82 - El mundo

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Acedio miró sonriente al par de tigres y al avispado enmascarado plantándole cara.

—    Hicieron un gran trabajo preparando todo esto — levantando una mano, señaló, tras de él, las luces y el despliegue de energía que se apreciaba desde lo lejos —, ¿pero será suficiente para hacer frente a mi legión?
—    Solo hay una manera de averiguarlo — Arlequín, lleno de confianza, dio un paso al frente.

Acedio, con malicia chasqueó los dedos y una ola de pesadillas aparecieron entre la noche para lanzarse contra el grupo. Sin perder tiempo, Raúl se colocó delante del grupo y levantando las manos, creó un potente destello que vaporizó a las criaturas, pero, sin esperarlo, aprovechando la pantalla de luz, Pereza apareció justo delante del portador y con un puño exacto le golpeó en el pecho, arrojándolo casi fuera de la terraza de no ser porque Ramón, con gran agilidad, corrió para detenerle y que no cayera por la orilla.

Arlequín tomó el arcano de la muerte y lo activó, lanzándose contra el conejo azul con una letal guadaña, que, tras hacerla girar un par de veces, usó para atacar al conejo. La calamidad, emocionada, tuvo que esquivar con agilidad e incluso tuvo que saltar cuando el enmascarado lanzó un amplio corte horizontal.

—    Nada mal — reconoció Acedio, satisfecho —. Pero eso no es suficiente para sorprenderme.

Pereza se inclinó con maestría, evadió un corte de la guadaña y girando, lanzó una potente patada al enmascarado, lanzándolo hacia atrás, pero tomando su lugar, saltando tras su amigo, emergió el tigre Ramón y lanzó un par de zarpazos a la calamidad. Confiado, Pereza evadió uno y, arrogante, atrapó el otro golpe sin ninguna dificultad.

—    Necesitas más que eso, fortachón — retó sujetándole la muñeca.
—    ¿Qué tal esto? — el tigre de bengala sonrió de oreja a oreja cuando un breve destello emergió de sus ropas y antes de que Acedio pudiera reaccionar, Ramón lanzó un puño y conectó un potente rayo que impactó directo contra el pecho del conejo, haciéndolo caer fuera del edificio hacia la calle.
—    ¿Cómo... cómo hiciste eso? — se sorprendió Arlequín.

Ramón, respirando con esfuerzo, sonrió y miró al tigre blanco llegar con ellos.

—    Mi novio nos prestó gemas — explicó lleno de amor.
—    ¿Murió? — preguntó Raúl mirando hacia abajo.
—    Lo dudo mucho — Arlequín se ajustó la guadaña y sacó el arcano de la sombrilla —. Iremos por él — declaró confundiendo al par. Activó el arcano y se abrazó a ellos.
—    ¿Qué se supone que hizo eso? — cuestionó Raúl sintiendo como lo abrazaban con fuerza.

Arlequín sonrió y jalando a los tigres consigo, saltó de la azotea. Los felinos, aterrados, se afianzaron con fuerza del enmascarado, pero su terror desapareció al ver que su caída era suave, así, descendieron cual plumas sobre la calle principal.

—    El efecto durará largo rato y también afecta a los saltos — aseguró Arlequín zafándose de las garras de los felinos —. Ahora, ¿dónde se metió ese conejo?
—    Está sentado... — señaló Ramón.

Pereza, con las manos en el respaldo de una banca de madera y la pierna cruzada, miraba con admiración la pelea de Pierrot y Rentería contra un despierto Nefelibata.
El conejo asintió con la cabeza al ver que, para desplazarse con mayor agilidad, Pierrot había cubierto toda el área con esferas pequeñas, del tamaño de una canica, usándolas para patinar y guiar a la inmensa criatura contra un edificio.

—    ¡Está detrás de nosotros! — advirtió Rentería, deslizándose.
—    Perfecto, ¡toma mis manos! — pidió el enmascarando.

Rentería lo miró confuso, pero no titubeó. Apenas hubo sujetado a su amigo, el par comenzó a girar con fuerza mientras se dirigía al edificio. El nefelibata lanzaba dentelladas y rugidos diabólicos mientras se acercaba más y más a ellos.
—    ¡Nos va a comer! — se tensó Rentería, con el pelaje encrespado.
—    ¡Claro que no! — declaró Francesco.

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora