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No supe nada de ella y casi que en esas semanas lo prefería así, me sentía estúpida cada vez que recordaba nuestro encuentro y la rabia me invadía si su imagen se presentaba en mi cabeza. La detestaba y sentía que se avergonzaba de mí, pero esto último, intentaba no pensarlo demasiado para no hundirme. Había días que no paraba de mirar la pantalla del móvil, esperando algún mensaje, alguna llamada. Otros, sin embargo, me obligaba a hacer cosas que tuviesen mi cabeza ocupada para así no pensar en ella. En ella, en su pelo, en sus manos, en su olor.

Me salté la primera clase con Hugo y Diego, fuimos a la otra punta del centro a buscar libros antiguos en una librería nueva que habían abierto, nos tomamos un café acompañado de un pequeño pastel en una cafetería austera y sobria y luego nos dirigimos de nuevo a la universidad. Sentía que aquel paseo, aquella pequeña novedad, me había sentado bien esa tarde.

Andaba junto a ellos con un buen humor que sabía que notaban a leguas, reíamos y hacíamos chistes absurdos y rebuscados sobre nuestra carrera y los profesores. Solté mi bolso en la clase y coloqué los libros sobre la mesa para que así nadie me quitase el asiento

-Voy al baño, ahora vuelvo-

Asintieron con la cabeza mientras reían, me conocían hasta el punto de saber que mis manías eran necesarias para sentirme tranquila dando clase.

Caminé con prisas por el pasillo, no quería llegar a la clase con el profesor dentro y detestaba cuando interrumpía una explicación y todos los ojos de las personas que estaban en las gradas se dirigían a mí. No me agradaba ser el centro de atención de la gente aunque sabía con quién me gustaría ser una excepción.

Salí de los baños maldiciendo que no funcionase el secador de manos automáticos, odiaba tener que secar mis manos con papel. Me permití observar aquella parte de la universidad, los techos eran gigantes y la anchura de los pasillos podría dar cabida a mil personas agarradas de los brazos. Cuando giré la esquina del corto pasillo en el que se ubicaba el servicio, la vi pasar. Iba con prisas y con la cabeza metida en la pantalla de su móvil. Una punzada recorrió mi cuerpo y me erguí permaneciendo estática en el sitio, mis piernas no reaccionaban y yo solo quería esconderme. Iba en mi dirección y supe que el encuentro era obligatorio, nuestros pasos tenían que cruzarse. Decidí imitarla sacando mi móvil y caminando con prisas sin mirarla. Anduve unos pasos mientras mis manos temblaban agarrando el aparato pero luego saqué fuerzas y apresuré las zancadas. Sentí como al cruzarnos, cada una en un extremo de las paredes, unas manos invisibles salían de nuestros cuerpos y se agarraban sin querer soltarse y sentía que mi corazón, pegado a mi espalda y queriendo seguir su dirección, me tiraba con fuerza para que fuese a saludarla. Decidí no hacerle caso y me empujé con decisión hacia adelante

-¿Évora?-

Su voz retumbó en el techo del pasillo y cayó sobre mí como la lluvia. Y me alegré internamente de que me salpicasen las letras en la cabeza si venían de su boca. Giré mi cuerpo y la vi clavada observándome, ya no llevaba el móvil en las manos y pensé que no me había llamado justo en el momento de percatarse de que estaba allí, sino que más bien, se había tomado un tiempo mirándome caminar mientras le daba la espalda. Tal vez dudando en llamarme o dejarme ir.

Le sonreí y ambas caminamos para acercarnos, la veía pellizcar sus dedos y sentí que acabaría arrancándose una uña con sus propias manos

-¿Qué tal estás?-

Me arroyó antes de poder saludarla. Posó dos besos en mis mejillas sin mi permiso y me soltó los hombros no sin antes apretarlos con fuerza

-Bien-

OficuoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora