El paso del tiempo en Desembarco del Rey era un contraste entre los momentos de calma en la Fortaleza Roja y los ecos de guerra que llegaban de los rincones más lejanos del reino. A medida que los días se convertían en semanas, las tensiones en la lucha entre los negros y los verdes seguían creciendo. Sin embargo, dentro de las murallas del castillo, el pequeño Baelor comenzaba a dejar su marca.Baelor, que había sido recibido con expectación y suspicacia por muchos en la corte, ya había cumplido seis meses. El bebé era una mezcla de sus padres: poseía la piel clara de los Velaryon y los Targaryen, y sus ojos eran de un color peculiar que recordaba al azul profundo de las aguas que rodeaban Rocadragón. Sin embargo, lo que más destacaba era su cabello castaño.
En un reino donde la sangre Targaryen solía manifestarse con el cabello plateado como la luna, el castaño de Baelor era motivo de especulación y rumores. Para algunos, era una señal de su herencia Velaryon; para otros, una evidencia del pasado de su madre y su conexión con Jacaerys. Sin embargo, en presencia de Aegon, nadie se atrevía a mencionar esas sospechas.
- Es curioso cómo el pequeño Baelor no tiene el cabello de los Targaryen, ¿no crees? - comentó Alicent una tarde mientras observaba al niño desde la distancia.
Aegon, que estaba sentado cerca de la cuna, levantó la vista hacia su madre.
- El cabello no hace al hombre, madre - respondió con frialdad, acomodando una manta sobre su hijo. - Lo que importa es que Baelor es mi hijo, y todos lo saben.
Alicent frunció el ceño, pero no insistió. Sabía que Aegon estaba decidido a proteger a Baelor y a Lucenya, incluso si eso significaba ignorar ciertos rumores.
Lucenya, por su parte, veía crecer a su hijo con una mezcla de alegría y temor. Aunque había aceptado la vida en Desembarco del Rey, siempre existía una parte de ella que temía por el futuro de Baelor, atrapado en el fuego cruzado de una guerra que aún ardía en los corazones de sus familiares.
Mientras Baelor crecía, las noticias de la guerra llegaban constantemente a la corte. Rhaenyra había reforzado sus posiciones en Rocadragón y el Valle, y Jacaerys lideraba escaramuzas en el Norte, buscando consolidar alianzas con las casas leales a su causa. Sin embargo, los verdes no se quedaban atrás.
Aegon y Aemond pasaban largas horas en consejo, planeando sus próximos movimientos. Los informes de los espías hablaban de enfrentamientos menores, pero el conflicto principal aún estaba por llegar. Alicent, siempre estratégica, veía en la fortaleza de Lucenya una oportunidad que los negros habían perdido.
- Mantenerla aquí ha desarmado a Jacaerys - le dijo Alicent a Aemond durante una reunión privada. - Antes, él luchaba con el fuego de un hombre que quería recuperar a su esposa. Ahora, parece que solo lucha por orgullo.
Aemond asintió, aunque su mente estaba en otro lugar. Aunque apoyaba a su madre y hermano en la guerra, no podía evitar pensar en Lucenya y en la relación que había reconstruido con ella. Para Aemond, Lucenya siempre sería esa amiga de la infancia que había perdido demasiado pronto, y aunque su relación ahora era distante, se alegraba de verla sonreír más a menudo, incluso si esa sonrisa era para Aegon.
Mientras el conflicto rugía más allá de las murallas de la Fortaleza Roja, Lucenya y Aegon encontraron pequeños momentos de paz juntos. Aunque su relación seguía siendo un trabajo en progreso, la presencia de Baelor había suavizado las tensiones entre ellos.
Una noche, mientras estaban en la habitación de Lucenya, Aegon se acercó a la cuna de Baelor y lo levantó con cuidado.
- Es increíble cómo alguien tan pequeño puede cambiar tantas cosas - murmuró, mirando al niño con una mezcla de amor y asombro.
Lucenya, que estaba sentada cerca, lo observó en silencio. En ese momento, vio a Aegon no como el rey o el hombre que la había llevado a Desembarco del Rey a la fuerza, sino como un padre que amaba a su hijo profundamente.
- Ha cambiado todo para mí también - admitió Lucenya en voz baja. - Baelor me da fuerza, incluso cuando todo lo demás parece incierto.
Aegon se giró hacia ella, sosteniendo al bebé con una mano mientras tomaba la de Lucenya con la otra.
- Prometo que siempre los protegeré a ambos, pase lo que pase.
Por primera vez, Lucenya sintió que esas palabras no eran solo promesas vacías. Aegon estaba cambiando, y aunque aún había partes de su corazón que anhelaban lo que había perdido, comenzaba a aceptar que su vida con él podría no ser tan sombría como había imaginado.
Cuando Baelor cumplió su primer año, la corte organizó un banquete para celebrarlo. El salón estaba lleno de nobles, y aunque muchos mantenían sus sospechas sobre el origen del niño, todos mostraban respeto por el hijo del rey.
Lucenya estaba radiante esa noche, sosteniendo a Baelor mientras Aegon ofrecía un brindis en honor a su hijo.
- Hoy celebramos el primer año de vida de mi hijo, Baelor Targaryen, el futuro de este reino - declaró Aegon, su voz llena de orgullo.
Los aplausos llenaron el salón, y por un momento, Lucenya permitió que la calidez del momento la envolviera. Aegon había hecho todo lo posible por ganarse su lugar en su vida, y aunque su relación aún no era perfecta, estaba empezando a encontrar algo que se parecía a la paz.
En ese instante, Baelor, que estaba sentado en su regazo, extendió las manos hacia su padre, balbuceando las primeras palabras que habían estado esperando.
- Da... da...
Aegon se acercó de inmediato, tomando las pequeñas manos de su hijo mientras Lucenya sonreía con lágrimas en los ojos.
- Estoy aquí, Baelor. Siempre estaré aquí.
Ese momento, en medio de la guerra y el caos, fue un recordatorio de que incluso en tiempos oscuros, la vida podía encontrar una forma de brillar.
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Crowns Of Fire
Science FictionUna historia de dolor, redención y el futuro de la Casa Targaryen. En medio de la guerra y la traición, Lucenya debe encontrar la paz para su corazón dividido, mientras el destino de su familia y su legado penden de un hilo.