El gran salón del castillo estaba iluminado con candelabros de oro, cuyos reflejos danzaban en las paredes, creando un ambiente cálido y majestuoso. La mesa estaba decorada con platos de plata y copas de cristal llenas de vino dorado. Después de años de tensión y distancia, toda la familia se había reunido a petición del Rey Viserys. Para la ocasión, incluso Otto Hightower había dejado su habitual aire severo para lucir un semblante moderadamente cordial. Alicent y Rhaenyra se sentaban en extremos opuestos de la mesa, sus miradas apenas cruzándose, pero los rostros de sus hijos mostraban más curiosidad que animosidad.
Jacaerys y Lucerys conversaban en voz baja con Rhaena y Baela, riendo de alguna broma que Lucerys susurró al oído de las hermanas. Aemond, con su expresión seria habitual, observaba en silencio mientras cortaba su carne con movimientos precisos. Aegon, por su parte, ya llevaba su tercera copa de vino y miraba distraídamente hacia el techo, como si no pudiera esperar a que la cena terminara.
El Rey Viserys, aunque debilitado por los años, intentó llenar el ambiente con un discurso optimista sobre la importancia de la familia. Su voz temblorosa resonó mientras Alicent asentía, sus manos apretadas con fuerza en su regazo.
Sin embargo, una silla seguía vacía. Lucenya, la hija menor de Rhaenyra, aún no había llegado, y su ausencia empezaba a notarse.
-¿Sabemos si Lucenya llegará a tiempo? -preguntó Alicent, con un tono que pretendía ser neutro, pero que destilaba cierta impaciencia.
-Ella vendrá -respondió Rhaenyra con calma, mirando a su madrastra con una sonrisa cargada de significado-. Aunque quizá no de la manera que todos esperan.
De pronto, la música comenzó. Un grupo de bailarinas entró al salón, ataviadas con sedas ligeras y máscaras adornadas con plumas y piedras brillantes. Se movían con gracia, sus pasos perfectamente sincronizados con el ritmo de los tambores y las flautas. La familia, incluso los más reticentes, no pudieron evitar mirar con interés el espectáculo.
Una de las bailarinas destacaba entre las demás. Su porte era más elegante, sus movimientos más fluidos, como si el viento mismo la guiara. Su máscara, decorada con tonos dorados y plateados, ocultaba su rostro, pero sus ojos brillaban con intensidad. Aegon, dejando su copa de vino, se enderezó en su asiento, claramente cautivado por ella. Incluso Aemond, siempre tan impasible, seguía cada uno de sus pasos con una atención inusual.
-Es magnífica -murmuró Aegon, casi para sí mismo, mientras su mirada no se apartaba de la misteriosa bailarina.
-¿Quién será? -preguntó Helaena en voz baja, rompiendo su habitual ensimismamiento.
Cuando la danza llegó a su clímax, la música se detuvo de golpe y la bailarina más destacada se colocó en el centro del salón. Lentamente, llevó las manos a su máscara, retirándola con un gesto teatral. El salón quedó en un silencio absoluto.
-Lucenya... -susurró Aemond, con una mezcla de incredulidad y alivio.
La joven, cuya ausencia había sido tan notoria, ahora estaba allí, pero no como la niña que todos recordaban. Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y alegría. Llevaba un vestido que acentuaba su figura, pero era su porte lo que realmente impresionaba. Lucenya ya no era una niña; era una mujer.
Aegon se quedó inmóvil, sus labios entreabiertos mientras intentaba procesar lo que veía. La pequeña niña que solía molestar y burlarse de ella ahora era... algo más. Sentimientos enterrados hace tiempo comenzaron a resurgir en su pecho, confundiéndolo.
-¿Lucenya? -exclamó finalmente el Rey Viserys, su rostro iluminándose con una sonrisa-. ¡Por fin llegas, hija mía!
Lucenya se inclinó ligeramente hacia su abuelo, pero su mirada se dirigió a Jacaerys, quien le sonrió con calidez desde el otro extremo de la mesa.
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Crowns Of Fire
Science FictionUna historia de dolor, redención y el futuro de la Casa Targaryen. En medio de la guerra y la traición, Lucenya debe encontrar la paz para su corazón dividido, mientras el destino de su familia y su legado penden de un hilo.
