38 - Soberbia

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Redacción: Ernesto Esquivel D.

Historia y personajes: Garrick.



— ¡Puerta!

El sonido estridente de una alarma resonó en el instante en que la entrada de la sala de interrogatorios se abrió. Un pequeño simio, vestido con un traje desaliñado, fue conducido al interior por un oficial que empujaba la puerta con fuerza. 

El cuerpo del primate se sacudía por el miedo, mientras dirigía una mirada nerviosa hacia el preso, quien estaba frente a él, de espaldas, sentado en una silla delante de una mesa de metal, a la cual estaba esposado de los pies.

Con nerviosismo, el menudo chimpancé se aproximó al otro asiento y se sentó frente al prisionero: un gorila enorme, de porte imponente y gesto amenazante, con las muñecas esposadas. El preso miró fijo al simio, con una ceja arqueada, analizándolo de arriba abajo.

 ¿Y tú quién eres, niño? — preguntó el gorila, sorprendido y molesto.

 Yo... Llevaré su caso, se-señor Hidalgo... Soy su abo-abogado de oficio — respondió el pequeño chimpancé, tartamudeando.

El enorme reo asimiló la situación y comenzó a reír.

— Jamás saldré de aquí, ¿verdad? — más que preguntar, afirmó el preso.

— No, no diga eso — refutó el licenciado, atreviéndose a mirar fijo al gorila, intentando ocultar su inquietud —. Seré nuevo, pero quizá haya alguna manera de enfrentar todo esto, sin importar lo que haya hecho — mencionó, pero al notar que el gorila lo atravesaba con los ojos, desvió su mirada al suelo. El gorila volvió a reír.

— ¿Si sabes quién soy? ¿Al menos te dieron mi expediente, niño? — preguntó el prisionero, con desdén, fijando sus ojos en los del abogado, que iban y venían, tratando de evitarlo.

— Yo sólo sé que usted es...

— Un peleador condenado a cadena perpetua por matar a sangre fría — reveló el corpulento gorila, amenazante, interrumpiendo al pequeño chimpancé, sobresaltándolo por la declaración que acababa de escuchar —. Sí entiendes, ¿verdad? ¡Maté con los puros puños a veintitantos maleantes que sólo querían el dinero de mis victorias! — cada que continuaba, el abogado se horrorizaba aún más, manteniendo su mirada en el suelo, asustado —. Ellos llevaban navajas, cuchillos, pistolas, y la mera neta no me importó — confesó, con una sonrisa escalofriante —. ¡Pude contra todos! Y eso me trajo a este mugre lugar.

— Yo... Creí que sólo había participado en pe-peleas clandestinas — mencionó el diminuto chimpancé, aún con la cabeza agachada.

— Bueno, ahora compruebas que no me conocías — declaró el preso, inclinándose en la mesa, clavándole la mirada a su abogado —. Ahora, dime... — pausó, esperando con un gesto que el simio le dijera su nombre.

— Benito... 

— ¡Benito! Dime... ¿Cómo piensas sacarme de aquí? Porque lo que te conté no fue lo único — aclaró el prisionero haciendo que el abogado tragara saliva —. Quizá fue lo que hizo que estuviera aquí, ¡pero no porque me atraparan! ¡Yo mismo me aburrí y me subí a la patrulla cuando llegaron los inútiles policías! — el orgulloso gorila se reclinó hacia atrás, subiendo sus pies a la mesa y poniendo las manos en la nuca, listo para narrar —. Hace una semana, en otra prisión, unos cuates de quienes maté se querían vengar de mí, ¿y qué crees que pasó? — el abogado ni siquiera se atrevía a mirar al preso — Sometí a más de cincuenta reos, maté a más de diez, y otros diez murieron en el hospital — contó con admiración propia —. Por eso me cambiaron a este penal de máxima seguridad — culminó —. ¿Cree poder, señor abogado, ayudar a este excelente asesino?

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora