El campo de batalla se había enfriado, y las cenizas de los dragones caídos llenaban el aire como un sudario gris. Lucenya y Jacaerys, amantes separados por la guerra, habían encontrado su final lejos de los brazos del otro, ambos creyendo hasta su último aliento que el otro estaba a salvo. Sus cuerpos, separados por el vasto terreno y las heridas de la guerra, fueron el símbolo final de una tragedia que jamás debería haber ocurrido.
En Rocadragón, el eco de la pérdida de Jacaerys resonaba con una fuerza devastadora. Rhaenyra caminaba de un lado a otro en la sala del trono, con los ojos nublados por las lágrimas. Su primogénito, su esperanza, su heredero, había caído. Los cuervos trajeron la noticia de su muerte, junto con la confirmación de la caída de Lucenya, su hija. Ambas pérdidas golpeaban su alma como cuchillas.
—¿Cómo puede ser esto? —preguntó Rhaenyra a nadie en particular, su voz rota. Baela y Rhaena estaban a su lado, tratando de consolarla, aunque sus propios corazones también estaban destrozados. La familia había sido desgarrada una vez más por la guerra que parecía no tener fin.
Daemon, aunque intentaba mantener la compostura, estaba inmóvil, el rostro pétreo como una estatua de dragón. La muerte de Lucerys había sido su primera gran pérdida, pero ahora, con Jacaerys y Lucenya muertos, la herida era más profunda. No lloraba, no mostraba su sufrimiento, pero sus ojos ardían con un deseo de venganza que nadie se atrevía a mencionar.
En King's Landing, el silencio de Aegon era atronador. Había cumplido su promesa de llevar el cuerpo de Lucenya de regreso, pero no había permitido que nadie más la tocara. La depositó en la sala más alta de la Fortaleza Roja, bajo un cielo abierto donde las estrellas parecían vigilarla. Allí, la visitaba cada noche, hablándole como si pudiera escucharle.
—Pensé que si te protegía, si te mantenía cerca de mí, todo estaría bien. —Las palabras de Aegon eran apenas un murmullo mientras acariciaba el cabello de Lucenya, ahora frío como el mármol—. Pero elegiste a otro. Y aun así, no pude evitar amarte.
La carga del dolor era demasiado. Cada vez que miraba a Jaehaera, la pequeña niña que compartía con Lucenya, sentía una mezcla de amor y culpa. Sabía que debía protegerla, pero cada sonrisa de la niña le recordaba todo lo que había perdido.
La noticia de la muerte de Jacaerys llegó a King's Landing como un rumor antes de convertirse en verdad. Aegon recibió la información mientras estaba reunido con el consejo, y aunque una parte de él sentía que la muerte de su rival debería ser motivo de alivio, lo único que experimentó fue un vacío.
Jacaerys había sido una de las razones por las que Lucenya lo había rechazado, pero también sabía que el amor entre ellos había sido puro. Ahora ambos estaban muertos, y él, el último testigo de ese amor trágico, cargaba con el peso de su memoria.
En el horizonte, los dragones caídos marcaban el fin de una era. La guerra seguía rugiendo, pero la chispa de esperanza parecía haberse apagado para ambos bandos. El pueblo murmuraba sobre la ironía de la lucha: un conflicto por amor al poder que terminaba destruyendo a aquellos que más amaban.
Daemon se acercó a Rhaenyra en una noche oscura, mientras ella observaba las olas romper contra las rocas de Rocadragón.
—Jacaerys y Lucenya —dijo Rhaenyra, con voz débil—. Ambos murieron pensando que el otro estaba a salvo. ¿Qué cruel dios juega con nosotros de esta manera?
Daemon no respondió de inmediato. Sabía que no había palabras para consolarla.
—Vengaremos sus muertes, Rhaenyra —fue todo lo que pudo decir, su voz cargada de una determinación helada.
Pero Rhaenyra no respondió. En su corazón, el dolor de perder a sus hijos había eclipsado cualquier deseo de venganza. Lo único que quería ahora era recuperar lo que la guerra le había arrebatado: la paz, la familia, y la felicidad que una vez creyó posible.
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Crowns Of Fire
Science FictionUna historia de dolor, redención y el futuro de la Casa Targaryen. En medio de la guerra y la traición, Lucenya debe encontrar la paz para su corazón dividido, mientras el destino de su familia y su legado penden de un hilo.
