Capítulo 46: El Baile de la Confianza

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El ambiente en la Fortaleza Roja se había calmado notablemente desde que Lucenya había comenzado a adaptarse a su nueva vida al lado de Aegon. Aunque el reino seguía siendo un lugar de tensiones políticas y rumores, había momentos de tranquilidad que ambos compartían. Uno de esos momentos se dio una noche, cuando Lucenya, durante una de las cenas, mencionó de manera casual su gusto por el baile.

Aegon la había observado años atrás, durante las festividades en la corte, siempre elegante, siempre segura de sí misma mientras se deslizaba por el suelo con la gracia de una princesa. Era evidente que el baile no solo era algo que disfrutaba, sino algo que le conectaba con una parte de su alma, una que había sido olvidada en medio de todo el caos que había marcado su vida.

— Te he visto bailar, Lucenya — le dijo una noche, cuando los dos estaban en el balcón observando el horizonte. — Es como si el mundo se desvaneciera alrededor de ti.

Lucenya sonrió suavemente, mirando las estrellas.

— Siempre me ha gustado el baile. Me da libertad, una forma de expresar lo que siento cuando las palabras no son suficientes. — Su tono se suavizó al recordar aquellos momentos en que, aún joven, bailaba en los festines de Rocadragón, con una alegría sin restricciones.

Aegon observó en silencio, asintiendo.

— Me encantaría bailar contigo — dijo de repente, y Lucenya lo miró sorprendida.

— Aegon... — comenzó a reír suavemente. — ¿Tú? Bailar?

Él sonrió, ligeramente avergonzado por su falta de destreza en esa área.

— No soy experto, pero haré lo que sea necesario si eso te hace feliz. Si me das la oportunidad, puedo aprender.

Lucenya lo miró por un momento, sorprendida por la sinceridad de su declaración. Aegon, un hombre conocido por su terquedad y su falta de interés en las convenciones, estaba dispuesto a esforzarse en algo tan aparentemente trivial solo para complacerla. Sin pensarlo demasiado, decidió aceptar su oferta.

A lo largo de las siguientes semanas, Aegon comenzó a tomar lecciones privadas de baile, algo que parecía ir en contra de su naturaleza. Los primeros intentos fueron torpes y descoordinados, y más de una vez pisó los pies de Lucenya, quien no podía evitar reírse al ver la incomodidad de su esposo.

— No puedes mover los pies como si estuvieras montando a un caballo, Aegon — le decía, con una sonrisa divertida. — Tienes que ser más suave, más fluido.

Aegon frunció el ceño mientras intentaba seguir su ritmo, pero su paciencia no era la más grande. A veces, la frustración se reflejaba en su rostro, y Lucenya lo veía esforzarse, sin rendirse.

— No es fácil, ¿verdad? — dijo ella un día mientras se detenía por un momento para observarlo.

— No — admitió Aegon, respirando con dificultad. — Pero quiero hacerlo bien. Quiero que veas que puedo ser más que solo un rey que da órdenes. Quiero ser el hombre que tú puedas ver como alguien digno de tu respeto... y de tu compañía.

Lucenya, tocada por su sinceridad, le sonrió de nuevo.

— Ya eres digno, Aegon. Y aunque este baile no sea lo que más me importa, me halaga que estés dispuesto a intentarlo.

Finalmente, llegó el día de la gran gala real, que Aegon había mandado a organizar para darle un pequeño momento de libertad y felicidad a Lucenya. La corte de Desembarco del Rey estaba llena de nobles de todas partes del reino, y la música comenzó a sonar suavemente por todo el salón. Lucenya, radiante en un vestido de seda azul que resaltaba sus ojos, observaba la escena con una ligera tensión. La noche había llegado, y, por primera vez, Aegon la invitó a bailar.

Se acercó a ella con una sonrisa nerviosa, sus ojos reflejando la misma emoción que ella sentía.

— Lucenya... ¿bailarías conmigo? — Su voz sonó ligeramente vacilante, pero la esperanza estaba clara en sus ojos.

Lucenya lo miró, sorprendida por la súbita petición. Vió en él no solo el rey que había estado dispuesto a someterla a sus deseos, sino también al hombre que había hecho todo lo posible por ganarse su afecto. Era una invitación sincera, y en ese momento, sus dudas sobre él parecían desvanecerse. Asintió con una sonrisa.

— Claro, Aegon. Vamos a ver si realmente has aprendido.

Ambos se dirigieron al centro del salón, y Aegon, aunque nervioso, la tomó de la mano con firmeza, dispuesto a no cometer el mismo error que en sus primeras lecciones. La música llenó el aire, y Lucenya lo guió, guiándolo con delicadeza. Aunque los primeros pasos eran torpes, pronto Aegon comenzó a moverse con mayor confianza, siguiendo el ritmo con una fluidez que sorprendió a todos, incluida Lucenya.

Poco a poco, comenzaron a encontrar su propio ritmo, sus cuerpos en sincronía, sin la rigidez de los primeros intentos. Aegon, aunque no era un experto, estaba logrando algo mucho más importante: la conexión entre ambos.

Lucenya, al mirar su rostro mientras bailaban, vio algo que nunca había imaginado: un hombre dispuesto a sacrificarse por ella, a superar sus propios límites para ganarse su cariño. En ese momento, no solo vio a Aegon como el rey, sino como el hombre que había comenzado a ganarse su afecto de una manera diferente.

Cuando la música comenzó a disminuir, Aegon, sin soltarla, le sonrió de manera genuina.

— ¿Lo logré? — preguntó con una sonrisa, algo orgulloso.

Lucenya, sorprendida por su progreso y por la forma en que había comenzado a disfrutar del momento, asintió con una sonrisa más amplia.

— Lo lograste, Aegon. Y mucho más.

A medida que los días pasaban, Lucenya comenzó a ver a Aegon bajo una nueva luz. El baile se había convertido en algo más que un simple pasatiempo; era un reflejo de sus esfuerzos por acercarse a ella, de su disposición a aprender, a ser más que el rey al que ella había sido obligada a seguir. Cada vez que la tomaba de la mano y danzaban juntos, Lucenya sentía que algo dentro de ella se suavizaba, que el frío de su corazón se derretía poco a poco.

Y aunque el amor entre ellos aún era un terreno incierto, Lucenya comenzó a aceptar que, en su vida, Aegon podría ser más de lo que nunca imaginó. No solo como el rey de los Siete Reinos, sino como el hombre con el que podía construir algo genuino, paso a paso.

Porque, a veces, el amor comienza en el más inesperado de los lugares: en un baile.

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