28 - Ningún testigo

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Historia, personajes y redacción: Garrick.



— ¡Doc, que gusto verlo por aquí!

Con cariño, Don Mario tomó al fortachón de Raúl y lo estrujó con fuerza, haciéndolo sonreír. El par entró a la casa y cerró la puerta tras de sí. 

— Un gusto saludarle, señor. Andaba de paso y vine a ver a... — pensó sus palabras — Ramón.   

— Tú novio, dilo — Don Mario le picó las costillas. 

— Vine a ver a mi novio, señor — se sonrojó Raúl sin ocultar la felicidad de tal declaración. 

— Pues no está, salió a buscar chamba y avisó que regresaría tarde. Aún no ha tenido suerte — explicó el padre, cruzando los brazos un tanto preocupado. 

— Comprendo, de hecho, justo quería hablar con él de eso — explicó —. He estado pensándolo mucho y como estos últimos días he tenido más trabajo y, poco a poco, mis clientes comienzan a superarme a tal punto que he tenido que posponer a algunos para atenderlos, por lo que, quisiera preguntarle a Ramón si quiere echarme una mano, yo lo capacitaría y enseñaría todo lo necesario, enseñándole el oficio y así entre los dos podríamos...

Raúl guardó silencio al notar que don Mario le miraba con ternura y satisfacción. 

— Disculpa, es solo que me da gusto ver que te preocupas por él. Si algo llegara a pasarme, estaré tranquilo sabiendo que se queda en buenas manos. 

— No diga eso, don, si usted sigue cuidando su alimentación y hace ejercicio, vivirá muchos años más — alentó el fortachón —, y si algo falla, tenemos cierta... piedrita — insinuó con complicidad.

Don Mario cambio su semblante por uno más reflexivo. 

— ¿Tienes la gema contigo?

Por respuesta, Raúl sacó la piedra de entre sus ropas y se la dio a don Mario quien la miró con severidad. La gema era opaca, sin color definido y cabía en la mano del padre.  

— ¿Debería devolverla? — preguntó el fortachón. 

— No, no creo que sea buena idea. Según algunos rumores que escuché, están buscando la gema, quizá, lo mejor será esperar un poco a que todo se tranquilice, así nos evitaremos problemas. Incluso puede que ofrezcan alguna recompensa y ahí podríamos aprovechar para devolverla. 

— Comprendo. Puede que sea lo mejor, porque, desde que la tengo, me he empezado a sentir raro. 

— ¿Raro? — don Mario miró atento a Raúl — ¿Te has sentido enfermo o...? 

— Oh, no. Nada de eso, solo que... — el musculoso intentó explicarse — cuando tengo la gema conmigo, me siento más despierto, más atento, más capaz. Todo se me hace más claro, simple, fácil de aprender — don Mario se llevó una mano al mentón, reflexionando aquellas palabras —. Sé que suena extraño, pero es como me he sentido. 

— Comprendo — el padre se llevó una mano a la nuca y se rascó un poco —. ¿Has dicho algo de la gema a mi hijo?

— No. Nada. Creo es lo mejor. 

— Coincido.

El par escuchó la puerta abrir y cerrarse tras ellos, después un sonido alegre y sorpresivo estalló antes de que, saltando como buen felino, Ramón Martín tacleó a Raúl y rodó con él en el suelo, lamiéndole la cara y ronroneándole entre risas. 

— Bro, te quiero mucho — repetía mientras le estrujaba. 

— Oye, no seas tosco, muchacho — regañó su padre —. Ya suéltalo o iré por la escoba.  

La balada de los pecadores: Fabula DrakoneHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora