Capitulo 11: El principio del fin

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En la sala del Trono de Hierro en Desembarco del Rey, el aire estaba cargado de tensión y un dolor contenido. El rey Viserys había exhalado su último aliento al amanecer, en la soledad de su cámara. Su cuerpo aún yacía en el lecho cuando Alicent Hightower, con el rostro endurecido, dio las órdenes que cambiarían el destino del reino.

-Esto debe permanecer en secreto hasta que todo esté asegurado -ordenó Alicent a las pocas personas que habían presenciado el fallecimiento. Sabía que la muerte del rey podría encender las primeras llamas de una guerra que llevaba años gestándose bajo la superficie.

Mientras tanto, en una taberna de las calles serpenteantes de Desembarco del Rey, Aegon Targaryen, el mayor de los hijos de Alicent, se encontraba perdido entre copas de vino y compañía cuestionable. No tenía interés en la política ni en los juegos de poder que su madre y su abuelo, Otto Hightower, parecían orquestar a su alrededor. Aegon siempre había sabido que la corona lo perseguía, pero la evitaba con obstinación, como si al hacerlo pudiera escapar de las cadenas que conllevaría.

Pero esa noche no tuvo escapatoria. Caballeros leales al consejo verde lo sacaron a rastras de la taberna, escoltándolo hasta el castillo.

En la sala del consejo, Alicent lo esperaba, sus ojos verdes eran pozos de fría determinación.

-Tu padre ha muerto -dijo ella, sin preámbulos, su voz cortante como el filo de una daga.

Aegon se quedó paralizado, no tanto por el dolor, sino por el peso de lo que esas palabras significaban.

-Entonces... Rhaenyra es la reina legítima -murmuró, bajando la mirada.

Alicent dio un paso adelante, su rostro se endureció aún más.

-No mientras respiremos nosotros. El reino no aceptará a Rhaenyra. Necesita un rey, y ese eres tú.

Aegon negó con la cabeza, el peso del horror en sus palabras.

-No lo quiero. No lo quiero porque sé que hacerlo significaría enfrentarme a ella... a Lucenya.

El nombre de su sobrina apenas salió de sus labios, pero Alicent lo escuchó con una mezcla de furia y desprecio.

-Lucenya no es más que un obstáculo. No puedes pensar en ella ahora. Debes olvidarla. Ella es tu enemiga, Aegon. Toda la casa de Rhaenyra lo es.

Aegon apretó los puños, su cuerpo temblando entre el deseo de obedecer a su madre y la lealtad silenciosa que aún guardaba hacia Rhaenyra y Lucenya.

-No quiero este trono. No quiero esta guerra.

Fue Otto Hightower quien rompió el silencio con palabras calculadas:

-No es cuestión de lo que quieras, muchacho. Es cuestión de lo que el reino necesita. Si permitimos que Rhaenyra gobierne, el caos reinará. Los señores la cuestionarán, y el pueblo se levantará contra ella. Tienes un deber, y debes cumplirlo.

Aegon se dejó caer en un asiento, derrotado, mirando sus manos como si fueran las de un extraño. Alicent se inclinó hacia él, tomándole el rostro con ambas manos, su mirada clavándose en la de su hijo.

-La corona es tu destino, Aegon. Y no hay espacio para el amor en el juego de tronos.

En Rocadragón, a kilómetros de distancia, Rhaenyra y Lucenya vivían en la calma antes de la tormenta. Ninguno sabía aún de la muerte de Viserys ni de los complots que se desarrollaban en Desembarco del Rey. Lucenya paseaba por los acantilados, su mente llena de pensamientos sobre Jacaerys, su reciente boda, y sobre la familia que crearían juntos, ajena a que el destino se preparaba para arrebatarles incluso esa esperanza.

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