III

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III.

—Samuel—Donna frunció sus finas cejas con las orejas enrojecidas—. Yo…

Antes de que pudiera hablar, Sam la interrumpió con un abrazo… y con eso fue suficiente para apaciguar todo el dolor que hervía en su pecho. Desde que la vio entrar a la tienda se paralizó, y un ardor recorrió sus intestinos como lombrices de fuego… hasta que consiguió levantarse e ir a estrecharla contra su pecho.

—Donna… yo…

—¿Ya te olvidaste de mí?

—Sí… pero nunca sufrí tanto al despedirme—sintió un nudo en la garganta—. Solo quedan nuestros ojos a solas, en el silencio del tiempo.

Su olor a almizcle de aceites exquisitos, sus cabello rizado y la blancura de sus mejillas… la fragancia de la chica lo envolvía, y su calor era indescriptible. Le apartó un mechón del rostro con una caricia, y sonrió ante el fulgor tibio de sus ojos trémulos. Donna era mimosa, regordeta y risueña… El azabache de sus ojos asemejaba el pelaje de un gato negro, y los reflejos nítidos de su cabello eran magistrales ondas rojizas de candor inocente.

—Te quiero—dijo—. Te recuerdo, te repaso y te extraño con cada célula de mi cuerpo…

En el ventanal que exhibía las mercancías, el bohemio de su padre escribió un poema en letras rojas:

«En los campos de algodón…

Yo di mi vida por la tuya, y ambos desaparecimos en el incendio del verano».

—Eso quería decirte—la chica frunció sus labios—. Creo que deberíamos ser solo amigos…

No quiso terminar aquel abrazo, pero Donna se escurrió de su pecho con una mirada inefable que describía un paisaje de ensueños y torturas. Las estanterías los vigilaban con silencios intelectuales, y el frescor de la ventilación se vio interrumpido por una bofetada de calor que provino del exterior cuando varias sombras entraron a la tienda. Era Miércoles Santo, y no esperaba recibir clientela a mediodía. Aquellas tres mujeres risueñas vestían con gabardinas negras, guantes de gamuza, botas altas y sombreros de ala ancha. Una sensación electrizante lo azotó desde las puntas de los pies hasta la espina dorsal, en el momento que cruzó miradas con cada una de ellas…

—Buenas—dijo una jovencita rubia muy guapa de ojos cerúleos. Sus rasgos finos contrastaban con una ausencia intolerable de emociones en la musculatura de los ojos… pero, sonreía honradamente—. ¿El hombre que se hace llamar Freduar Wesen?

Sam se adelantó ante Donna, no sabía qué lo ponía tan nervioso; el acento dulzón o el perfume de aquellas gorgonas misteriosas. Una de ellas era sumamente alta, quizás la mujer más alta que haya visto en su vida: más de dos metros, y de una delgadez enfermiza… La heterocromia en sus ojos convertía su mirada en una quimera extraña: un ojo azul hielo y otro verde como el jade… que sondeaban en lo profundo de su mente como sorbiendo sus pensamientos. La tercera era morena y taciturna, pero la mudez en su semblante lo horrorizó…

—Mi padre no está…

—¿W-13? —La sonrisa de la mujer alta era irónica—. Creí que los homúnculos no podían concebir…

—Verónica—sonrió la rubia, lanzando destellos sanguinarios de sus ojos espectrales—. ¿Qué es el alma? ¿La Vía Óctuple nos conducirá al Nirvana? ¿O seremos carcomidos eternamente por el fuego eterno del Infierno? Sabes muy bien que los clones que creyeron ser personas originales… se suicidaron ante la incomprensión del espíritu. Toda la Corte reconoce la afición de Frederic y Eduardo por los experimentos referentes al enigma de la conciencia—le dedicó un vistazo a Samuel—. Tenemos ante nosotras el Experimento del Alma.

Sol de MedianocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora