"Amor,
que amas algo que no me pertenece,
amor,
que a la noche retabas convirtiéndote en pájaro
amor,
que en la tarde tú más lucías,
amor dime,
¿Tú te ibas?
¿O venías?"
En sus ojos comenzó a dormir una pena que yo antes no veía. No entendía muy bien por qué se sentía así. El pelo comenzó a salirle de un color más claro, las sesiones comenzaron a espaciarse y ya casi podíamos vivir sin pensar en un hospital, en una jeringa, en un vómito...
Cogió peso y sus piernas de madre se abrieron paso entre sus ojos de muerto. Y aún así, ella no estaba ahí del todo. Dejó que su hermana y su amiga la pelirroja la acompañasen a una de las sesiones, a la vuelta yo la recibí contenta porque sabía que volvía a quedarle mucho para la siguiente sesión, porque esperaba que el final estuviese próximo para nosotras. La recibía contenta porque veía que todas las piezas encajaban por fin en un lugar que nos daba espacio para que ambas pudiéramos ser felices juntas.
Entró por la puerta en silencio, cansada. Sus carabinas la siguieron hasta que se sentó o más bien se dejó caer a plomo en el sofá. Dejó que aquellas mujeres hiciesen por su casa lo que quisieran y no reparó en mí más allá de ofrecerme una mirada de fastidio al escuchar que andaban abriéndole el frigorífico. Volvieron con tres cervezas y un refresco para ella. Lo agarró y lo miró con desprecio. Después se levantó indignada y volvió con otra cerveza para ella también. Yo me sentí mal por ella pero agradecí que contasen conmigo para ofrecerme algo de beber. Al menos alguien sí reparaba en que yo estaba allí.
Se sentaron a nuestro alrededor y comenzaron a tener una charla trivial acerca de lo complicado que era aparcar en el hospital y de las ventajas de vivir o no en el centro. Ella se miraba las uñas sin participar en la conversación y yo sólo observaba lo incómoda que se sentía en ese momento sin entender muy bien por qué.
-Mi hermano dice que vivir en el centro tampoco es como lo pintan. Es un coñazo aparcar y todos los fines de semana le huele la entrada a orina de borrachos-
-Valeria, tu hermano no puede quejarse de vivir a sólo cinco minutos de todo el ambiente de la ciudad. Al menos a él nunca le pillará un control de alcoholemia de vuelta a casa-
-Y menos mal- soltó ella entre risas- porque entonces llevaría en la cárcel ya varios años-
Ambas rieron y Cristina cortó la conversación diciendo que estaba cansada y necesitaba echarse un rato. Yo me levanté y recogí los restos de cerveza de la mesa para tirar los envases a la basura. Camino a la cocina ellas siguieron hablando
-Tampoco es que a Julio le importe mucho acabar en la cárcel- soltó medio resignada la amiga de Cristina- nunca le ha importado nada que tenga que ver con él-
Y entonces una duda se sembró en mi cabeza mientras miraba lo bien colocados que estaban los bordes de la bolsa de basura en el cubo. ¿Y si ese Julio era mi borracho impuntual que vivía en el centro?
Cuando volví al salón los ojos acusadores de Cristina hacia su amiga me dieron la razón sin si quiera preguntarlo. Julio la conocía, Julio me conocía. Y aún así decidió desconocernos en conjunto. Y entonces comprendí también por qué él me insistió tanto en hablar con Cristina, por qué sabía el nombre de Kike cuando lo encontró y el por qué de sus consejos tan certeros. Porque él también hablaba con Cristina.
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Oficuo
RomanceYa nada ansío Nada mi cabeza logra ya levantar nuevo y hermoso cuando quiero vivir pienso en la muerte y cuando quiero ver... cierro los ojos M.M.
