Capítulo 3: El Tesoro del Ciervo Blanco.
I.
La máquina que bombeaba oxígeno a la máscara de su anciano padre resonaba con estertores mecánicos. Hace una semana que permanecía postrado, y la sonda conectada a su cuerpo estaba repleta de orina. Luis esperaba pacientemente que el tanque rebose para cambiarlo, era el último aliento que le quedaba al hombre que alguna vez fue Manuel Felipe Rojas, el controversial Brujo de Angostura... Hace un par de décadas, aquel brujo negro recopiló en sus robos magistrales estanterías de libros esotéricos, yesos de Santos y amuletos variopintos; pero, con el padecer de su crónica enfermedad... fue vendiendo cada uno de sus preciados volúmenes y piedras preciosas, reduciendo sus rentas y atormentando su existencia.
El pequeño Luis Clavijo escuchó unos toques del portal, y Manuel abrió sus ojos cansados para dirigirle una mirada lóbrega.
—Ese debe ser mi maestro—dijo con voz queda, ahogada por el resoplido del oxígeno...
Luis descubrió a un hombre alto de rostro cruel, vestido con túnica morada y un fajín oliva. La nariz aguileña, la calvicie insipiente y el rostro tosco y mal afeitado... enmarcaban unos ojos grisáceos tan profundos como abismos de cielo estéril. Llevaba alpargatas, pulseras de Orishas en las muñecas, anillos con símbolos cabalísticos y un pesado rosario de piedras negras al cuello. Su mano derecha de dedos ásperos reposaba en un Yaguatero: un bastón mágico relacionado al chamanismo y la santería. La cabeza del cetro era un cráneo felino pintado con rayas azules, naranjas y verdes... ribeteada con garras de tigre y crestas dentadas.
Luis sintió una opresión en el pecho al contemplar la imponencia de aquel individuo, que se movía y escudriñaba al mundo con una sabiduría indescriptible... y una antigüedad indescifrable.
—Señor Nicolás Fedor—Manuel hizo un esfuerzo desmedido por erguirse, pero no lo consiguió...
—Reposa, Manuelito—proclamó el brujo con una voz profunda y arenosa. Sus dientes eran largos y amarillos, y las arrugas en sus mejillas se contraían cada vez que abría la boca—. No te queda mucho tiempo.
Manuel tosió, y levantó sus manos envejecidas para acomodarse la máscara del respirador. La enfermedad de su padre había granjeado toda su vitalidad y lucidez... Desde que tenía memoria, Manuel Felipe Rojas siempre fue un hombre viejo y robusto, de rostro redondo pero cuajado de arrugas y pelambre nívea. Ahora, después de años de terapias químicas, costosos medicamentos y dietas privativas... era un esqueleto andante de ojos hundidos. La fortuna que recabó en su afanosa vivencia como brujo malicioso se había perdido en decadentes despilfarros...
Al entrar en el humilde departamento, Nicolás hizo una reverencia a la estatua de San Ismael que reposaba en una esquina, y miró de reojo la cuña azabache que su padre resguardaba en el altar junto a gruesos velones de cera verde e imágenes sagradas de personajes divinos que obraban en nombre de la salud: José Gregorio Hernández y la Virgen de Coromoto. Aquel peñasco con forma de cuña era el tesoro más valioso del Brujo de Angostura, Manuel Felipe Rojas, pues las líneas geométricas y fantásticas talladas en su relieve evocaban magias inmemoriales...
—Vine a buscar el Catán de Guacaipuro—dijo sin disimulo—. Estoy consternado por el hecho que vendiste tu traducción del Libro de los Grillos, pobre alma torturada... y temo que también perdiste el Escudo de Páez.
—Luis—lo llamó su padre, y cuando este se acercó... le pasó una mano temblorosa por la cabeza—. Hijo mío... Fuiste un milagro, perdóname por haberte fallado.
Luis negó con la cabeza.
—Voy a curarte, papá. He estudiado tus libros, y descubriré una medicina...
Manuel sonrió, con las comisuras debilitadas. Una lágrima minúscula rodó por sus ojos hundidos... y su pecho se infló para proferir un estertor.
—Ve con Nicolás, conviértete en su aprendiz...
—Y regresaré para que te levantes de la cama.
—Eres un muchacho tan bueno—Manuel cerró sus ojos para descansar, aún respiraba—. No dejes que nadie te haga llorar...
—Papá...
Nicolás Fedor extrajo un tabaco de su túnica y caminó con andar sereno hasta el yeso de San Ismael, para poner el rollo en la boca del Santo y encenderlo con un yesquero... Tomó el Catán de Guacaipuro y regresó al portal del departamento. Miró por última vez las estanterías, portaban libros, pero los huecos delataban los de mayor valor, subastados en el mercado negro. Los fetiches mágicos en su mayoría eran inútiles baratijas...
—Vámonos—ordenó con voz imperiosa—. Manuelito tiene que descansar.
Luis apretó la mano fría de su padre, y le dio un beso en la mejilla.
—Te prometo que regresaré, papá.
Cerró la puerta del departamento angosto, y siguió al hombre que bajaba por las escaleras. En su bolso tricolor de la escuela pública empacó su libreta de garabatos, lápices, unas escasas mudas de ropa, la imagen de la Virgen y el Nuevo Testamento de bolsillo que encontró en el parque. No quiso abultar el equipaje, porque aunque tenía diez años... era enclenque y diminuto para su edad: apenas llegaba al metro, y sus miembros eran como pitillos. Razón por la que los niños de zapatos caros lo perseguían y le tiraban piedras.
Nicolás Fedor lo esperó ante una carroza negra de vidrios ahumados, el hombre era sumamente alto y recto. Mascaba el Chimo mentolado, esperando que Luis bajase. No hizo ningún gesto para llamarlo, pero sus ojos hipnóticos se clavaron en la fragilidad de sus hombros y las costras en las rodillas que asomaban bajo los ruedos de sus pantaloncillos descoloridos. Echó un vistazo al departamento agrietado de aquel barrio de mala muerte, y su vista recorrió las calles desoladas, recortadas por parques de columpios rechinantes y toboganes lacerantes. La sucesión de edificios decrépitos eran madriguera de drogadictos, lacras y brujos negros arruinados...
El vidrio del conductor se bajó con un sonido de succión, y el aire frío le acarició el rostro bronceado. Una visión desconcertante lo extrañó: el conductor era increíblemente peludo, y sus largos brazos asían el volante. Sus pequeñísimos ojos denotaban un fuero animal, y sus labios pintados de carmín se contraían en una mueca grotesca que mostraba sus dientes planos en un amago de sonrisa cordial. De no ser por los moños rojos y el abrigo de lana, Luis no se enteraba que aquel era un chimpancé amaestrado.
—Ella es Martha—dijo Nicolás, abriendo la puerta de la cabina de pasajeros—. Sube, tenemos mucho camino que recorrer... Apenas es Domingo de Ramos, y según la tradición, las ruinas de la Hacienda Arco han aparecido en lo profundo de la Montaña del Sorte. Debemos llegar con prontitud, porque aquello se convertirá en una batalla campal por el tesoro que el Brujo escondió en su cenit. Todo se alineará a nuestra voluntad, nos resguarda el más grande Señor de la Magia Negra que haya existido en Venezuela...
El interior de la limosina era moderno y acolchado. Nicolás Fedor respondió una llamada que alumbró una pantalla táctil junto al posavasos que hervía una taza de café. Luis alcanzó a leer el nombre de Rómulo Marcano, y su mente se llenó de emoción cuando el brujo levantó un auricular conectado al teléfono del automóvil en movimiento.
—Buenas tardes, señor Presidente—respondió, cruzando los dedos con el bastón mágico en el regazo—. No, no podré dirigir este Viernes Santo la ceremonia del Holocausto al Moloch en su finca privada—asintió, cordial—. Gracias por el pésame, Manuelito fue un alumno constante más que brillante... y creo que eso es importante en el Camino del Hermetismo—escuchó largamente con un silencio pesaroso—. Sé que los siete niños arderán deliciosamente, pero afirmo que torturarlos antes del sacrificio liberará más energía... Su reelección estará asegurada para entonces—volvió a asentir en silencio—. Él regresará... y nos mostrará riquezas y conocimientos que la Herencia del Brujo sería incapaz de proveer.
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Sol de Medianoche
Roman pour Adolescents«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre... Se situa al pie de una montaña embrujada, y por el corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los homb...
