71 - Móntalo

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Dispuestos a celebrar su compromiso de forma más privada, Raúl invitó a Ramón a su casa. Apenas lograron cerrar la puerta, la ropa de los dos cayó por las escaleras y, por primera vez en mucho tiempo, se pudieron contemplar desnudos.

El tigre Raúl mostraba un cuerpo musculado, más grande y alto, de bello pelaje blanco, negras franjas cruzando sus brazos, espalda y muslos, así como una cola felpuda. Bajo su ombligo, un pene palpitante lubricaba con ansiedad. El felino inhaló y percibió por completo el aroma de su novio, de su macho, que, tan excitado como él, respiraba forzado, listo para el duelo.

Fue Raúl quien tomó la iniciativa, tomando la cara de su novio y besándolo con pasión, introduciéndole la lengua con fuerza hasta la garganta. Ramón puso los ojos en blanco mientras sus manos masturbaban ambos miembros. El beso era duro, casi agresivo, pero el par lo disfrutó con todo. Al separarse, con un hilo de saliva conectando entre sus labios, el par jadeó por aire.

Ramón no se quedó atrás y, arrodillándose frente al agreste, contempló el miembro de su novio, admirando sus testículos bajo una piel de color claro mientras que, bajo una densa selva de vello púbico, un glande palpitante derramaba un hilo largo de preseminal. El hombre abrió la boca impresionado, sin notar que su prometido le tomaba de la nuca y con insistencia, le obligó a tragarse su pene en una sola embestida. Ramón aguantó y resistió los envites toscos del tigre, inhalando el olor a macho de sus pendejos, mientras su garganta era atravesada una y otra vez.
Raúl disfrutó de la cavidad de su novio, de la lengua que le rozaba el glande y de la sensación de sentirse succionado, continuó hasta que, rugiendo, lo sujetó con fuerza y le enterró toda su verga para vaciarse en la boca de Ramón, ahogándolo con tres potentes y espesos chorros de esperma. Ramón digirió y saboreó el semen de su prometido, pero la falta de aire le exigió liberarse del agarre y, una vez libre, tosió un poco de la leche del tigre.

—    Wow, eso fue... — jadeó Ramón cuando fue arrojado a la cama y sin tiempo de reaccionar, Raúl le abrió las nalgas y comenzó a devorarle el ano —. ¡Oh, bro! — gimió con placer al sentir la lengua del tigre invadir sus entrañas — ¿estás bien? — preguntaba cachondo entre pujidos — pareciera que estás en... ¿estrus? — Ramón abrió los ojos por completo y levantó la cara, el tigre había perdido la razón, sus ojos estaban dilatados y jadeaba con deseo.

Raúl le empujó contra la cama y, colocando su pene en la entrada de su novio, le penetró con una potente embestida que hizo rugir de placer al par.   

Aunque ya había eyaculado, Raúl comenzó a cabalgar a Ramón con fiereza, lamiéndole la espalda, el cuello y la cara, incluso le dio mordidas nerviosas, mientras enterraba y sacaba su miembro caliente de él.

—    Bro... ¿me escuchas? — pero Raúl apenas logró resoplar y pujar como respuesta — Rayos, necesito ayuda...

Pese a que disfrutaba del placer de ser penetrado, Ramón logró estirar la mano, tomar su celular y mandar un mensaje antes de que, poniéndose sobre él y sujetándole los brazos, Raúl comenzara a dejar caer toda la fuerza de su cuerpo contra su novio, haciendo que sus carnes aplaudieran contra las nalgas de su prometido, como una bestia que busca marcar su territorio adentrándose hasta lo más profundo de él.

—    Aguanta, bro — gemía Ramón, excitado —. Estás en celo... ¡Oh, sí! Ya viene la ayuda.
El tigre tomó el cuerpo de su novio y lo puso de lado, levantándole de una pierna, haciendo más profunda la penetración. Ramón sintiendo a su macho más y más a dentro de él, sintió como un fuego en su interior comenzaba a prenderse hasta que no pudo más y tuvo un orgasmo, eyaculando sobre su cuerpo, sin tocarse, superado por el enorme placer que su novio le daba. 

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora