Reacción: S. González.
Historia y personajes: Garrick.
Estoico se concentró en caminar, como pudo, avanzó hacia la entrada del centro comercial, apenas podía mantenerse en pie, y apoyarse en su pierna mala empeoraba el dolor, así que optó por recargarse, con una mano, en el muro del edificio, mientras que con la otra, se presionaba su adolorido abdomen. Un par de personas pasaron a su lado y, viendo el estado del agreste dragón de Komodo, se apartaron rápido, arrugando la nariz por el olor que despedía.
Su pie dio contra un desnivel cerca de la entrada y, sin poder evitarlo, cayó contra las puertas que se abrieron de forma automática, su cuerpo produjo un sonido seco al impactar con el suelo, pero no tuvo fuerzas para lamentarse. Se quedó tirado unos instantes, sin poder levantarse por sí mismo, así que se arrastró como pudo hacia un muro a su derecha, más gente pasó a su lado, ignorando su miseria, dejó de reptar y apoyó su espalda contra la pared dura y fría.
Miró hacia arriba, sintiendo el agudo pinchazo del sol en sus ojos, pero no los cerró, solo bajó la cabeza mientras percibía algunos olores en el ambiente, eran dulces, otros salados, o fritos, todos le hacían rugir el estómago, hacía días que no probaba bocado, el lagarto sintió sueño, y sus párpados se hicieron más pesados, a cada momento se debilitaba más.
Un niño pasó a su lado, iba de la mano de su padre, no podría tener más de seis años y, con una voz dulce, preguntó:
— ¿Me compras un helado, papi?
— Claro que sí, el que quieras.
Aquello terminó de romperlo, aunque intentó no recordar un pasado distante, Estoico dejó salir una lágrima mientras sus ojos se cerraban.
***
No me gustó mucho el centro comercial, estaba demasiado concurrido para mi gusto, caminábamos por la zona de comida, donde todas las personas hacían filas y agandallaban lugares. Aunque no puedo decir que en los pisos de arriba se estuviera mejor, había demasiados sitios a dónde mirar, demasiadas cosas que comprar y demasiada gente.
De repente, entre toda la vorágine de vanidad y consumismo, lo vi.
— Es él — reconocí, satisfecho.
— Ay no, que asco — replicó Karen.
Algo de razón tenía la secretaria, el pobre diablo se veía lamentable, la multitud pasaba de largo, evitándolo, muchos se tapaban la nariz, y vi que otros se burlaban dándole la espalda. El lagarto movía la boca, mascullando algunas palabras bajas e ininteligibles, noté que las escamas cerca de sus ojos brillaban un poco con una lágrima que se le había escapado.
— ¡Santo cielo! — exclamó Envio.
— Pobrecito, debe de estar hambriento — consideró Gluto.
— Todos le ignoran — evidenció Lusto —, creo que está llorando, hace tiempo que nadie le ha de mostrar afecto.
— Miren, tiene algo bajo su mano — detectó Soberbia.
— Es una bolsa de ostomía — reconoció el zorro —, hay que darnos prisa.
No perdí más el tiempo, me acerqué haciéndome camino entre la gente, y en un momento ya estaba de frente al miserable. Interesando, me hinqué para poder hablar con él.
— ¿Cómo terminaste así? — le pregunté, alzando una ceja.
El dragón de Komodo logró mover el rostro y abrió los ojos con lentitud, se notaba que perdían su brillo, me miró por unos segundos antes de volver a cerrarlos, agachando la cabeza con un suspiro profundo y doloroso. Viéndolo de cerca, pude notar que las escamas en su piel comenzaban a desprenderse, en algunas zonas ya no tenía, y solo había carne roja e hinchada, alguna infección lo había hecho su víctima.
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La balada de los pecadores: Fabula Drakone
Fantasía- Damas y caballeros, niños y niñas. Bienvenidos a nuestra humilde función. El día de hoy presentaremos una obra llena de emoción, acción, terror y amor. Ramón Martín, un carismático y efusivo gymbro, ha decidido hacerse amigo del tosco Raúl Navarr...
