18 - El perro Rentería

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Redacción: Ernesto Esquivel D.

Historia y personajes: Garrick.


En las inmediaciones del museo, diversas patrullas policiales rodeaban el perímetro acordonado. Una multitud de agentes se encontraba en el exterior, confusos por lo que había pasado en el lugar.

Entre la multitud, un agreste pastor alemán, de complexión robusta, avanzaba decidido hacia la escena, ataviado con una imponente gabardina negra que acentuaba su presencia. 

Adelante, en un rincón de la entrada del museo, se encontraba un rinoceronte que ejercía el cargo de comandante de policía, que, mostrando un semblante tenso y ansioso, relajándose al ver la llegada del canino, quien llegó hasta él con una expresión firme y un porte imponente. 

— ¡Hey! Agente Rentería, ha pasado tanto tiempo — saludó con estima el rinoceronte al pastor alemán, formando una sonrisa en su rostro —. Veo que también sufrió los efectos de la pandemia.

Maximiliano Rentería, el sabueso, asintió, devolviéndole el gesto.

— Comandante Gutiérrez, pues verá — mencionó, señalándose —. La vida y sus caprichos.

— Sin duda — respondió el rinoceronte con gracia —. Según supe, usted ya no trabaja con nosotros, los judiciales — mencionó el comandante.

— En efecto. Tuve algunos... inconvenientes hace años — se limitó a decir — y fui relevado sin posibilidad de regresar — explicó Rentería, para luego cruzarse de brazos —. Justo por eso me sorprende que me haya llamado, señor.

— Y agradezco que haya aceptado, sobre todo porque viene desde tan lejos — reconoció el rinoceronte, esbozando una sonrisa —. Vamos adentro para que le explique más a detalle.

Ambos se adentraron al museo, y se encontraron con un panorama caótico: cristales destrozados y puertas forzadas. En medio del desorden, un grupo de forenses tomaba fotografías y recogía muestras de forma meticulosa, con el fin de examinar la escena en busca de posibles huellas dactilares o alguna otra prueba que les diera respuestas sobre la situación.

— Le seré sincero, Rentería, este es un favor personal — confesó Gutiérrez, mientras el sabueso miraba todo, azorado, pero inexpresivo —. Sucede que robaron una gema del museo, una réplica de un diamante, algo más barato que el zircón, según sé, pero por alguna razón que no comprendo, mis superiores insisten en que la recupere, de manera discreta y sin llamar la atención, cuanto antes mejor.

— ¿Por qué la prisa? — cuestionó Rentería, dudoso. 

— La exhibición será usada para el cierre de campaña del gobernador — respondió el rinoceronte.

— ¿Tanto drama para una piedra falsa? — mencionó el sabueso, arqueando una ceja mientras el oficial se encogía de hombros.

— Ya sabe cómo son de excéntricos los políticos, Rentería.

— Tan excéntricos que necesitan de alguien que se ensucie las manos en lugar de ustedes — dedujo el canino.

— Siempre fue suspicaz, agente — reconoció Gutiérrez —. Al ser asignado con esta tarea, no pude pensar en nadie mejor que — pausó, mirando fijo al agente —, perdone la vieja expresión, el perro Rentería — el par formó una sonrisa irónica en sus rostros —. De hecho, espero que no haya perdido ese olfato suyo para estos casos.

— ¿Bromea? Soy un agreste canino. Ese instinto se agudizó desde que lo soy. 

— ¡Perfecto! — asintió el rinoceronte, sintiéndose reconfortado al pensar que había reclutado al mejor agente para el caso.

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora