lo mejor sería dejar a la niña en paz, pues había interrumpido su lectura. No se consideraba quién para molestar a la pobre.
Sin más, la joven procedió a sumergirse en el vasto mundo de la lectura. Se adentró en el pasillo de las estanterías, rodeada de ancestrales volúmenes e infinidad de historias por contar, no sin antes despedirse de Azmor y Carla. En el momento en el que desapareció de su vista, D'Erso pudo captar cómo la chiquilla levantaba el libro y lo abría por la página correspondiente. Lo había estado deseando.
Dejándola de lado, D'Erso caminó hasta el fondo de la biblioteca, allí donde había encontrado días atrás el libro de Menta. Al retirar unos tomos, dio con él y lo extrajo cuidadosamente para seguir leyendo. Su curiosidad no había menguado en todo ese tiempo.
Se sentó en un cómodo sillón próximo a las estufas, donde más a gusto estaría. Así pues, abrió el libro por una página al azar (no tenía preferencias) y leyó unas páginas que hablaban sobre los rituales de metidación en Menta. Según un fragmento, todas las mañanas los miembros de Menta se reunían antes de la hora de comer para meditar en conjunto. Algunos contactaban entre ellos durante el proceso y se ejecutaban los ejercicios desde la conciencia colectiva. Otros se aislaban en su propio mundo cognitivo y permanecían encerrados hasta nueva orden.
Los terceros, más torpes que los demás, simplemente eran incapaces de concentrarse y solo perdían el tiempo intentando lograr lo que a sus compañeros no daba problema alguna.
Las reuniones eran obligatorias para todos los miembros, incluso para los más elevados, aunque podían anteponerse o posponerse de haber algún contratiempo. Si simplemente eran uno o dos los que se iban a ausentar, la reunión seguía con el mismo horario. Para compensarlo, aquellos que no habían podido asistir debían meditar el doble el día siguiente.
Por la noche, justo antes de las horas de sueño, una reunión de meditación opcional se llevaba a cabo. Los miembros más sabios, también aquellos que padecían insomnio, se reunían para potenciar sus ondas mentales. Algunos hasta se quedaban dormidos para despertar a la mañana siguiente sumidos en plena paz. Como solía ser mucho más selecta, aquella reunión nocturna despertaba en todos los asistentes una conexión de plena concordia.
D'Erso cerró el libro al agotarse. Menta era siempre un tema interesante, pero acaba siendo repetitivo. No parecía haber apenas acción en la vida diaria de los antiguos miembros de Menta, salvo por excepciones puntuales. Sus existencias se limitaban a meditar, conversar entre ellos y volverse cada vez más sabios.
"—¿Para qué tanta sapiencia si luego todo se perderá en el tiempo?"
Sin duda, lo que más interesante le resultó fueron las operaciones que debían ejecutar por orden de sus superiores. El libro no hablaba de nada que ocurriera fuera de la sede de Menta, simplemente lo sabía por cosas que había llegado a escuchar en el pasado de labios de Dagro. Aunque, si tenía tanto interés en saberlo, tan solo tenía que preguntárselo directamente a su buen amigo Azmor.
Descubrió también que existían pequeñas secciones de Menta situadas fuera de Phasmos, con reglas similares a la rama principal pero con un mismo fin. Cortijo, por ejemplo, era miembro de una de esas.
Sin más, D'Erso volvió a colocar el libro donde le correspondía y lo cubrió con volúmenes diversos para que nadie lo encontrara. Había sido el libro quien la había llamado a ella, cosa que seguía siendo una incógnita. Tal vez más personas recibieran tras ella (si no lo habían hecho antes) la llamada de Menta: Ocultos.
Al escapar del pasillo de estanterías, D'Erso volvió a encontrar a Azmor y a Carla leyendo. Esta vez la jovencita no levantó su profunda mirada, sino que se limitó a continuar como si D'Erso no estuviera. Por otro lado, Azmor apartó los ojos del libro.
—¿Ya has acabado? Qué velocidad —comentó. Sus ojos eran también de un azul celeste. De no haber sido por su color de pelo, Azmor habría podido pasar por padre de Carla—. ¿Seguro que no necesitas nada.
Pero D'Erso sacudió la cabeza.
—Solo quería hojear una cosa.
—Vaya —Azmor agachó la mirada hacia el libro de nuevo—. ¿No quieres sacar algo para llevártelo? Como ya sabrás, tenemos de todo. Y no somos codiciosos, que conste.
—No me interesa nada —aseguró la joven—. Por ahora.
—Si cambias de parecer, solo tienes que decírmelo —Azmor sonrió. Algunas arrugas de la edad hendieron la piel de su rostro—. Estaré aquí todo el día.
Al darse la vuelta para salir, D'Erso comprobó que Carla había levantado la mirada. La fijó sobre su espalda, cubierta hasta la mitad por su ondulada cabellera castaña. No le prestó especial atención de todas formas.
Al salir D'Erso y cerrar la puerta, Azmor y la niña quedaron de nuevo solos. De hecho, el maestro mental no tardó en echarle una mirada curiosa. Tenía una pregunta para ella.
—¿Qué te pasa con D'Erso? Es una buena chica buena. La conozco desde hace años y no muerde, te lo aseguro.
—No me cae bien —respondió Carla con infantil rabia, una casi sintética.
—¿Por qué? —Azmor soltó una risotada—. No te ha hecho nada, ni tampoco creo que lo haga. Es un cachito de pan.
Pero la zagala se quedó callada y frunció el ceño. No dio una razón, por lo que Azmor supuso que era un simple juego de niños. No tenía por qué preocuparse.
Al cabo de un par de horas, Roma y Phille acudieron a la biblioteca dados alegremente de la mano. Tras dar las gracias a Azmor por cuidar de su hija, volvieron juntos a su hogar dejando al lector en solitario.
Azmor retomó su lectura como si nada, aunque no era lo mismo en soledad. Estaba acostumbrado a ello desde tiempos de Menta, pero ahora quedaba en él un lívido vacío. No hablaba demasiado con Carla, pero había formado un fuerte vínculo con la pequeña. Su compañía era cautivadora a pesar de no tener ni diez años y, aunque a Azmor nunca le habían gustado los niños, comenzaba a ver que al menos uno volvía más ameno el ambiente.
La sensación era ahora distinta, hueca, de corrupta vacuidad.
El silencio se había vuelto absoluto, el rey indiscutible de la estancia. Cuando Azmor levantaba la vista no veía más que libros ahora vacíos, sin tinta ni memorias. Así pues, el maestro vio evocadas algunas memorias de Menta. Habían sido también días silenciosos, sobre todo en las vastas profundidades de la biblioteca, pero la vida humana acababa rebosando siempre. En ningún momento podía uno quedar solo, pues en la sede de Menta convivían en armonía cientos de almas.
Azmor siempre se había sentido afortunado por haber sido uno, aunque más aún por haber logrado sobrevivir. No muchos podían presumir de haber escapado con vida, mucho menos de haber salido impune de la caza de brujas de los Cazadores. Era un sentimiento de alivio, pero también de dolor.
De mucho, demasiado dolor.
De repente, Azmor sintió una punzada fugaz en el estómago. Fue infernalmente ardiente, pero tan efímera que no la tuvo en cuenta.
Pero la punzada se repitió, y cada vez resultaba más molesta. Parecía que un ser espectral lo mordisqueara por dentro, volviendo una pasta sus músculos. Gimió, dientes contra dientes.
Azmor se levantó como pudo y caminó hasta la mesa más próxima para beber un poco de agua. Sostuvo con manos trémulas la botella, desenroscó el tapón y vertió el agua. Levantó entonces el vaso para llevárselo a los labios, y el solo contacto con el frío le provocó un intenso dolor de cabeza.
Así pues, Azmor pensó que lo mejor sería tomarse una pastilla. Sin embargo, no tenía ninguna a su disposición. Tal vez hubiera alguna desperdigada en los cajones de su habitación, pero su peso era demasiado como para recorrer todo el pasillo. Llegó a pensar incluso que podía ser obra del poder de la mente, que le estaba jugando una mala pasada, pero esto era improbable. Tras tantos años nunca le había pasado algo por el estilo, aunque siempre existía la posibilidad. Conocía casos, pero no eran comunes. Solían darse con individuos sin parangón, gente inusual que recibían revelaciones a través del dolor.
Entonces, Azmor supuso que lo mejor sería sentarse hasta mejorar. Con algo de suerte, pasarían algunos minutos hasta que el dolor desapareciera. Sin embargo, no lo hizo en esta ocasión.
El poseedor cerró los ojos bajo el sombrero. Al abrirlos, brillaban de otro modo. La rabia rebosaba en su celeste mirada, ahora ribeteada de un fulgor granate. Cualquiera habría dicho que no era la misma persona.
Como una máquina, Azmor recorrió el largo pasillo de estanterías en busca de algo. Debía destruirlo antes de que fuera demasiado tarde.
Al final de la calle, Azmor cerró los puños con fulgurante poder manifestado en ristras de ondas azules. Entrecerró entonces los ojos, oteando los detalles de la estantería con recelo. Debía estar allí, no había otra alternativa.
Decidido, apartó los libros de la estantería arrojándolos mentalmente al suelo. Todos fueron abatidos, a excepción de uno.
De este modo, un extraño libro emisor de ondas quedó expuesto. Al presenciarlo frente a sus ojos, Azmor atrajo el libro hacia sí y lo sujetó con ambas manos. Estudió su portada por unos segundos, y entonces lo dejó caer. Sin embargo, lo levantó rápidamente con el poder de la mente para quedárselo mirando.
A continuación, el individuo frunció el entrecejo con recién nacida rabia. Sus ojos azules manchados de carmesí parecieron arder de odio. Toda la presión de sus ondas iracundas se concentró en el centro del libro, y a partir de su epicentro fue destruyéndolo por completo. El volumen quedó desintegrado en cientos, incluso miles de inapreciables pedacitos.
Sonrió. Un problema menos.

La Leyenda Perdida I: El Fin Del CaminoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora