64 - Un magnífico torneo

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Redacción: Ernesto Esquivel D.

Historia y personajes: Garrick.



—    ¡Señoras y señores! ¡Niños y niñas! — habló por el micrófono un hombre trajeado, frente a una multitud expectante, sentada alrededor, en varias filas de bancos rústicos de madera — ¡Bienvenidos a nuestro grandioso y espectacular torneo! — todas las personas comenzaron a gritar con júbilo ante las palabras del presentador — ¡Antes de cualquier cosa, gente, reconocemos con mucho gusto la presencia de nuestro gobernador! ¡El inigualable, Fiero Hidalgo! — exclamó con emoción, provocando un estallido de vitoreos por parte del público.
Desde su asiento, elaborado con madera y metal, se levantó Soberbia, con el pecho en alto, recibiendo los aplausos y reconocimientos de los pobladores.

—    ¡Él será quien juzgue los encuentros de esta noche y conceda cualquier petición, dentro de su alcance, a los ganadores! — anunció el hombre al micrófono, ante los gritos de la gente — ¡Viva Hidalgo! — proclamó.

—    ¡Viva! — respondió el público, enardecido, mientras sus gritos retumbaban por todo el lugar.

—    El día de hoy celebramos que nuestro estado está por cumplir casi quinientos años y lo celebraremos... ¡con un magnífico torneo! — exclamó mientras señalaba al frente.

Al instante, reflectores iluminaron una amplia arena donde, en medio se apreciaba una plataforma cuadrada, con una elevación de un pie y diez metros de lado. A los extremos se encontraban bancas para los participantes y unos metros más atrás, se encontraban las gradas, donde el público vitoreaba emocionado.

—    ¡Hoy tenemos ocho magníficos contendientes! Y las reglas son simples — volvió a hablar el presentador —. Dos guerreros pelearán y perderá quien salga de la zona de batalla, quien quede fuera de combate o quien se rinda. No olvidemos que pueden ocurrir accidentes — la multitud, junto con Fiero, rieron —. ¡No se permiten armas blancas o de fuego! Fuera de eso, todo es válido — aclaró —. El orden de los encuentros será: Diamantina contra Ryan, el rinoceronte; el oso Mauricio contra El Diablo; el experto Mario contra Dorca, la gazela; y el sabueso Rentería contra Benito, el abogado — anunció —. ¡Ellos se enfrentarán en batallas sucesivas hasta que sólo quede uno en pie! ¡Y después, lincharemos a todas las escorias que están en prisión! — la multitud gritó, celebrando.

Mientras los festejos seguían, en la celda, Arlequín, que estaba junto a sus hermanos, se acercó al guardia más cercano que los custodiaba.

—    Disculpa — llamó su atención —. Bonito lugar y todo, pero, mis hermanos y yo nos sentimos un tanto incómodos, ¿no tendrán unas celdas un poco más acogedoras?

—    ¡Silencio! — gritó el guardia, furioso, para después regresar a su posición.

—    ¿Quizá podamos llegar a un acuerdo? — intentó proponer Fierabrás.

—    De nada sirve hablar con escoria como ustedes — replicó el vigilante, alejándose.

—    Tenemos dinero.

El comentario hizo reconsiderar al guardia.

—    Ahora, pedimos unas palabras de nuestro gobernador a los peleadores — exclamó el presentador al micrófono, haciéndose a un lado y girando para ver a Hidalgo.

Soberbia, con fuerza, tomó los brazos del asiento y con un impulso se levantó, caminando unos cuantos pasos hacia el micrófono frente a él, provocando el silencio del público. El rostro y porte del gorila era imponente, impresionando a todos.

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora