Pensé que serían iguales las sesiones pero realmente no le hicieron mucho más de lo que le había hecho ya la vida. O más bien la muerte.
Pensé que tendría que volver a arrancarle el pelo que ya le nacía, pensé que otra vez tendría el olor a vomito en la nariz. Pero realmente no.
Las sesiones eran tranquilas, espaciadas, silenciosas y la sumían en una especie de letargo. Me dejó acompañarla incluso después del mar de lágrimas en el que la ahogué en la consulta. Al igual que me dejó seguir tomando las pastillas para dormir.
Me las ofrecía como caramelitos a un perro cuando nos metíamos en la cama y luego ella dejaba la suya en la mesa de su lado. Yo caía a plomo y ella se la reservaba para cuando terminase la lectura que tuviera ese mes.
No se encontraba con la alegría del que despierta de un mal sueño pero sé que no sentirse mal de nuevo a raíz de los tratamientos la traían de buen humor.
Esa noche la pasaría con Guille y aunque yo estaba invitada a dormir, invitada a vivir en esa casa que realmente era de ellos dos, hasta que la palabra vivir no la incluyese a ella del todo, no estaba dispuesta a introducirme yo en esas vocales.
Así que sin mucho pensarlo y sabiendo que habían vuelto a pasar meses, llamé a Raquel para recoger mis cosas.
Terminaba la carrera en menos de un año y de entre todas esas "cosas" que ella tenía de mí. Lo que yo más consideraba valioso eran los libros que me habían estado acompañando.
Se sorprendió pero accedió sin reticencias ni muchas preguntas.
Al llegar al bar de al lado de casa de sus padres me la encontré sentada fuera mientras se fumaba un cigarro y ojeaba el móvil
-¿Todo bien?- dijo después de posar dos besos en mis mejillas
Asentí contenta y me invitó a sentarme. Luego se levantó y trajo dos cervezas con prisa a la mesa
-Tengo tus cosas en el coche. He subido antes a cogerlas- contestó a la pregunta que hacian mis ojos cuando vi que no traía nada con ella
Solté una pequeña risa y ella me siguió
-¿Cómo estás?- quise de verdad saber
-Bien. Estoy bien- se llevó el pelo a un lado y no pude evitar recordar a Cristina haciendo eso. Haciendo eso cuando tenía pelo- tengo mucho trabajo pero estoy muy contenta. No me puedo quejar-
-Y más que vas a tener- reí- cada vez hay más locos y cada vez hay más locos que saben que están locos-
Logré que soltase una carcajada y luego negó con la cabeza
-No los llames así. Todos necesitamos ir a un psicólogo-
Asentí porque sabía que llevaba razón
-¿Y tú?- soltó y en sus ojos vi que quería saber
-Bien. Terminando la carrera y por fin puedo decir que terminando bien-
-Es la primera vez que hablas de tus estudios sin mentiras, supongo-
Asentí porque para qué. Para qué esconderle lo que yo era. Si realmente yo me merecía humillarme ante ella en todos los aspectos
-¿Cómo va aquello?- torcí mis ojos y entendió- Ya sabes, aquella mujer, ¿se recuperó?-
Sé que mi cara perdió la luz y antes de darle la razón al pensamiento que se pasaba por su cabeza, le di un largo sorbo a la cerveza y saqué un cigarro. Me agarró el que le ofrecí y luego hablé
-No va mejor- dije sin más- Le dieron quimio pero no ha funcionado. Ahora está probando con inmunoterapia-
Dobló su boca y luego suspiró resignada
-¿Y qué tal?-
-Bueno, supongo que lo lleva de la forma más digna posible-
-No. Que qué tal tú-
Me sorprendí y sé que se dio cuenta. Nadie me había preguntado a mí cómo estaba llevando yo la enfermedad de otra persona.
Me encogí de hombros y supo que no tenía nada más que decir. Era psicóloga, no le iba a costar mucho leerme
-¿Sabes? No he tenido mucho tiempo para pensar sobre mí. Realmente, creo que jamás lo he hecho. Y es por eso que hago cosas que sé que no están bien. Porque no pienso en mí. En lo que quiero ser o en lo que quiero transmitir. Ni si quiera sé si tengo valores-
Ella asentía, asentía como la médico de la consulta cuando Cristina le explicaba que no quería volver a la quimio, asentía como su hermana cuando Cristina le contaba cómo se sentía. Asentía como los de la ambulancia cuando me encontraron en el coche y yo les contaba qué me dolía. Sabía que había hecho el "click" justo para hacerme hablar. Y qué más da que yo también supiera, realmente quería hacerlo
-Es por eso que he estado pensando mucho y quería disculparme contigo. Siento mucho como hice las cosas, siento mucho hacerte daño. Estaba confundida y fui egoísta-
Sonrió. Como sonríe una madre cuando por primera vez te ve recoger los platos sin que te lo pida. Pensé que tal vez ella solo estaba esperando eso, que yo me disculpase
-Te perdono. Te pude perdonar cuando quise entender. Te perdoné cuando me puse en tu lugar, y sé que no fue nada personal conmigo. Siento mucho lo que estás pasando y no me alegro de ello-
Sonreí como si recibiese el indulto del rey. Porque sí. Así lo sentí.
-¿Cómo lo estás llevando?- insistió
-No muy bien- suspiré- no le veo el final-
-Son procesos lentos, dolorosos, seguro que consigue recuperarse-
No me quedó otra que agradecer esperando que fuera verdad.
Después de eso charlamos acerca de sus amigos, de los míos, del tiempo, del trabajo. Pasaron las horas y cuando ya comenzaba a darme vueltas la plaza ella entró al bar con la excusa de ir al baño para pagar la cuenta. Después la acompañé hasta su coche y abrió el maletero, me dio dos bolsas grandes de tela. En una todos los libros, en otra un poco de ropa.
No quise ojearla frente a ella porque no quería que pensase que no me fiaba. Cerró el coche y me acompañó hasta el mío para guardarlas.
Cuando estuvo todo dentro nos quedamos así, en silencio, y me paré a observarla.
Estaba más guapa que antes, o tal vez su recuerdo se habia deteriorado en mi. Me gustaba la manera de fumar que tenía, pausaba el humo en su garganta y ponía los labios en una posición muy sensual para soltarlo. Miraba al cielo mientras pensaba que yo también y un avión nos pasaba por la cabeza rumbo a alguna parte. Si yo no me hubiese cruzado con Cristina, querría estar en ese avión rumbo a ninguna parte también.
Luego me miró, esperando una despedida. Yo sabía que era bastante improbable volverla a ver, yo sabía que en sus ojos no había ya amor hacia mí y que en los míos nunca lo hubo. Pero también sabía que le atraía de una forma particular. Me miró esperando que diese yo por zanjado el reencuentro, que fuese yo la que bajase el telón de nuestra historia. Y aunque estaba cansada de despedidas imaginarias, sabía que en la última parte siempre venía el beso.
No porque quisiera besarla a ella en concreto, no porque no quisiese que fuera Cristina la que estuviera en esos labios. Sino porque quería besar algo vivo, algo que vivía sin miedo a dejar de existir en algún momento. Y cuando nuestros labios se rozaron, yo me despedí de la Évora que vivía dentro de ella. "Adiós Évora, hasta siempre"
Llegué a casa y agradecí que mis padres estuviesen dormidos. Mi hermana no estaba y supuse que estaría con alguna amiga. Me tiré en la cama después de ponerle sábanas limpias, ahí ya no vivía nadie. Me acerqué a las bolsas que había dejado en la esquina, medio tambaleándome y después de coger la de los libros me senté en la cama a ojearlos.
Miraba las páginas, las anotaciones, los dibujos en los bordes, el olor aún a clase. Y las pasaba con rapidez intentando buscar de entre sus hojas algún pequeño folio escondido de los poemas que escribía. Entonces se cayó.
Lo agarré de espaldas pero sabía perfectamente lo que era. Al girar el folio allí estaba. La gervera que le pinté a Raquel cuando me dijo que cuál era mi mayor miedo.
La abracé en mi pecho porque allí seguía, viva. Y mientras ella estuviese conmigo todo debía seguir así, vivo.
Decidí meterme en la cama, esa noche no tendría pastilla pero estaba lo suficientemente borracha como para no necesitarla.
Antes de irme a dormir miré mi móvil, no tenía ningún mensaje de Cristina.
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Oficuo
RomanceYa nada ansío Nada mi cabeza logra ya levantar nuevo y hermoso cuando quiero vivir pienso en la muerte y cuando quiero ver... cierro los ojos M.M.
