63 - El mundo es para todos

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Redacción: Ernesto Esquivel D.
Historia y personajes: Garrick.


— ¡¿Pero cómo es posible todo esto?! — gritaba Ira, más que furioso ante las demás calamidades.

— ¡Ya deja de quejarte, por un demonio! — exclamó Soberbia, harto —. Lusto y Gluto se fueron con la cara en alto, haciendo lo que ellos querían. ¿Y qué crees? ¡Yo haré lo mismo!

— El enemigo es más fuerte de lo que hemos considerado, Hidalgo. No olvides eso — mencionó Avideco, sosegado.

— ¡Y no dudo que así sea! Por eso, si voy a morir, lo haré peleando, ¡como a mí me gusta! — declaró el gorila con una sonrisa pretensiosa.

Pereza comenzó a reírse, mientras tenía la mirada en su celular, un poco alejado de todos.

— ¿Y tú de qué te ríes, orejas largas? — preguntó Soberbia, interesando en la alegría del conejo.

— Me parece divertido que nuestros recipientes tengan tanta influencia en nosotros — Pereza guardó su celular y miró a los otros con tranquilidad —, me alegra que así sea.

— ¡Ya basta! ¡Concéntrense! — gritó Ira, molesto, llamando la atención de todos — ¡Activaré todas las armas nucleares y desataré el fin del mundo!

— Si te atreves a hacerlo el gremio de las muertes y los nonatos serían los primeros en detenerte. No subestimes su poder ni su determinación — aclaró Envio —. Además, he estado usando todo mi poder para pasar inadvertidos, ventajas de tener la fe como un arma — sonrió —, pero, en el dudo caso que lograras hacer una estupidez así, no quedaría nada que disfrutar.

— El mundo es para todos — secundó Avideco —. Si lo destruimos, ¿qué sentido tendría?

— ¡Maldición! ¡Es imposible razonar con ustedes! — vociferó Ira — ¡Lo mejor será que cada quien parta y cuide de sus generadores o el enemigo los destruirá!

Todos los pecados se miraron entre sí, sopesando la situación.

Mientras tanto, en las carpas, Il Dotore, con expresiones extrañas y hablando solo, salió de la enfermería y se encaminó hacia donde estaban don Mario, preocupado, acompañado de Evangeline, serena. El padre se levantó raudo y ansioso al ver al doctor acercarse, mientras la mujer, a paso lento, caminó tras de él.

— ¿Cómo están los muchachos? — preguntó don Mario, inquieto.

— Sus vidas no peligran y su condición es estable. Necesitan descanso. No se preocupe — declaró el médico, tranquilizando al señor —. De hecho, si hubieran tardado más en traerlos, lo más probable es que hubieran muerto — y se comenzó a reír, incomodando al hombre y a la mujer.

— Doctor, dígame algo — retomó don Mario, haciendo que el doctor parara su carcajada —, ¿por qué mi Ramón Martín es humano y Raúl es un tigre?

— Es una maldición — afirmó Il Dotore — y es permanente, así que no se preocupe por eso, don.

— ¿Es decir que... no hay manera de romperla? — cuestionó el señor, desconcertado.

— Ni idea, solo soy doctor, no médico brujo — se ofendió el galeno —. En todo caso, he hecho todo lo que estaba a mi alcance, déjenlos descansar — pidió —. Si necesitan algo, ya saben dónde estoy.

Il Dotore se alejó, mientras don Mario y Evangeline entraron a la enfermería y se acercaron a los héroes que, recostados en las camillas, dormían profundos. Júpiter, Raúl y Ramón tenían vendas en todo su cuerpo, gasas en la cara, vendas en la cabeza y en los brazos, además de que Navarro tenía una singular venda grande en medio de sus dos pectorales. 

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora