80 - Nefelibatas

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Redacción: S. González.

Historia y personajes: Garrick.


Raúl apretó los párpados, de inmediato, el dolor y la incomodidad dispersaron cualquier rastro de sueño que pudiera aprovechar, abrió los ojos, vio el techo blanco, sentía una manta delgada que lo cubría y algo pesado cerca de su regazo. Con mucha dificultad y gemidos de sufrimiento logró incorporarse apoyando sus brazos en la cama. Había una silla en donde se hallaban sábanas dobladas y sobre ellas, cajas de medicinas y botes de ungüentos, aquel lugar le parecía una clínica improvisada. Posó la vista en sus muslos, encontrándose con un tigre de pelaje anaranjado y franjas negras, dormido.

—    ¿Ramón? — reconoció Raúl, sintiendo una sensación fría en la espalda.

Reaccionando, el tigre de bengala se estiró arqueando la espalda y, cuando vio despierto a su novio, se lanzó a abrazarlo con una sonrisa amplia.

—    ¡Bro! — pronunció mientras le estrujaba y se humedecían sus ojos — que bueno que estás bien.
—    Pero... — expresó Navarro confundido y preocupado —, eres un tigre, ¿por qué?
—    Lo hizo para darte su sangre — explicó Estio, entrando al lugar —. Avideco rompió la maldición que tenía y así pudimos hacer la transfusión.
Raúl alzó las orejas y lanzó una mirada rápida alrededor.
—    ¿Y Estoico? ¿Dónde está?
—    Vive — tranquilizó el alquimio —, pero no ha despertado desde que lo sellaste, su gente lo cuida con devoción, así que no tenemos de qué preocuparnos.

Navarro bajó la cabeza con pesar.

—    No intentaba sellarlo — el tigre apretó los puños con frustración y tristeza —, estaba mareado y cuando me dí cuenta, ya había saco el grimorio y este reaccionó a la calamidad.
Raúl, abrumado, se talló la cara con coraje. Ramón intentó consolarlo acariciándole la espalda.
—    Fue lo mejor — añadió Estio —. Este mundo habría sido demasiado tentador para él.
Raúl tomó aire y suspiró con pesadez, después miró a Ramón, que lo observaba con una fulgente sonrisa.
—    Lo lamento — Navarro le tomó las manos a su novio, bajando la mirada —, por mi culpa tú...
El tigre anaranjado lo interrumpió con un nuevo abrazo, estrechándolo con fuerza.
—    Estoy feliz de que seamos iguales, bro — aseguró moviendo la cola de un lado a otro.

Enternecido, el tigre blanco regresó el gesto y, sin poder evitarlo, Ramón le lamió la cara como buen felino, a lo que Raúl soltó una carcajada cansada.

—    Veo que ya despertaste, yerno — saludó Don Mario, feliz de verlo recuperado.
—    Ya era hora, comenzabas a preocuparnos — secundó Mauricio llegando tras él.
—    Perdónenme — pidió Navarro —, no quería preocuparlos, pero... — el tigre blanco tomó aire — Evangeline resultó ser más fuerte de lo que esperaba. De no ser por Avideco y Júpiter... ¡Cierto! ¿qué pasó con él? ¿Cómo está el grandulón?
—    Está muy bien, bro — aseguró Ramón.
—    De hecho, ahora mismo está ayudando a la gente a levantar refugios temporales y, cuando descansa, se sienta en el pasto y se pone a contemplar el cielo, bastante curioso si me lo preguntas — consideró el oso.
—    Si te hubiera ayudado no habrías terminado así — se lamentó el tigre naranja, pasando una mano sobre el cabello de su novio.
—    Estaríamos muertos todos — reconoció Don Mario —, no éramos rivales.

Padre, hijo y ursino apretaron los puños, frustrados. Raúl guardó silencio y, al bajar la mirada, notó que Estio rebuscaba en su maletín.

—    He pensado mucho en esto — dijo cuando notó la mirada del tigre —, creo que tengo una solución temporal, vamos a tardar un día en llevarla a cabo, pero, será suficiente para que el portador descanse y podamos partir cuando antes.
—    ¿Tan rápido, alquimio? — se preocupó Ramón —. Mi novio necesita descansar más antes de poder moverse.
—    Estas son tierras de Avideco, si algo pasa seremos blanco fácil y pondremos en peligro a los sobrevivientes — consideró don Mario — ¿qué tiene en mente? — retomó, dirigiéndose al infante.

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora