36 - Lujuria

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Historia, personajes y redacción: Garrick.



— ¡Es por aquí, rápido!

Las mujeres, algunas mucho más jóvenes como para ser consideradas señoritas, corrían descalzas a mitad de la noche, si dudaban o se retrasaban, todos sus esfuerzos habrían sido en vano. 

El grupo, temeroso, cruzó el barrio con prisa, algunas lloran, otras tenían el corazón en la garganta, pero todas estaban aterradas por su osadía, no era para menos, el último mes diez de ellas habían muerto. 

— Ya estamos cerca — las alentó de nuevo su león colega.

De repente, a lo lejos se escuchó ladrar a los perros, sus captores se habían percatado de su escape. 

Una de las chicas resbaló, de inmediato, el león regresó para levantarla, estremeciéndose al ver que ella no debía tener más doce años. 

— No falta mucho — le animó, obligándole a seguir corriendo. 

Las mujeres, desesperadas, con las gargantas rasgadas por el frío y sus sollozos, atravesaron los callejones, hasta que, a lo lejos, se vieron su vía de escape, un camión largo, encendido, listo para recibirlas. 

— ¡Ahí van! ¡Atrápenlas!

Jadeando, el león escuchó ladrar a los perros, los habían soltado e iban hacia ellas. El macho, deteniéndose un segundo, miró a su alrededor y encontró apenas unas macetas secas, con astucia, tomó la tierra y se la pasó por el cuerpo, dejando varios terruños a sus pies. 

— ¿Qué haces, Solano? — le apresuró una pobre mujer de ojos cansados y cuerpo maltratado.

— Sigan, yo las alcanzaré. 

— No te tardes, por favor — le suplicó siguiendo al resto de sus compañeras. 

El león Solano terminó por salpicar la tierra sobre su pelaje y melena cuando, en un parpadeo, una jauría de seis perros apareció ladrando y lanzando dentelladas. El pelo del felino se le encrespó por instinto, pero, armándose de valor, pese a su cuerpo golpeado y el cansancio acumulado de días, esperó a que los perros hubiesen captado todo su aroma y, esperándolos justo lo necesario, escapó corriendo por un callejón, en sentido contrario de donde sus compañeras habían huido. Para su sorpresa y alivio, los perros mordieron el anzuelo, siguiéndolo, dándole caza. 

El león corría y corría, intentando ganar todo el tiempo posible pese a que sus piernas ardían y sus pulmones suplicaban descanso, pero, con cada paso, sentía a los canes resoplarle en la espalda. 

En su escape, logró ver un poste de metal en una esquina y se le ocurrió una idea alocada, corrió sin detenerse, alargó un brazo y, repitiendo lo que había hecho miles de veces, usó el tubo para girar. El movimiento confundió a los canes que solo lograron morder el aire mientras que su presa giraba sobre ellos y les burlaba. 

Con todas sus fuerzas, siguió corriendo entre los callejones y repitió el truco tres veces más, cada vez con más torpeza, más cansado, pese a ello, logró aventajar a los canes, evadiendo sus fauces por muy poco. Girando por última vez, vio el camión de escape, en movimiento, estaban escapando. 

— ¡Solano! — le gritó una de las chicas. 

— Sigan, no se detengan — ordenó mientras intentaba en vano correr más rápido para alcanzarlas cuando sintió una punzada letal en su pierna, para después, rodar por el suelo. Le habían disparado. 

Apenas logró levantar la cara para ver el camión partir y unos segundos después, la jauría le atacó a mordidas. Entre gritos y alaridos de dolor, el resto de hombres llegaron, furiosos, coléricos al ver que su mercancía se había escapado. 

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora