27 - Cinco libras

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Historia, personajes y redacción: Garrick. 



Raúl y Ramón, exhaustos, salieron del gimnasio tras una cansada y satisfactoria rutina de espalda. 

— Bro, voy a dormir como piedra — celebró agotado el tigre, pasando con cariño su brazo por el cuello de su novio. 

— Estuvo intenso — coincidió haciendo cosquillas a Ramón para quitárselo de su espalda cansada. 

El par caminaba a casa, contentos, cuando vieron en la esquina a Pancho, el toro, de pie, bajo una farola, serio y pensativo. 

— ¡Pancho, qué gusto verte! ¿Cómo has estado? — saludó Ramón alegre. 

— ¿Eh? Ah, hola — apenas verlos, regresó su mirada al suelo.

— ¿Pasa algo? — Raúl se acercó lento, notando el corazón abrumado de Pancho. 

— Yo... — el toro resopló, sus orejas estaban caídas y su cola se movía triste — terminé con mi novia — Ramón levantó las cejas mientras Raúl gruñó de forma suave. 

El par logró convencer al bovino de ir a casa de Raúl, donde, comprando pan y sirviendo té, dejaron que Pancho descargara su corazón. 

— Ella y yo estuvimos comprometidos desde antes de que yo fuera agreste. De hecho, antes de la pandemia, pensábamos casarnos y tener hijos — explicó acariciando la taza humeante —. Cuando todo cerró por el covid, decidimos posponer el compromiso y poco después, enfermamos — recordó —. Seré sincero, al principio no le dimos mucha importancia y nos descuidamos mucho, pero un día, amanecimos muy cansados y con dificultades para respirar. Ella fue más fuerte y aguantó como toda una guerrera, pero yo, caí en cama, con los hospitales llenos, decidimos que lo mejor sería quedarme en casa y esperar lo mejor. Una noche, todo el cuerpo comenzó a quemarme, no podía respirar bien, incluso pensé que moriría. Ella se quedó a mi lado y me suplicó que no me fuera — Pancho esbozó una sonrisa triste —, me recordó que nos casaríamos y que tendríamos muchos hijos, que envejeceríamos juntos y que veríamos a nuestros nietos.  

Una lágrima cayó por la mejilla del toro hasta su brazo, Raúl se levantó y le acercó una servilleta, gesto que Pancho agradeció. 

— Viví, pero cambié. Me transformé en esto — con un ademán, el toro se señaló de la cabeza a los pies —. Lloré al pensar que ella me dejaría, pero para mi asombro, ella permaneció a mi lado, diciendo que mi corazón no había cambiado — Pancho tomó aire, cerró los ojos y exhaló lento —. Su familia, que antes me había querido, puso muchas trabas cuando me vió como agreste. Le pidieron que me dejara, pero, pese a todo, se mantuvo a mi lado. Al final, creo que ellos siempre tuvieron razón. 

El toro levantó al fin su taza y dio un trago largo. 

— Pero... si te amaba tanto, ¿por qué te dejó? — Ramón estaba confuso.

— Hijos... no podíamos tener hijos — reveló Pancho dejando mudos a Raúl y su novio —. Una vez, de novios, se rompió el condón y nos alarmamos — soltó con una ligera risa —. Esa vez su periodo se retrasó y pensamos que había quedado embarazada. Resultó ser una falsa alarma, pero, el evento nos unió más. En los últimos meses, consideramos la posibilidad y lo intentamos, varias veces, pero nada pasaba. Fuimos al doctor, nos hicimos pruebas, todo estaba bien con nosotros. Confundidos, fuimos con un experto agreste y fue ahí cuando lo descubrimos. 

— ¿Qué descubrieron? — Ramón estaba atento. 

— Agrestes y humanos no pueden tener hijos — dedujo Raúl sorprendiendo a Ramón. Pancho se limitó a asentir. 

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneDonde viven las historias. Descúbrelo ahora