Desde la muerte de Lucenya, Aegon había cambiado. Lo que alguna vez quedaba de humanidad en él parecía haberse extinguido, dejando un hombre endurecido y cruel. Solo Jaehaera, su hija, era capaz de arrancarle gestos de ternura. Pero incluso eso parecía una chispa fugaz en el frío y sombrío fuego que ahora ardía dentro de él.
El trono de hierro se convirtió en su única obsesión. El rey, alguna vez impulsado por sus deseos personales, ahora gobernaba con un puño de hierro. Alicent intentó acercarse a él, pero cada intento terminaba con palabras amargas o un silencio helado. La relación entre madre e hijo estaba rota. Aegon no podía perdonarla por las decisiones que lo habían llevado a matar a Lucenya.
En el consejo real, la atmósfera era tensa. Los rumores sobre su estado mental y emocional corrían como fuego entre las paredes de la Fortaleza Roja. Criston Cole, su fiel protector, notó el cambio en él y trató de aconsejarle.
—Mi rey, la ira es un arma peligrosa —dijo Criston una tarde, al verlo golpear con fuerza una copa de vino contra la mesa durante una reunión.
Aegon lo miró con los ojos inyectados de rabia.
—La ira es lo único que me queda. La ira, y mi hija. Todo lo demás me ha sido arrebatado.
Jaehaera, por otro lado, crecía en un ambiente cargado de tensión y miedo. Aunque Aegon se esforzaba por ser un buen padre para ella, su dureza con el resto del mundo afectaba a la niña. Los sirvientes hablaban en voz baja sobre cómo el rey protegía a Jaehaera, pero también de cómo la sobreprotegía, evitando que saliera o interactuara con demasiada gente.
Una tarde, mientras paseaban por los jardines de la Fortaleza Roja, Jaehaera, con su dulce voz, rompió el silencio.
—Padre, ¿por qué siempre estás triste? —preguntó, mientras jugaba con una flor.
Aegon se detuvo en seco. Miró a su hija, tan pequeña, tan inocente, y una parte de él se sintió al borde de las lágrimas.
—Porque perdí algo que no puedo recuperar —respondió, con voz grave.
La niña lo miró con curiosidad, sin comprender del todo. Pero en su corazón, Aegon sintió una punzada de alivio. Ella era su único consuelo, su única razón para seguir adelante.
El pueblo, sin embargo, no compartía ese consuelo. La crueldad de Aegon no era un secreto. Su rabia se manifestaba en ejecuciones públicas más frecuentes, impuestos más altos y una desconfianza creciente hacia todos los que le rodeaban. Los pequeños consejos ya no eran lugares de estrategia, sino de temor, donde sus consejeros evitaban contradecirlo.
Aegon había perdido la compasión que Lucenya le había enseñado, y la Fortaleza Roja ya no era un lugar de esperanza, sino de sombras. Los gritos de los prisioneros en las mazmorras llenaban las noches, un eco de la oscuridad en su corazón.
En Rocadragón, el eco de las muertes de Lucenya y Jacaerys aún persistía. Rhaenyra, destrozada por las pérdidas, envió cuervos a todos los rincones del reino, llamando a sus aliados a unirse en una última ofensiva contra Aegon. Sabía que su tiempo se estaba agotando y que el conflicto debía llegar a su fin.
Daemon, mientras tanto, no hablaba mucho, pero sus ojos ardían con determinación. La muerte de Lucerys, Jacaerys, y ahora la separación final de Lucenya eran más de lo que podía soportar.
—Esto termina ahora —le dijo a Rhaenyra una noche—. Por ellos, y por nosotros.
Rhaenyra asintió, aunque en su corazón sabía que incluso una victoria no repararía lo que habían perdido.
En King's Landing, Aegon, atormentado por el recuerdo de Lucenya, se encerraba cada vez más en sí mismo. Las noches lo encontraban solo en la sala del trono, sosteniendo la corona como si fuera un peso que no podía cargar.
Una noche, mientras miraba la corona con una mezcla de odio y resignación, Alicent entró en la sala.
—Aegon, debes dejar ir este dolor. La guerra no puede ser ganada con un corazón roto.
Aegon la miró con desprecio.
—¿Dejarlo ir? Tú, madre, lo causaste todo. Lucenya está muerta por tus intrigas, por tus malditas ambiciones. Yo no quiero oír tus consejos.
Alicent intentó hablar, pero Aegon levantó una mano para detenerla.
—Si no fuera por el amor que te tiene Jaehaera, ya no tendrías lugar aquí. Reza por ella, madre, porque es la única razón por la que todavía no te he quitado la vida.
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Crowns Of Fire
Science FictionUna historia de dolor, redención y el futuro de la Casa Targaryen. En medio de la guerra y la traición, Lucenya debe encontrar la paz para su corazón dividido, mientras el destino de su familia y su legado penden de un hilo.
