Capítulo 87: Ecos de Dragones Perdidos

86 7 3
                                        


El reino se encontraba dividido entre el silencio y el caos. En King's Landing, Aegon continuaba sumido en su dolor, su crueldad ya no era un acto de poder, sino una expresión de su agonía. La Fortaleza Roja estaba envuelta en un aire de melancolía, y Jaehaera era la única luz que quedaba en su vida.

Mientras tanto, en Rocadragón, Rhaenyra y Daemon trabajaban en sus estrategias para la guerra, pero el peso de las pérdidas se hacía insoportable. Las muertes de Jacaerys y Lucenya eran cicatrices abiertas en el corazón de la reina. Rhaenyra pasaba las noches en la cima de la montaña, mirando el cielo, esperando que los dragones regresaran con buenas noticias. Pero el horizonte seguía vacío.

En King's Landing, Aegon dedicaba todo su tiempo a Jaehaera. La pequeña se había convertido en su único refugio. Jugaban en los jardines y él le contaba historias sobre los dragones y los grandes reyes de antaño. Sin embargo, la niña, demasiado joven para comprender la magnitud de lo que sucedía, le hacía preguntas que desgarraban el alma de Aegon.

-¿Por qué mamá no está aquí? -preguntó una tarde, mientras paseaban junto a las fuentes.

Aegon detuvo su caminar y miró a su hija con tristeza. No podía responderle con la verdad, no podía decirle que su propia espada había terminado con la vida de su madre. En su lugar, acarició su cabello plateado.

-Mamá está descansando, pequeña. Pero siempre estará contigo, en tu corazón -dijo, su voz rota.

Jaehaera asintió, pero sus ojos reflejaban una tristeza que Aegon reconocía bien: la ausencia de Lucenya estaba dejando huellas incluso en su hija.

En Rocadragón, las reuniones en el salón principal eran constantes. Daemon insistía en atacar King's Landing de inmediato, sin tregua, mientras que Rhaenyra, aunque llena de rabia, quería evitar más pérdidas.

-Hemos perdido demasiado, Daemon. No quiero arriesgar más vidas en esta guerra -dijo Rhaenyra, mientras observaba un mapa del reino.

Daemon golpeó la mesa con fuerza.

-¿Más vidas? ¡Lucenya murió por no haber actuado antes! Si seguimos esperando, Aegon consolidará su poder. Y tú lo sabes.

Rhaenyra apretó los puños. El recuerdo de su hija, del sacrificio de Jacaerys, la atormentaba cada noche.

-Lucenya murió por mi fracaso como madre, Daemon. No quiero que Baela o Rhaena sufran el mismo destino -respondió, su voz temblando.

Daemon se quedó en silencio por un momento, pero su determinación no flaqueó.

-Entonces, lucha por ellas. Lucha por Jacaerys, por Lucenya, por todos los que hemos perdido.

Lejos, en los cielos, Valkar, el dragón negro de Lucenya, continuaba volando sin rumbo fijo. Nadie había podido acercarse a él desde la batalla. Los pastores y campesinos hablaban de un dragón furioso que rugía en las montañas, como si buscara algo perdido.

Una noche, mientras Rhaenyra se encontraba en la cima de Rocadragón, un rugido familiar resonó en el aire. Levantó la vista y vio a Valkar descendiendo lentamente, sus enormes alas negras iluminadas por la luna. El dragón se posó en la ladera, su cuerpo cubierto de cicatrices y su mirada ardiente.

Rhaenyra se acercó con cautela, sintiendo el peso de la conexión que alguna vez había tenido con su hija. Valkar la observó, pero no atacó. En sus ojos había una mezcla de furia y dolor, como si aún esperara ver a Lucenya aparecer.

-No volverá, amigo mío -susurró Rhaenyra, con lágrimas en los ojos-. Pero aún podemos luchar por lo que ella amaba.

En King's Landing, Alicent continuaba intentando controlar a Aegon. La reina viuda no podía aceptar que su hijo estuviera perdiendo el control del reino debido a su pena.

-Hijo, no puedes dejar que la muerte de Lucenya te consuma. Jaehaera necesita un padre fuerte, y el reino necesita un rey -dijo Alicent durante una audiencia privada.

Aegon la miró con frialdad.

-Tú no tienes derecho a hablarme de Lucenya. Si no fuera por ti, ella estaría viva. Si no fuera por ti, no habría tenido que elegir entre ella y mi trono.

Alicent intentó hablar, pero Aegon se levantó de su asiento, su figura imponente eclipsándola.

-Te quedarás en la Fortaleza Roja, madre. Y rezarás.

Con Valkar ahora en Rocadragón y la determinación de Daemon encendida, los rumores de un ataque final comenzaron a extenderse. El pueblo, dividido entre la lealtad a Rhaenyra y el temor a Aegon, esperaba con ansiedad el desenlace de la guerra.

Aegon, aunque devastado, no estaba dispuesto a ceder. En su corazón, el recuerdo de Lucenya ardía como una llama eterna, y cada decisión que tomaba parecía ser una mezcla de amor perdido y odio hacia sí mismo.

El enfrentamiento final se acercaba, y tanto Aegon como Rhaenyra sabían que solo uno de ellos saldría victorioso. El destino de los dragones y del reino pendía de un hilo, mientras el fuego y la sangre prometían consumirlo todo.

Crowns Of Fire Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora