66 - Che cosa

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Redacción: Ernesto Esquivel D.

Historia y personajes: Garrick.



— ¡Vamos con nuestra siguiente ronda! — gritó el presentador por el micrófono — ¡En esta esquina, el experto Mario! ¡Y en la otra, el misterioso Diablo!

Ambos ya estaban en su posición, mirándose fijo, mientras de fondo se escuchaban los vitoreos de la multitud.

— ¡Tenga cuidado, don Mario! — previno Diamantina desde la banca.

— ¡Comiencen! 

Don Mario aguardó un segundo, analizando a su oponente, pero pronto el Diablo, sin perder tiempo, metió su mano a su brazalete, cosa que aterró a todos los compañeros del padre de Ramón.

— ¡No deje que haga eso! — advirtió Diamantina, preocupada.

El señor no se contuvo más y salió corriendo hacia su adversario, tomándolo del brazo antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, pero fue inútil, pues un destello fugaz molestó los ojos de todos. A pesar de eso, don Mario logró lanzar un golpe con su puño al rostro del Diablo, sintiendo sus nudillos conectar de forma perfecta la carne de su oponente, a diferencia de la pelea con Mauricio.

Rápido y sin darle oportunidad, el señor conectó un potente golpe al hígado del enmascarado, encorvándolo. Sin dudar, tomó impulso echando su puño hacia atrás y lanzándolo, conectó un potente puño en la barbilla que levantó al Diablo en el aire, haciéndolo caer hacia atrás y casi sacándolo del cuadrilátero.

Don Mario, aún con el puño en alto, permaneció inmóvil, respirando con fuerza mientras veía el cuerpo inmóvil de su adversario. Por un segundo la arena enmudeció, hasta que, reaccionando, el publico comenzó a ovacionar al señor, impresionados de su poder y destreza, incluso sus compañeros, bajo la plataforma, reconocieron la experiencia del padre de Ramón.  

El señor se limitó a sonreír, bajando el brazo y considerando la pelea como terminada, cuando, el Diablo comenzó a levantarse de forma lenta, sin prisa ni dolor, como si se acabara de levantar de la cama. Don Mario dejó de sonreír al ver que, sin daño alguno, el diablo se quitaba el polvo de su ropa.

Hidalgo, sentado, con la mano en la barbilla, sonrió con satisfacción y asintió, admirando al Diablo.

El señor Mario no dudó y se lanzó de nuevo hacia su adversario, que ya estaba de pie. Con un movimiento rápido, lanzó una feroz patada, golpeando las costillas de su oponente y haciéndolo caer con fuerza, golpeando su cuerpo contra la arena de combate. Ya teniéndolo en el suelo, don Mario lo pateó, haciéndolo girar. Sin darle oportunidad de volver a levantarse, el señor se sentó sobre él y le dejó caer una lluvia de puños, provocando que ladeara su cara de un lado a otro, con tanta fuerza e enjundia, que logró romperle parte de la barbilla de la máscara.

— Wow — reconoció Mauricio asombrado mientras enseñaba los dientes —. Nunca lo había visto así, sin duda tiene mucho vigor — sus compañeros asintieron. 

Don Mario descargó toda su energía en cada golpe hasta que, agotado, dejó de lanzar puños y se apoyó en el suelo, jadeante.

— ¿Terminaste? — preguntó el Diablo, sin un ápice de dolor, interrumpiendo la respiración agitada del señor Mario, quien lo miró con sorpresa.

El padre de Ramón, rápido, intentó golpearlo de nuevo, pero el Diablo, sin dificultad, solo levantó su brazo para detener al hombre. Sin esfuerzo alguno y con una simple patada, se quitó a don Mario de encima, se puso de pie y se sacudió de nuevo el polvo.

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora