La catedral era un enorme edificio de piedra negra, cuyo interior estaba lleno de incrustaciones de oro, joyas y pisos pulidos que reflejaban la luz de los candelabros que colgaban del techo.
Todo el lugar olía a incienso y una sensación helada enchinaba la piel.
Destacando de todo, un bello y enorme rosetón dejaba entrar una luz apagada que se perdía ante la presencia de la calamidad.
Entre los claroscuros del lugar, los ojos rojos de Envidia destellaban con fuerza.
— Vaya, no esperaba verte aquí tan rápido, portador. Deduzco que no eres originario de estas tierras entonces — recibió Envidia con una sonrisa indiferente.
— Vengo del norte, mi ciudad de origen está donde el sol devora los huesos — respondió Raúl, firme, sacando el pecho.
— Comprendo, eso explica porque no estás con tus seres queridos, pero tarde o temprano llegaré a todos los rincones del mundo, y tú podrás disfrutar de un anhelado reencuentro.
Los ojos del tigre se clavaron con desagrado en el zorro.
— ¡¿Qué deseas con todo esto, Envidia?! ¡¿por qué torturas a la gente de esta forma?! — inquirió Raúl con desprecio, retumbando su voz por toda la catedral.
— ¡¿Cómo osas hablarle así al gran monseñor?! — anhelo se interpuso frente a Raúl, gruñendo y mostrando los dientes.
— La paz sea contigo, Anhelo — pidió Envio, tranquilizando a su general —. Yo no torturo a nadie, portador — retomó, calmado —, al contrario, yo les doy la oportunidad de apaciguar sus almas.
— ¿Engañándolos con la ilusión de un reencuentro falso? — refutó el tigre, molesto.
— Reencuentro, sí. Falso, no — Envidia se levantó con calma, dio unos pasos y vió hacia afuera, a través del rosetón —. Esto es real, portador. He usado mis poderes para... ¿cómo decirlo? Invitar, a los muertos de esta región a pasar un rato entre los vivos.
— ¿Cuánto durará?
— Tanto como a mí me sea posible o en su caso, hasta que tú crueldad decidas ponerle fin a este milagro.
Raúl guardó silencio y apretó los puños. Anhelo lo miraba con detenimiento, atento a cualquier acción del felino.
— Se dice... — retomó Envio, girando la vista y posando sus ojos en el portador — que las personas reciben más flores muertas que vivas, solo porque el remordimiento es más fuerte de la gratitud. Yo les he dado la oportunidad de apaciguar sus penas y disfrutar un instante invaluable, pero una vez que yo me retire, los difuntos regresarán a donde deben estar.
— Los muertos ya tuvieron su oportunidad de vivir — logró decir Raúl.
— Dile eso a la familia que perdió a su madre por cáncer, a los padres cuyo hijo murió por nacer con complicaciones, a los dueños cuyo cachorro fue atropellado en un accidente, o a los viajeros ausentes, que, a pesar de poner su vida en riesgo, no pudieron estar presentes para decir adiós a su familiar convaleciente — le silenció con voz firme y atronadora —. Yo les estoy dando la oportunidad de tener ese preciado reencuentro, de cerrar las heridas que tienen sus almas, de permitirles encontrar la paz en sus corazones y, por primera vez, darles la serenidad que tanto han buscado. ¿Serás tú quien les niegue todo eso? ¿Ves un milagro ante tus ojos y lo primero que quieres hacer es arrebatárselo a tu prójimo?
En la mente de Raúl apareció el recuerdo de Ramón, lleno de emoción por reunirse con su madre, así como de don Mario, conmovido, al reunirse de nuevo con la mujer a quien nunca dejó de amar.
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La balada de los pecadores: Fabula Drakone
Fantasy- Damas y caballeros, niños y niñas. Bienvenidos a nuestra humilde función. El día de hoy presentaremos una obra llena de emoción, acción, terror y amor. Ramón Martín, un carismático y efusivo gymbro, ha decidido hacerse amigo del tosco Raúl Navarr...
