Capítulo 37: La Duda de las Criadas

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Los días seguían deslizándose sin prisa en la Fortaleza Roja, pero había algo que no pasaba desapercibido para las criadas que servían en las habitaciones de Lucenya. Desde su llegada, habían observado con atención los detalles de su vida diaria, su comportamiento, y sobre todo, su salud. Y aunque todo parecía indicar que Lucenya se mantenía fuerte, algo en su interior, algo que no se veía a simple vista, había comenzado a inquietarles.

Las sábanas en la cama de Lucenya permanecían inmaculadas cada mañana, como si no hubiera habido rastro de la mujer que ocupaba el lecho. Aunque las criadas sabían que Lucenya no era de las que se preocupaban demasiado por su cuerpo, el tiempo que había pasado desde su llegada había empezado a levantar sospechas.

Un par de criadas, que habían sido testigos de la tensión entre Lucenya y Aegon, comenzaron a hablar en voz baja, intercambiando miradas furtivas cuando no pensaban que las escuchaban.

— ¿Has visto? — murmuró una de ellas mientras colocaba las cortinas en el dormitorio de Lucenya. — No ha manchado las sábanas ni una vez. Y ya han pasado semanas desde que llegó aquí.

La otra criada asintió, su rostro marcado por una expresión de preocupación.

— Yo también lo he notado. No es normal que después de tanto tiempo no haya señales de... bueno, ya sabes. Tal vez está embarazada. ¿Crees que podría ser?

La primera criada frunció el ceño, mirando de reojo a la puerta de la habitación de Lucenya. No querían ser escuchadas, pero la duda las carcomía.

— Tal vez, pero ¿por qué no nos ha dicho nada? Si estuviera esperando un hijo del príncipe Jacaerys, no dudo que lo hubiese mencionado, incluso con la situación que atraviesa.

Ambas se quedaron en silencio, un nudo de intriga y miedo creciendo en sus corazones. La idea de un embarazo sembraba más preguntas que respuestas. Si Lucenya realmente estaba esperando un hijo, eso podría cambiar todo. Quizás sería la razón por la que Aegon la había traído a Desembarco del Rey, y por la que, a pesar de las circunstancias, su cautiverio no había sido tan doloroso como parecía. Quizás Lucenya no había sido simplemente una prisionera; tal vez había sido la clave para algo mucho más grande.

La criada más joven suspiró, sintiendo la necesidad de compartir su inquietud.

— No sé qué pensar. Pero lo cierto es que hay algo en su mirada... algo que cambia cuando hablamos del príncipe Jacaerys. Y si está esperando un hijo suyo...

— ¡Calla! — susurró la otra criada, asustada. — ¡No digas eso tan alto! Si alguien escucha…

Pero era evidente que el rumor ya había comenzado a tomar forma. En los pasillos de la Fortaleza Roja, las criadas no podían evitar hacer especulaciones sobre el estado de Lucenya, sin saber realmente qué ocurría.

Mientras tanto, en su habitación, Lucenya estaba sentada junto a la ventana, mirando el horizonte con una mirada perdida, como si intentara encontrar algún tipo de respuesta en el vacío del cielo. Desde que había llegado a Desembarco del Rey, todo había sido un torbellino de emociones, de traiciones, de confusión. Su amor por Jacaerys seguía ardiendo en su pecho, pero la distancia entre ellos, la traición que sentía, y las palabras de Aegon seguían resonando en su mente.

El amor que ella pensaba que nunca podría perder comenzaba a desdibujarse, y en su lugar, algo nuevo parecía crecer dentro de ella. Algo que no podía comprender completamente, algo que no esperaba. Pero algo que empezaba a hacerse presente con fuerza, aunque no se atreviera a enfrentarlo aún.

Lucenya levantó la mano y rozó su vientre en silencio. La duda que había comenzado a instalarse en su mente se multiplicaba con cada día que pasaba. ¿Podría estar embarazada? No podía estar segura, pero el cambio en su cuerpo, en sus emociones, había comenzado a ser evidente. Había retrasos en su ciclo, cambios sutiles que, por un momento, había tratado de ignorar. Pero ahora, con el paso de los días, ya no podía desentenderse de la posibilidad.

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