02 - Hora de cierre

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Ramón caminaba animado, su jefe le había pedido un poco más de tiempo extra en su trabajo y, una vez a solas, habló serio con él.

— Me han pasado el chisme que, mañana, tendremos una llamada de la sede principal. Lo más probable es que me pongan como gerente y tú vas a ser ascendido, fortachón — celebró su jefe palmeándole su espalda ancha.

— ¿En verdad? ¡Eso es genial! — sin evitarlo, Ramón abrazó a su jefe y sin ningún esfuerzo lo levantó del suelo, dando un par de vueltas con él, haciéndolo reír.

— Controla tu energía, fortachón. Nada es oficial, aun tenemos que esperar la confirmación de mañana. Hasta entonces, ni una palabra a nadie.

Ramón apenas contenía su emoción, tras tres años desempleado y seis meses en su trabajo como vendedor de equipos electrónicos, la vida al fin le sonreía. Al llegar al gimnasio y ver a Raúl enfocado en su rutina, recordó su metida de pata y apretó los ojos al recordar el momento. Sin más, respiró profundo, sacó el aire despacio y fue a cambiarse para entrenar.

— Hola, Ramón — saludó Pancho poniéndose una chamarra —. Pensé que ya no llegarías.

— Hola, grandulón. No, jamás faltaría — le sonrió —. No he faltado ni un solo día en tres años — presumió mientras dejaba sus cosas en una banca y comenzaba a cambiarse de ropa.

— Eso explica tus músculos — reconoció el toro.

Ramón rió un par de veces y sin pena, con el torso desnudo, flexionó sus brazos para presumirlos. El hombre mostraba un cuerpo esculpido, sus brazos, piernas, pecho y espalda mostraban un trabajo de años, su panza por otra parte, mostraba cierta redondez, delatando su amor por todo tipo de comida.

— ¡A la bestia!, estás hecho un toro — rió Poncho.

— Mira quien habla — Ramón soltó una risa tonta mientras guardaba sus cosas y canturreaba en el proceso.

— Te noto contento. ¿Novia nueva? — intentó adivinar Poncho alzando una y otra vez las cejas.

— Naaaaa. No le hago a eso — expresó echando la cabeza de lado mientras mostraba los dientes —. Me van a ascender, mañana de hecho.

— ¡Genial! Felicidades, fortachón — celebró Poncho dándole un golpecito con su puño cerrado en el hombro.

— Poncho, ¿aún no estás? — escucharon una voz femenina desde afuera.

— Ahí voy, amor — respondió el bovino —. Ya me voy, Ramón. Mi novia me llama, comeremos en mi casa y si tengo suerte, habrá postre — insinuó el toro sonriendo de oreja a oreja.

— ¿Helado? — le sonrió el fortachón, sin comprender el doble sentido.

— Ahhhh... no me refería a... — Poncho se rascó la barbilla mientras se sonrojaba por la ingenuidad del hombresote — Sí... Quizá sí, helado.

— Suave, pásatela bien.

— Oh, lo haré — aseguró sonriente mientras se despedía.

A solas, Ramón terminó de vestirse con una playera blanca y un short negro, después, ajustó su cabello güero bajo una gorra obscura. Una vez listo, salió a hacer ejercicio, pero antes, queriendo zanjar todo, quiso arreglar las cosas, por lo que tomó valor y se acercó a Raúl quien estaba de espaldas, sentado en una banca.

— Hey, perdón por lo de ayer, me confundí y fue tonto lo que hice. Sé que soy bruto para algunas cosas y que no soy de tu agrado, pero — Ramón dejó de ver al suelo, se armó de coraje y levantó el rostro — quiero que sepas que yo...

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora