Aclaración: Este es el capítulo final. No hay nada más después de esto. Pero necesito avisar que si no estás pasando un buen momento tal vez por ahora no sea buena idea leerlo. La historia permanecerá aquí mucho tiempo así que la persona que no se sienta bien que no tenga prisa por terminarla.
No es mucho pero yo tampoco soy para tanto.
El dinero del sobre me sirvió para esa misma noche reservar una habitación de hotel lejos de la ciudad y casi fuera de la provincia. En el camino me llevé mi coche y un kilómetro antes lo dejé aparcado junto al arcén porque me apetecía seguir andando hasta el lugar.
La cama es de matrimonio y supongo que aquí habrán dormido muchas parejas en las que alguno ya estaba muerto.
Las cortinas están abiertas y me gusta que se vea la luna por la ventana.
Me siento en la cama y me quito los zapatos. Me ruge el estómago y siento dentro el grito de un niño desamparado.
Me toco la barriga y lo calmo, como una madre que aún no ha dado a luz pero consuela.
Apago el móvil porque tampoco tengo a quién llamar. No he traigo el cargador pero sé que no lo voy a usar.
Me deshago de la ropa y me miro las piernas. Aún tengo las cicatrices de cuando caí en los cristales. Instintivamente busco las de mis manos y luego me beso las palmas. Me pido perdón a mí misma.
Me quito los calcetines y miro mis pies, unos pies comunes indistinguibles en cualquier foto.
Hace calor así que agarro el mando de la mesita y pongo el aire.
Me pega en la cara el olor del ambientador, huele a pino, a clínica dental, a vater de consulta. Me da una pequeña arcada no sé si de los nervios o del asco.
Me aparto de la corriente y busco en mi bolso. Saco un cuaderno en el que garabateo círculos mientras escucho de fondo las noticias. Hay tres muertos en un tiroteo. ¿De qué forma tiene uno que morirse para salir en la tele?
Apunto el número de mi madre pero no pongo su nombre. Lo pienso un par de veces porque debe ser incómodo no saber a quién tienes que llamar. Y sé que debe ser incómodo porque yo me he sentido así la mayoría del tiempo.
Luego apunto el de Julio, de él si pongo el nombre, como testigo, como castigo. Porque los mentirosos siempre acaban diciendo la verdad.
Me llevo el bolso al baño y lo dejo en el suelo mientras me doy una ducha. Hace demasiado calor pero no soporto el agua fría. Me tiemblan las piernas y me siento. Por un momento parece que yo soy una mentira. Que sólo existo porque alguien me piensa.
Me acuerdo de ella, ella me lo preguntó "¿Tú eres real?"
Me acuerdo que no le respondí. Ahora sé por qué no le respondí. Porque no lo soy.
Ella me miró muy seria "Tienes que serlo Évora"
Yo era real porque tú existías.
"Aquí no" me dice mi mente. Y no sé si se refiere a que quiere que me salga de la ducha o se refiere a que en este sitio no puedo pensar en ella.
Me salgo y me siento en la cama. La habitación se ha enfriado y agradezco el contraste.
En la tele ahora hay un programa sobre un hombre que viaja por el mundo. Está en Tailandia recorriendo una carretera en una moto vieja.
Me gustaría quedarme a verlo pero no escucho.
Caigo en el bolso cuando lo busco con mis ojos y me levanto por él.
Vuelvo a sentarme en la cama y saco el bote de pastillas. Las tiro por el colchón y las cuento.
Las cuento una, dos y hasta tres veces y nunca sale la misma cantidad. No sé si se habrán caído por el suelo o si estoy contando mal.
Saco dos botellas de agua y pienso que si las trituro todas y las mezclo va a ser más fácil.
Busco algo con lo que poder machacar y solo encuentro sobre una mesita un pisapapeles oscuro y pesado. Empiezo a machacar una a una pero me doy cuenta de que no es plano por debajo así que quedan grumos.
¿Cómo harán efecto antes? He apagado el móvil y no puedo buscarlo en internet.
Suena un reloj digital y dan las doce de la noche. A las diez tengo que abandonar la habitación. No sé si llamarán a la puerta. A lo mejor me multan y el cargo va a la tarjeta. ¿Eso después lo devuelven?
Me trago cinco pastillas y doy un largo sorbo. Me doy cuenta que es más fácil de lo que pensaba porque no me cuesta tragarlas así que cojo un puñado que ni cuento y me lo meto en la boca. Son tan diminutas que se cuelan entre mis mejillas y tengo que sacarlas con la lengua. Doy otro largo sorbo y ya me queda menos de media botella de agua. Respiro y sigo mirando la tele, absorta, expectante. No sé si estoy haciendo algo mal o ya les tengo tolerancia de estos meses pero no me noto cansada. Reúno otro montón y lo agarro hasta con mi palma. Meto un trozo del montón en mi boca y trago con fuerza. Luego meto el otro sin pensarlo.
Abro la otra botella de agua y vuelvo a meter otro puñado. ¿Esto es más de una caja?
¿Son todas las mismas? No me acuerdo
Empiezo a notar cómo mi corazón palpita desacompasado. Creo que no entiende qué estoy haciendo.
Doy otro trago. Ya no tengo agua pero en la cama quedan muchas más pastillas.
Tengo que terminarlo entero, eso me decía mi madre cuando no quería comer, eso me decía ella.
¿De verdad son las doce de la noche? ¿Ha entrado ya en quirófano o aún le queda? Miro de nuevo el reloj y no tiene hora.
Decido que hay que terminar, que quiero ver cómo es Tailandia. Así que me levanto al baño para llenar las botellas pasados unos minutos.
Siento el mareo cuando maniobro para bajarme de la cama, estoy acostumbrada a esta sensación, he estado muchas veces borracha.
A lo que no estoy acostumbrada es a que las piernas no respondan así que me caigo al suelo. Comienzo a temblar y no entiendo por qué, creo que mi cuerpo tiene miedo de mí misma. Le pido perdón interiormente y acepta las disculpas y obedece. Llego casi a rastras al baño, vuelvo a tener calor. Lleno las dos botellas con rapidez y al girar me encuentro a Cristina sentada en el vater mirándome. No dice nada pero sé que está enfadada. Me empujo a mí misma de nuevo hasta el colchón. Caigo a plomo y soy incapaz de incorporarme. Me enfrento cara a cara a los montones de pastillas que quedan. ¿De verdad he podido coger tantas?
Cojo otro montón y vuelvo a tragar. Me invade una arcada poderosa que no puedo evitar y vomito sobre mí. Tendré que ducharme otra vez.
Cojo una a una las pastillas que aún seguían enteras en mi estómago y las mezclo con las nuevas. Esta vez cojo más porque sé que tengo menos tiempo. Las trago como puedo y vuelvo a empezar a temblar.
Mi cabeza me vuelve a reñir porque estoy pensando en ella y me prometí que la Cristina que vive en mi mente no podía ver esto. Me mira enfadada, me riñe y luego se gira para que yo no la vea y se culpa. "Lo sabía" se dice para sus adentros.
Yo le hablo y le digo que no. Que me espere un poco más para llegar juntas. Ella se gira extrañada "¿Juntas dónde?"
Y yo me río "Ya no me puedes mentir más" le contesto.
Tal vez y no me mintió. "¿Y si se despierta?" Pregunta mi mente. Que Julio atesore su felicidad entonces. Pero no. Estoy segura. Ella no es de por si acasos.
Cojo otro puñado y mientras estoy tragando vuelvo a querer vomitar. Reprimo la arcada con todas mis fuerzas y noto que ya no puedo tragar aire con facilidad. Mi estómago se contrae y no puedo controlar no orinarme encima. Mis piernas están ardiendo y siento como va calando el colchón.
"¿Aquí cambian las sábanas si hace falta?"
Cristina sale otra vez y me tira de los pelos viendo lo que he hecho. Ya no me habla.
Esta vez solo bebo agua para intentar disipar la arcada y me ayuda. Lo que no me ayuda es no poder tragar aire. Por un momento siento miedo, y me sorprende darme cuenta de que solo ha sido por un instante. Agarro las pastillas que voy encontrando sueltas por la cama. Ya no quedan. Pienso. Las trago y aún me queda media botella de agua. Cierro los ojos y me siento cansada. Sigo mareada. El calor de la orina en mis piernas me reconforta con el contraste del frío de la habitación pero el olor me desagrada.
Pienso en ella y la busco pero se ha ido. Estoy sola. Escucho al hombre montado en la moto a lo lejos. Alguien ha tirado de la cisterna en la habitación de al lado.
Respiro lento, pausado, a veces no respiro. Se me han perdido los brazos y noto que no tengo dedos.
La escucho, o me lo estoy inventando. ¿Vendrá pronto o tendré que esperarla? Intento recordar su cara porque no sé si en el infierno voy a ver con los mismos ojos.
Hay un pajarito negro a lo lejos que está piando
Mil millones de gracias por acompañarme hasta el final. Siento si tal vez no era el final que estaba alguien esperando pero sí era el final más coherente para alguien como Évora. Gracias a todos, ha sido un placer leeros. Un beso fuerte y hasta siempre
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Oficuo
RomanceYa nada ansío Nada mi cabeza logra ya levantar nuevo y hermoso cuando quiero vivir pienso en la muerte y cuando quiero ver... cierro los ojos M.M.
