IV.

La Finca del Chaure ardía en monumentales marjales de combustión: las chozas lamidas por prostitutas amarillas, los cadáveres calcinados siendo consumidos por vampiros de flamas y los campos sembrados ardiendo en columnas infernales. El calor los golpeaba con rubor de cenizas... y las construcciones se venían abajo con el debilitamiento de su estructura ennegrecida.

Finch iba detrás suyo con el revólver cargado, y el lobizón pardo avanzaba con el lomo bañado en ascuas. Sam tenía la esclavina manchada de jolín y la túnica de satén chamuscada en varías partes tras la batalla. Consiguieron someter a los Essenes invadiendo su terreno junto al Culto del Shango. Los nigerianos resultaron ser diestros y belicosos, y la emboscada no demoró más de una hora de violencia tras el incendio inicial que aprisionó a los judíos.

Reunieron a los miembros amordazados frente a la Casona que coronaba la colina de la finca: golpeados, lacerados y tiznados de jolín. Sam le enderezó la cabeza a Issa, agarrando con fuerza sus mechones oscuros... El líder le lanzó una mirada desafiante, pese a su condición arrodillada, y Nelson le mostró los colmillos babeantes con un gruñido. Los hombres del Culto del Shango eran una procesión intimidante de mulatos severos, en contraste con su naturaleza juguetona...

Finch levantó su revólver, uno de sus ojos estaba morado y sangraba por el labio roto.

—¡Déjame abrirle un hueco en cada mano! ¡Este desgraciado no sé qué conjuró... pero, estuvo a punto de caer un aluvión de rayos sobre nuestras cabezas!

Issa escupió al suelo una flema sanguínea, le sobraron algunos dientes tras la paliza despiadada que Samuel le propinó.

—¿Quiénes son ustedes en comparación con Elohim?

—¿Por qué atacaron a los Blanco y robaron la Quintaesencia? —Dijo el pelirrojo, sondeando en las cavidades negras del líder judío—. ¿Por qué opusieron resistencia enconada y se niegan a contarnos sus secretos?

Los Essenes callaban, de rodillas, con el rostro hundido. Eran una docena de hombres ataviados con túnicas grises y símbolos judeocristianos... Ritchie permanecía en silencio, con la túnica ensangrentada por su hemorragia nasal. Nicanor emergió de la Casona portando sendas jaulas, cargadas por Culebra Sólida y Culo Hondo. Las descargaron ante Samuel, y Mojón de Goma forzó las cerraduras con ganzúas y dedos criminales. Las gatas aparentemente ilesas fueron liberadas, pero seguían adormecidas por somníferos.

Don Nicanor se limpió el polvo de la túnica.

—No encontramos ningún frasco o indicios del Ritual Invocación.

—No encontrarán nada porque no concertamos una invocación—sonrió Issa, con los labios manchados de sangre—. Se trata de un procedimiento incapaz de ser replicado por taumaturgos de su nivel. Hemos resucitado al Salvador de la Humanidad. Aquel que estudió las Ciencias Ocultas y entendió los Grandes Misterios, logrando trascender al Pleroma Divino. Usamos la Quintaesencia para crear la Carne y la Sangre de un homúnculo para servir como Receptáculo...

Las orejas de Nelson se erizaron, al tiempo que el rumiar bajo sus pies los desconcertó. El fuego se avivó con un silencio violento, soplando una ventisca inusitada. Desde la colina avistaron las columnas de llamas que ascendían en huracanes endiablados... retorciéndose con formas serpentinas y draconianas. El cielo oscuro se inundó de formas terribles parecidas a murciélagos rabiosos portando viejos manuscritos encuadernados en pieles grotescas... La noche se llenó de gritos de locura con el advenimiento de aquel terror sobrenatural que manaba de las fosas inhumanas de la desesperación.

La voz gutural impregnó el espacio con un escalofrío general.

—Jesús los ha abandonado...

Sam se giró para contemplar con horror aquel espécimen descarnado de músculos escarlatas y rostro negro de ojos refulgentes... Todo su campo visual se oscureció en un silencio perenne de indescriptible terror, puesto que aquella transfiguración abominable de las pesadillas lo encaraba con pensamientos mortecinos. Era como verse en un espejo macabro: la piel desnuda mostrando los músculos y las falanges, los intestinos colgando del vientre sanguíneo y las costillas sobresalientes de los costados como alas sangrientas. Mechones de pelo rojo sobresalían de su cráneo encarnecido. El rostro era un misterio: una máscara negra sin expresión ocultaba su mandíbula y dientes triangulares... Los ojos sanguíneos brillaron con malignidad, como si aquella reencarnación mefistofélica pudiera sondear en lo recóndito de sus memorias para juzgar sus pecados.

Pensó en una Imagen Elemental con el corazón encogido, y cayó de rodillas al sentir un peso abismal aplastando sus hombros. Se postró ante aquella figura sangrante, con miedo de levantar los ojos... Mirando fervientemente sus pies tiznados de negro: músculos, tendones y falanges carmesíes en toda su cuerpo. La piel no terminó de formarse, estaba incompleto.

Issa se levantó, con los ojos como platos, y recortó la distancia para postrarse ante el horripilante ser.

Sam sudaba a borbotones, no quería levantarse, y de reojo, observó a todos de rodillas... en un coro atemorizado que rodeaba al ser que surgió de las tinieblas. Issa extendió las manos en postura de veneración, y... repentinamente, se deshizo en una montaña negra que enrojeció al instante. El Culto de Essenes proclamó a grandes voces, mientras los demonios con alas de murciélago descendían en picada... abriendo sus pronunciados picos con chirridos aterradores. La carnicería que tuvo lugar a continuación fue indescriptible y horripilante: los Essenes fueron despedazados uno a uno hasta que sus restos desmembrados y vísceras malolientes regaron la tierra. La noche se llenó de alaridos, sonidos húmedos de succión y el masticar de picos ensangrentados. Uno de los pajarracos de alas correosas se posó a su diestra, lo olisqueó con su morro hinchado y carnoso, y echó a volar tras ser reprendido.

Los pies sangrantes dejaron huellas rojas en el camino hasta llegar a Samuel... y aquel ser nauseabundo esperó pacientemente que el pelirrojo levantara sus ojos. No podía mirarlo sin sentir arcadas de repulsión. Los pajarracos sobrevolaban el cielo nocturno en una desbandada sacrílega de gárgolas infectas... Y una luna roja asomaba entre las cordilleras montañosas de capullos gangrenosos.

El ser proclamó una blasfemia en su lengua ininteligible, y extendió una mano a Samuel... El joven la tomó, dudoso, era tibia y húmeda. Se incorporó ante su progenie: el homúnculo que nació de su semilla... El olor ferroso de la sangre se mezclaba con un almizcle aromático de sándalo y canela. Miró sus ojos sin párpados, y descubrió la mirada castaña rojiza del espejo. La pupila sanguínea, adornada de rayas oscuras y motas doradas...

—¿Quién eres?

—El Rey de los Demonios—dijo con voz rasposa y afligida. Pudo apreciar los músculos y tendones de su cuello desnudo—. El Taita de estas tierras... y Gobernante del Inframundo Terrenal—hizo una reverencia—. He nacido de tu sangre, y he servido en mi propósito... usurpando un cuerpo sin alma que provino de ti—hizo un gesto, mirando a todo el Culto de Shango, a Finch y Nelson—. He vuelto a resurgir en este mundo—la benevolencia de aquel Rey parecía fingida, cual dramaturgo homónimo—. Los dioses han muerto, y nuevas encarnaciones se han levantado de sus cenizas. El Pleroma Material está desordenado. Pero, existe uno de «ellos» muy cerca... confinado en un cascarón de carne infecta desde el inicio de los tiempos tras la Creación del Velo.

Sam estiró la mano ante aquella figura esquelética y sanguínea de su misma altura y proporciones, pero tanteó el vacío... porque había desaparecido en un parpadeo. El negro cielo estaba desprovisto de vida... El Culto de Shango se levantó para aplaudir ante el espectáculo macabro, susurrando chismes. ¿Quién sabe adónde fue a parar aquella encarnación del Demonio Antiguo que rigió estas tierras cuando aún no era robado el Trono del Diablo? Las Ataduras Terrenales que evocaron los Essenes no evitaron que ascendiera del Inframundo aquel ser sobrenatural de una época pretérita...

Sol de MedianocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora