V.
—El aire de lluvia huele a huevos podridos.
El cielo encapotado reflejaba matices de austeridad sobre los tejados de palma y las casas barrocas de barro. Las calles de tierra encharcadas se deshacían en surcos de tintáceas úlceras. Los gemidos agonizantes que desprendían los ventanales eran perentorio de un sopor febril en aquella prefectura de muerte y cólera. Las calles desbordaban de raquíticos vagabundos, que se desvanecían en charcos pútridos de infección. Aquel pueblo fantasmal poseía una extensión de una centuria de chozas destartaladas, empobrecidas y malolientes... rodeado de escarpadas montañas cortadas por cúmulos de impenetrable niebla. Un riachuelo fluía a través del ensenado desagüe de letrinas y fosas comunales... desprendiendo una pestilencia agria.
Las nubes del cielo eran gruesas cortinas de algodón que escondían la luz del sol, y daban al desolado pueblo un aspecto epidémico y atormentando. No había animales domésticos, y los cadáveres se podrían en callejones a rebosar de moscas virulentas.
—El Libro de la Lengua Negra narra la leyenda del Mago de la Cólera—Sam se cubrió la nariz, escondido detrás de la chimenea sobre un tejado de paja húmeda—. Un curandero del siglo diecisiete conjuró una plaga de cólera para castigar a quienes lo desobedecían... Brotes de enfermedad diezmaron poblaciones, sembrando el infortunio y la muerte en este país diminuto—entornó los ojos, concentrado—. Este mago extendió su Dominio Terrenal, encerrando a sus enemigos en este nefasto ajuar—el almizcle del aire era dulzón y mohoso—. No ingieras nada de este lugar, ni te acerques a los enfermos... Y por nada del mundo te toques el rostro. Desconozco las leyes que rigen este Dominio—Sam se quitó la camisa, y el frío le heló la piel pálida de las costillas... cubierto de barro seco y polvo. Desgarró la tela y se sirvió de largos trozos para anudar cubrebocas bien ceñidos a su nuca y de la chica—. Mierda, Donna... Estás hirviendo.
—Tú también tienes fiebre.
Sam notó el sudor bajando por su cuello, y los escalofríos que golpeaban sus pies y manos como agujas. Donna le apartó los mechones pegados a la frente.
—Tienes el rostro amarillo...
—Debemos haber pescado la plaga al entrar al Dominio.
Los cadavéricos enfermos deambulaban por las calles enlozadas con un andar desgarbado y macilento, las ropas podridas pegadas a la piel pálida y el rostro hundido en una delgadez repulsiva. Caminaban con los ojos vacíos, babeando, desprendiendo un aroma nauseabundo a orines, excrementos y vómito. Algunos tropezaban con el lodazal y se derrumbaban como marionetas sin vida, otros agonizaban dentro de las chozas o se adentraban en callejones para abandonarse al regocijo de la muerte. Niños descarnados y semi desnudos roían la basura, y monjas zarrapastrosas recogían agua contaminada en cubetas mohosas. Todo hedía a putrefacción, enfermedad y ruina... bajo una lúgubre neblina que discurría bajo las chozas como los tentáculos seculares de un monstruo indescriptible.
—Samuel...
Sam se giró para abrazarla cuando el aire electrizante osciló y la choza de madera podrida se estremeció ante el embate de presión que azotó su estructura. El techo se vino abajo, y ambos jóvenes rodaron en su caída por el erial en una pesadilla narcótica. Más allá de los tejados, las fuegos celestes y los relámpagos verdosos resplandecían... proyectando sonidos indescifrables y quejidos inhumanos. Aquellos cuerpos animados por la colerina se estremecieron con espasmos, y echaron a correr en aquella dirección...
—¡Samuel! —Donna se levantó con un grito cuando una sombra blanca pasó por encima de ellos...
Sam se levantó de un salto, pateando un estomago desnudo con un chasquido de piel y girando en un descenso para terminar con un derribe que enganchó las piernas de aquella amorfa masa de carne leprosa. El cuerpo se derrumbó en el lodazal, y Donna tiró de su brazo a medida que corrían con los zapatos hundidos hasta los tobillos. No quiso mirar atrás, porque se sentía perseguido por decenas de cuerpos putrefactos... escuchando sus pisadas rumiantes y sus estertores jadeantes. Atravesaron callejones empantanados, vagando en una ciénaga de casas derruidas... escuchando destrozos a lo lejos y la sinfonía del crepitar de las llamas al consumir la paja mohosa de los tejados. Aquel cruento fragor resplandecía con haces vigorosos de plasma candente y estallidos de neutrones. Corrieron a través de grutas repletas de cadáveres que se levantaban tras un letargo incontable... bordeando chozas y sus habitantes necrófagos. Callejones atestados, calles ciegas y casas comunales repletas de moribundos... formando una muralla de carne enfermiza y purulenta, que latía y avanzaba a un ritmo repulsivo.
Sam aferraba con fuerza la mano de Donna, como si fuera el tesoro más precioso del universo...
Los techos volaron en trozos con estallidos huecos, y el cabello se le llenó de astillas. Espabiló, petrificado por una sensación de hormigueo en su columna. Algo descomunal e irracional se aproximó a velocidad desorbitada... La pulsación sónica hirió sus oídos con un zumbido, y el estallido que siguió al trueno por poco lo lanzó por los aires. Las chozas a su diestra se evaporaron en una nube de escombros, envolviendo cuerpos y destrozando todo a su paso con una embestida elefantina de cientos de estampidas invisibles. Fue como el pasar de una locomotora de aniquilación frente sus ojos, arrastrándolo todo en una vorágine indescriptible. Sam seguía paralizado de estupor con Donna pegada a su hombro, a unos escasos centímetros de sus pies... todo desapareció dejando una gruesa franja de escombros desperdigados y cuerpos desmembrados. Miró aquel sendero recto de destrucción, y divisó a la rubia Sena Fonseca con la varita en alto...
El cuerpo de una monja se estremecía a su costado, con las piernas convertidas en polvo rojizo.
Sena lanzó un floreo con su varita de espino, y el haz de partículas ionizadas se desprendió de la punta con un crepitar... bañando una sarta de figuras semidesnudas que se lanzaban a ella con las manos crispadas y las bocas infectas abiertas, abiertas, abiertas. Los cadáveres reanimados estallaron en trozos con los torsos reducidos a montículos de polvo... Rápidamente, se vio rodeada de cuerpos que brotaban de las casas a raudales, pero las Sonetistas Mariann y Verónica la secundaron, disparando candentes descargadas de quintaesencia ionizada y pulsos compuestos por cúmulos de vibraciones... descuartizando y carbonizando hasta los huesos a los cúmulos de enfermedad que los rodeaban. Las tres sombras de ropas oscuras desprendían luces nítidas con floreos, giros y movimientos gráciles...
—Cerdos acaparadores—el escalofrío recorrió su espina cuando aquella voz profunda lo sorprendió. Sam se giró junto a Donna y contemplaron al portento mago de holgada túnica rojiza y yelmo de gallina, resplandeciente de oro bruñido—. No teman, no os dañaré—su tono era inmutable, con un inconfundible acento español—. He venido a advertiros que no pueden confiar en los demonios de la Isla Esperanza. Sus palabras están envenenadas: harán caromomia con sus carnes y usurparán sus mentes para robar sus recuerdos. Los Oráculos del Mundo Onírico vaticinan que el final de nuestra era humana será su consecuencia...
—Jesús Herrera nos advirtió de la Cumbre Escarlata—replicó Sam, escéptico—. Ambas cohortes esotéricas son dos caras de un mismo mundo corrupto... El Misticismo está podrido hasta la médula, y los Cultos de Hechicería desgajados en todo el globo son un reflejo de la vanidad y el egoísmo humano. ¡No queremos más sermones!
El mago asintió, severo. Su yelmo de gallina lanzó reflejos auríferos, destellando con influjos nítidos desde la cresta picuda hasta el pico protuberante y aguileño.
—Sin amores, no rencores.
El Gallo de Oro miró el suelo, al charco de agua sucia que se extendía a sus pies... y como si descendiera por una escalinata de cristal a las tinieblas impenetrables del Inframundo, desapareció en su reflejo acuífero. Primero metió los pies, luego el torso y finalmente su yelmo dorado se hundió de forma maquinal en el espejo de líquido hasta que el reflejo quedó completamente empañado por la turbulencia. La oscuridad cayó por medio segundo como un telón, y lo golpeó una sensación electrizante detrás de los ojos. Como si despertase de un sueño prolongado, Sam abrió los ojos y se encontró de pie... aferrando la mano de Donna en la verja pétrea de aquellas ruinas innominables junto a las mujeres de gabardina negra. Había anochecido, y la luna gibosa bañaba con su luz crepuscular las copas de los árboles en aquella cima montañosa de monolitos antiguos y semiderruidos.
—Se lo llevaron—Sena frunció sus finas cejas y arrugó su nariz respingona. Parecía escuchar una voz fantasmal que le susurraba al oído... Una cacofonía que llegaba hasta sus cerebros desde el vacío lejano—. Los magos negros del Culto del Moloch irrumpieron en el escondrijo, rompieron la Atadura del Ciervo Blanco y robaron el tesoro de Nicolás Curbano. ¡Pero... no era la Tabla de Hermes, no! ¡Era otra reliquia de impensable presagio! ¡Los Dioses sabrán qué harán con el poder para alcanzar la divinidad en manos humanas ansiosas de apoteosis! ¡Estuvimos cuatro días atrapados en el Dominio Terrenal! ¡Es Domingo de Resurrección por la noche!
ESTÁS LEYENDO
Sol de Medianoche
Teen Fiction«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre... Se situa al pie de una montaña embrujada, y por el corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los homb...
