Capítulo 18: La Culpa de Aemond

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La sala del trono estaba envuelta en un silencio pesado, como si hasta las paredes de piedra se resistieran a contener las tensiones del momento. Alicent Hightower se paseaba de un lado a otro, su vestido verde profundo ondeando detrás de ella, sus pasos resonando con furia contenida. Frente a ella, Aemond permanecía firme, con el único ojo visible clavado en el suelo, sus labios apretados en una línea tensa.

-¿Qué esperabas lograr, Aemond? -Alicent alzó la voz, su tono cortante como el filo de una daga-. Tu imprudencia nos ha llevado al borde del abismo. ¿Crees que podemos permitirnos este tipo de errores?

-Lucerys fue quien comenzó todo, madre -respondió Aemond con voz baja, aunque llena de determinación-. Él nos atacó primero, yo solo...

-¡Silencio! -le interrumpió Alicent, alzando una mano para detenerlo-. La muerte de Lucerys fue un error, un error que podría haber costado más de lo que imaginas. Ahora, con la pérdida del hijo de Lucenya y Jacaerys, solo hemos avivado las llamas de su odio.

Aemond apretó los puños, pero no replicó. Sabía que cualquier defensa que ofreciera sería inútil ante la mirada de su madre. Alicent respiró hondo, intentando controlar la ira que hervía en su pecho.

-Ese niño habría sido un símbolo de su unión, una amenaza para nuestra causa. Pero no así, no de esta manera -continuó Alicent, bajando la voz-. Ahora ellos no lo verán como un accidente, sino como una declaración de guerra.

Desde un rincón de la sala, Aegon escuchaba en silencio. Su rostro, normalmente marcado por la despreocupación o el desdén, estaba ahora sombrío. Había oído los rumores esa mañana: Lucenya había perdido al bebé. Por un instante, al enterarse, había sentido alivio. La idea de que Jacaerys tuviera un hijo con ella siempre había sido una espina en su costado, un recordatorio de todo lo que él nunca podría tener. Pero ese alivio pronto se había transformado en algo más oscuro, algo que le apretaba el pecho.

"¿Cómo estará ella ahora?", se preguntó, aunque sabía que nunca podría obtener una respuesta directa. Aegon sabía que Lucenya era fuerte, que soportaría cualquier carga con la cabeza en alto, pero también sabía que detrás de esa fuerza había una mujer que sentía, que sufría. Y la idea de que estuviera enfrentando ese dolor sola lo atormentaba de una manera que no esperaba.

Alicent, finalmente agotada por su arrebato, se dejó caer en un asiento cercano. Miró a Aemond con una mezcla de decepción y preocupación.

-Tenemos que ser más cautelosos de ahora en adelante. Cada paso en falso podría ser el último. ¿Lo entiendes, Aemond?

-Sí, madre -respondió él con voz tensa, pero su mirada seguía reflejando una chispa de desafío.

Aegon aprovechó el silencio que siguió para abandonar la sala discretamente. Necesitaba estar solo, necesitaba procesar la tormenta de emociones que lo envolvía. Caminó por los pasillos del castillo hasta llegar a una terraza que daba al cielo gris de Desembarco del Rey. El viento fresco le despeinó el cabello mientras apoyaba las manos en la baranda de piedra.

En su mente, las imágenes se mezclaban: los ojos de Lucenya llenos de vida y determinación, su sonrisa fugaz cuando se burlaba de él, la posibilidad de un hijo que nunca sería. Quiso apartar esos pensamientos, pero no pudo. Sentía algo que no podía nombrar, una mezcla de pena, ira y una extraña necesidad de consuelo.

"Espero que Jacaerys esté ahí para ella", pensó, aunque el pensamiento lo llenó de amargura. Luego lo desechó con un suspiro. No importaba lo que sintiera, lo único importante era que ella estuviera bien, aunque no estuviera a su lado.

Por primera vez en mucho tiempo, Aegon Targaryen sintió el peso de su propia impotencia, y se dio cuenta de que, en medio de todo el caos, el dolor de Lucenya era lo único que realmente le importaba.

Cuando Alicent se retiró de la sala, dejando a Aemond solo, el joven Targaryen permaneció inmóvil, con la mandíbula apretada y el corazón latiendo con fuerza. Su madre había tenido razón en todo. Lo sabía. Pero lo que más le atormentaba no era su desobediencia o las consecuencias políticas de sus acciones. No, lo que le desgarraba el alma era pensar en Lucenya.

Aemond subió a la torre más alta del castillo, buscando el refugio de la soledad. El aire frío le golpeó el rostro cuando salió al balcón, pero no le importó. Miró hacia el horizonte, hacia el oeste, donde sabía que Rocadragón se encontraba más allá del mar. Cerró su único ojo y respiró hondo, dejando que los recuerdos lo consumieran.

Lucenya.

La imagen de su sonrisa fugaz, de su cabello ondeando en el viento mientras montaba a su dragón, lo perseguía como un fantasma. Había momentos en los que pensaba que había llegado a amarla más de lo que había amado a su propia familia, más de lo que amaba cualquier cosa en este mundo. Pero ese amor había sido su perdición. Era un amor que lo había llevado a la locura, a la imprudencia, y ahora a la culpa.

Sabía que lo que había hecho aquella noche en el cielo, cuando había perseguido a Lucerys hasta la muerte, había cambiado todo para siempre. Pero no había sido solo Lucerys quien había sufrido las consecuencias. Lucenya había perdido a su hijo, un niño que, aunque nunca había nacido, había sido parte de ella. Y Aemond no podía dejar de preguntarse si alguna vez podría perdonarse por haberle causado ese dolor.

"Soy un monstruo", pensó mientras apretaba los puños contra la baranda de piedra.

Sabía que no podía ir a verla, que cualquier intento de consuelo por su parte solo empeoraría las cosas. ¿Qué podría decirle? ¿Que había matado a su hermano por un arrebato de ira? ¿Que su descuido había llevado a la pérdida del bebé que compartía con Jacaerys? No, no había palabras suficientes para enmendar lo que había hecho.

-Lo siento, Lucenya -murmuró al viento, como si sus palabras pudieran llegar a ella.

El único ojo de Aemond se llenó de lágrimas que no dejó caer. No se lo permitía. No podía mostrarse débil, no ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Pero dentro de él, el peso de su arrepentimiento crecía con cada segundo.

No podía dejar de imaginarla en Rocadragón, envuelta en su dolor, probablemente consolada por Jacaerys. La idea lo atormentaba, pero no porque sintiera celos, sino porque sabía que ella merecía más, mucho más de lo que él podía ofrecerle. Merecía paz, amor, una familia. Y él se lo había arrebatado todo.

-Te protegeré, aunque sea desde lejos -prometió en voz baja, más para sí mismo que para ella-. No importa lo que pase, haré lo que sea para que no sufras más, aunque eso signifique destruirme a mí mismo.

El viento seguía soplando, pero Aemond no se movió. Permaneció en el balcón, atrapado entre su amor por Lucenya y el peso de su culpa, sabiendo que lo que había hecho jamás podría deshacerse.

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