Capítulo 10: El Culto del Meridiano.

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Capítulo 10: El Culto del Meridiano.
I.
El yelmo de Lobo Sonriente ocultaba el rostro de aquel hombre de larga túnica negra, ceñida con correas oscuras y brazaletes. Lo vio recorrer apaciblemente los robustos naranjales del jardín. En el aire eran quemados hongos secos y hierbas alucinógenas, los matorrales del suelo se retorcían como enredaderas de gusanos... y las nubes adquirían tonalidades morbosas en extraños remolinos. La figura esotérica giró su cabeza al escondrijo de María... y ante el espetón de una ventolera... desapareció, como una estatua de arena barrida por un soplo divino.
María sintió la tensión en su cuerpo ser violentamente reemplazada por un escalofrío. Salió de su escondite con el corazón encogido, y siguió a la procesión que subía la colina... Una turba encapuchada de túnicas negras y atavíos ceremoniales, reunidos el primero de junio para establecer un portal energético. Los braseros quemaban abundantes hierbas purificadoras, y las velas aromáticas en los altares impregnaban el aire con delirio. Las estatuas de Santos escudriñaban aquel mirador con ojos muertos, fumando e ingiriendo alcohol espiritual con sus bocas artesanales. Era un espectáculo pagano y ancestral, que latía en el interior de sus células como un recordatorio de los albores de la civilización...
La procesión se reunió en torno a una empalizada, donde se levantaba una figura horrible y antropomorfa de cinco metros, parecida a un buitre cornudo, en cuya espalda se desprendían alas deformes como costillares. Sus brazos torcidos se anteponían en una postura altanera, e... invocaba cierto ritual con sus ademanes malsanos. Aquella masa homogénea de cuerpos envueltos en tela oscura y collares de hueso, rendían pleitesía con una venia sacrílega a la deidad del altar. Desde el fondo del mirador, como una aparición del anochecer que nacía del corazón de las tinieblas... el Lobo Sonriente, de yelmo plateado y andar pulcro, fue asistido por un redoblar de aplausos en su ascensión al altar.
—Ante Dios y el mundo—pronunció con voz de trueno—, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad.
María se estremeció ante la gravedad y la distorsión de la voz que fluyó de la máscara. Era como escuchar a una legión de demonios componer un soneto inmundo... Los brujos tocaron tambores, maracas y charrascas en conmemoración a su creencia, y la noche se infundió con un aura de hechicería innominable. Creía contemplar un espectáculo horroroso de palabras indescriptibles, sacrificios de animales y ungimientos de sangre... en petición a la escultura que fue encendida por llamas cáusticas y gloriosas.
Las chispas saltaron con un crepitar atronador, y el humo arcaizante subía en jirones, llenando el espacio con un mesmerismo y un fulgor insólito. Se alzó una oración, pronunciada en voz baja por un centenar de labios, que llegó flotando a ella como un cántico. La deidad horripilante ardía en su altar de fuego y cenizas... Las voces se unieron en una sinfonía inenarrable que caló hasta sus huesos con un terror espectral.
—Creo que la mente del hombre contiene la mayor de las fuerzas, que el pensamiento es una de las mayores manifestaciones de energía. Yo creo que el hombre que entiende el uso de la fuerza del pensamiento puede hacer de si mismo prácticamente lo que quiera—las llamas se avivaron con el pronunciamiento de estas poderosas palabras, que operaban en regiones esquivas bajo leyes incognoscibles—. Yo creo que no solo es un cuerpo sometido al poder de la mente... sino que también puede cambiar el medio ambiente, su suerte o circunstancias por medio del pensamiento positivo tomando el lugar del negativo. Creo que los pensamientos son cosas y que la ley de atracción en el mundo del pensamiento atrae lo que uno desea obtener. Yo creo en el evangelio del trabajo de la fuerza de acción. Creo en el yo al igual que en el Yo Soy.
La hoguera chisporroteo con una lengua de fuego avivada por un ímpetu desconocido, y la figura se cubrió con una columna de llamas candentes. El calor subió con tentáculos invisibles de ondulaciones, y las formas grotescas inundaron de júbilo a los brujos. Entre ellos debían coexistir estudiosos herméticos Essenes, partidarios de las enseñanzas zoroastrianas y miembros de la Sociedad Sarmoung que estudiaban los Misterios de las Estrellas. Su padre había investigado las tribulaciones de estos círculos esotéricos, y su conmemoración en Montenegro...
—Soy grandiosa como el universo poderoso—murmuró María para sus adentros—. Decreto energía femenina...
El demonio que adoraban era una de las miles de formas que tomaba la Entidad que se escondía detrás de la Constelación del Dragón, en su cúmulo ignominioso de nebulosas y estrellas oscuras. Las encarnaciones de este ser del caos primordial consumirían las constelaciones hasta devorar a la Vía Láctea en una conjunción de oscuridad, y los iluminados trascenderán a un reino gobernado por leyes inhumanas y viscerales. El Culto del Meridiano era más antiguo que la escritura y las civilizaciones modernas...
Según los documentos recopilados por Jesús Herrera, la veneración y el temor a esta deidad se remonta a las tribus agonizantes que convivieron con otras especies homínidas y terroríficas. Se encontraron imágenes indescriptibles en cavernas subterráneas, pintadas con cinabrio durante la época más oscura de la Humanidad... cuando el hecho de extinción era una incertidumbre estacional. Los hombres y mujeres de todas las eras han adorado con infundado sopor esta representación de la Muerte: una inminencia de la oscuridad que envolverá el Universo. El consumidor de estrellas, plasmado con decrepitud en los Manuscritos Malditos de la Creación como uno de los Grandes Misterios...
La procesión bajó del mirador en una turba con dirección a las criptas de la inmensa casona. María se escurrió por las enredaderas de las enramadas como una forma del crepúsculo, vestida con gabardina oscura y sombrero de ala ancha. Y mientras seguía a la multitud, notó a una figura alta de vestimenta oscura y cabellera castaña rojiza. Era un hombre pálido con sombrero de copa y ojos... horriblemente brillantes y refulgentes como pozos de sangre. La sensación que la invadió al contemplar aquella figura era indescriptible: fue como un baño ardiente de cera derretida. Su olor a canela quemada le irritó las fosas nasales. No era una criatura enteramente humana, presenciaba un cuerpo sin alma... Era tremendamente parecido a Samuel Wesen, solo que su mascarada parecía completamente desprovista de emociones.
El hombre fue el último en entrar a la casona, miró por encima de su hombro en dirección a María, y desapareció detrás del umbral. Debía ser el padre de Samuel, las similitudes eran extraordinarias y aquellos rasgos, inconfundibles. María esperó diez minutos, y se decidió a entrar por el portal con el corazón en las manos. Atravesó el portal y descubrió un interior terrorífico y antiguo, una pieza adornada con muebles de piel y pinturas horripilantes de criaturas inefables. Las numerosas habitaciones parecían desocupadas, pero el clamor de voces provenía del subsuelo como un latido lejano... Bajó las escaleras del fondo para descender a una cripta alargada de túneles fríos. Sospechaba que el origen de las desapariciones se encontraba en aquel mausoleo, y que al avanzar encontraría las respuestas del Mal que operaba en los rincones tétricos de Montenegro. La razón de la desaparición misma de su padre...
Siguió aquel barullo gutural de sonidos con una mano pegada a la pared pétrea de la cámara, y giró por una bifurcación a un pasadizo débilmente iluminado por lámparas eléctricas. Vio un portal cerrado, y una hendija que dejaba escapar todo el sonido de la orgía demoníaca que tenía lugar en aquel sepulcro. María tanteó en la aparente penumbra, con el único anhelo de avistar lo que se escondía del otro lado del cerrojo... Los gritos ahogados y los festines de sangre. Los rituales al Moloch y los Dioses Muertos, los sacrificados ante altares negros por el Culto del Meridiano... El secreto de la desaparición de Algarrobo y la profanación a la montaña cometida por Enrique Palacios y su cohorte de magos negros...
María escuchó un resuello y un olor putrefacto cayó sobre ella. Dos manazas gigantescas se aferraron a sus hombros y la levantaron de un tirón... Lo último que escuchó antes de estrellarse con la pared más cercana fue un ronquido, y un dolor la hizo doblarse en el suelo. Había chocado con la pared de tierra, y se retorció sin aliento con el corazón acelerado. La sombra alta y pestilente la miraba con un rostro flácido y demacrado. La ausencia de vigor en su fisonomía la hizo enterarse de que presenciaba el caminar de un cadáver reanimado.
—¿Marcus? —María tosió con los riñones adoloridos, incapaz de levantarse.
El cadáver no era otro que el desaparecido policía Marcus Blanco, que se descomponía visiblemente con los ojos cegados y los gusanos saliendo de su nariz. Llevaba una batola negra ceñida con cordones, y un aspecto macilento como un muerto sin cerebro. María se irguió, adolorida, cojeando, e intentó huir... pero al dar un par de pasos, sintió que tiraron de su cabellera y le dieron vuelta. Luchó con brazos y piernas para zafarse, pero sus esfuerzos eran inútiles contra la errática e insensible forma que la aferraba. Unos dedos fríos se cerraron en su garganta, y mientras se ahogaba... contempló una boca cruel y negra que se abría con un gorgoteo.

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