Capítulo 55

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"6 de Enero de 1940"

Acababa de empezar el año mil novecientos cuarenta. Leonor Llevaba algunos años trabajando en la casa. Había entrado siendo prácticamente una niña. Se conocía el lugar como la palma de la mano.

La Guerra Civil había terminado no hacía mucho y el país estaba revuelto. No es fácil explicar hasta qué punto.

Aunque los pueblos eran los lugares más tranquilos para vivir, tampoco eran los mejores sitios para estar. En general, España no era un lugar muy seguro y estable para estar.

La zona de Oeste-Village seguía siendo un punto rojo. Durante la guerra había habido problemas con los combatientes de los dos lados. Muchos españoles intentaban pasar la frontera con Francia. En esos momentos en los que la Guerra había terminado, muchos republicanos intentaban salir del país para tener alguna posibilidad de salvar la vida, por lo que aún quedaban muchos soldados por la zona.

En las fiestas navideñas de aquel año la situación en el pueblo se había relajado. Fue la temporada en que más gente pudo salir del país por aquel punto.

A su vez, fueron las fiestas navideñas más tranquilas en algunos años. A su vez, eran las más tristes.

La familia Williams, adorada en todo el pueblo, había desaparecido un año antes.

Desde que la Guerra comenzó, el matrimonio se había dedicado a ayudar a la gente a salir del país. Conocían el pueblo y sus alrededores a la perfección. Junto a otros ciudadanos del pueblo, ayudaban a huir a muchas personas.

En Navidades de mil novecientos treinta y nueve, el matrimonio, junto a su hijo salieron junto a muchas personas que huían del país. Fue durante ese periodo cuando la familia al completo desapareció.

Todos salieron el día anterior al de Navidad. En un principio, debía ser un trabajo sencillo. Por esas fechas siempre había muchísimos menos soldados, por eso había ido toda la familia, el niño incluido. Normalmente, uno de los padres se quedaba en la casa con el menor de la familia, para protegerle a él y al progenitor que estaba fuera.

Unos soldados dieron con ellos. Había más de cien personas intentando pasar la frontera. Ayudándolos, se encontraban varias personas del pueblo y los Williams. Solo regresaron cuatro vecinos. Entre ellos, no se encontraba ninguno de los componentes de aquella familia.

Poca cosa se supo de ellos. Quienes iban a ayudar a pasar la frontera, no contaban nada de lo que había sucedido ni a los más allegados. En ocasiones, era porque el grupo a su cargo se había tenido que dividir para tener más posibilidades de éxito. Al despedirse, no sabían si se iban a volver a encontrar o no. Otras veces simplemente no querían dar malas noticias. En cualquier caso, era mejor que sus familiares no se enteraran de estas cosas, de las vías de escape. Si los soldados se enteraban de quienes eran y sobre los seres queridos que tenían a su alrededor, podían ser torturados y, estos, decirles por dónde habían pasado a Francia.

Esta ocasión, el grupo se tuvo que separar. Las personas que regresaron al pueblo, nunca supieron nada de los que habían desaparecido.

Había pasado un año desde aquello. En mil novecientos cuarenta, las cosas estaban más relajadas. El pueblo seguía siendo lugar de paso de emigrantes ilegales. Seguían recibiendo ayuda de los habitantes.

La Casa de los Williams seguía deshabitada. El personal de servicio poco a poco se irá marchando. Iban teniendo como seguro que la familia no iba a volver. Era duro para ellos asumir que ningún miembro de la familia iba a regresar, pero era algo evidente.

Era habitual que quien salía del pueblo tardara en regresar algún tiempo. En ocasiones, semanas. Pero, los meses fueron pasando.

Aquel año, solo quedaba sirviendo Leonor y su marido, Juan, que, por entonces, solo era un pretendiente.

Juan tuvo que salir a hacer las labores del campo. Ya nadie podía vivir de servir en aquella casa y tenían que estar trabajando en varias cosas a la vez. Ellos dos seguían allí por amor a la familia. seguían teniendo la esperanza de que volvieran.

Leonor limpiaba todo lo que podía. Aunque también tenía otros quehaceres que atender, solía ir a la casa cada vez que podía.

No le gustaba quedarse sola. Siempre que podía, lo evitaba, pero por nada del mundo iba a dejar de ir a limpiar la casa, por muchos escalofríos que le diera.

Aquel día se quedó sola. Quería quedar la casa vestida como si fuera a haber una fiesta en ella, como era costumbre en la casa por esas fechas. Leonor quería salir de la casa poco antes de la cena. Juan se había comprometido a ir a por ella.

Leonor había comenzado a recoger sus cosas cuando sintió un escalofrío. De su boca, salió el vaho se su aliento. No es que hiciera calor, pero tampoco frío para que saliera vapor de su interior, al menos, entre esas cuatro paredes.

Escuchó algo en la segunda planta de la casa. No había nadie allí dentro, menos en las habitaciones.

Subió a ver qué sucedía. Pensó que se había dejado alguna ventana abierta por la que se había colado un animal.

Nada. No había nada allí arriba. Todo estaba cerrado.

En el fondo sabía que había cerrado todo, pero no había otra explicación para aquellos ruidos.

Miró por todos lados.

—¿Quién está ahí? – Preguntó.

No obtuvo respuesta.

—¿Hola? ¿Juan? No hagas el tonto. Me habías dicho que me ibas a esperar en la puerta.

La casa volvió a estar en silencio. Más tranquila, volvió a la planta baja. Cogió su abrigo y se lo puso.

Revisó la casa por última vez.

En el salón vio algo que no se esperaba. Era un hombre. No podía diferenciar bien su rostro. Por lo poco que podía distinguir de él, supuso que podía tener unos treinta años.

—¿Quién es usted?

—Leonor ¿Quién soy? – Contestó.

Se acercó a aquel hombre.

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