II.
La clase de matemáticas había terminado y el profesor robusto de rostro fruncido guardó sus carpetas y marcadores en su maletín negro de banquero. La hora del receso comenzó, pero aquellas últimas semanas decidió quedarse dentro del salón de clases para meditar y leer entre sombras; aún no trababa amistad con nadie. Existía cierta rutina al timbrazo de la campana del descanso entre clases, la mayoría del alumnado desaparecía por el portal para zamparse un refrigerio en la cantina o sumergirse en habladurías imprudentes y juveniles. El profesor generalmente seguía este púlpito de jóvenes con una sonrisa de frustración. Pero, existía una cohorte particular de desdichados renacuajos que se rehusaban a saltar fuera del estanque, luego de que el zorro de agua y las luciérnagas desaparecieran en la espesura; Sam era uno de eso renacuajos, aislados por elección propia en un presidio de soledad.
La rutina era monótona y aburrida, aunque confusa. A veces sufría mutaciones significativas... Finchester era el último en salir: se sentaba al fondo, rebuscaba algo entre sus zapatillas negras y se perdía el resto del receso. Patricia y Ronny solían hablar en susurros y sonreír, algunas veces salían y otras se quedaban en un rincón a intercambiar fluidos sin discreción; algunas veces los envidiaba, y otras no los soportaba. Daniel iba y venía como un sapo acalorado que teme perder el estanque por escasez de memoria...
Ana se juntaba con un grupo de amigas cáusticas: Bianca y Soledad; ambas morenas de cabello rizado, salvo que la primera era pecosa y la otra de nariz respingona. Una de ellas le preguntó si quería ser su sirviente, pero Sam no la entendió, y la chica puso los ojos en blanco mientras su compañera rompía en carcajadas. Violeta, la novia de Ezequiel, a veces prefería quedarse en el salón y evitar el calor o la lluvia... y acariciaba un mechón de su cabello mientras escuchaba con indiferencia a su chico hablar cualquier cosa. María se aislaba y comenzaba a garrapatear diagramas con su lapicero.
Una de las ventajas de pasar tanto tiempo en la invisibilidad, era el aprender a leer a las personas que te rodeaban: escuchar sus deseos y miedos; saborear sus sueños, sentir sus amores y padecer su frustración. Todos los seres humanos eran sacos de emociones, que se movían y gritaban, y reían y lloraban... Y esas canciones reflejan una profunda tristeza e insignificancia. No habría dos poemas similares, cada uno se escribía día a día sin interrupción... Unos versos podrían ser más hermosos que otros. Algunas veces se escribían con sangre y lágrimas, y otros ratos... con lápices de colores. Pero lo más importante es nunca dejar de escribir, porque... uno nunca sabe cómo será su último poema.
Nelson, el moreno velludo que se sentaba al lado suyo, desaparecía tan pronto como la campana sonaba. No sabía mucho de él, salvo que era problemático, y vestía uniformes gastados y zapatos destrozados. No le gustaba la forma en que el moreno lo miraba, y siempre que lo buscaba con los ojos, este esquivaba y contenía la respiración.
Aún no conocía al que todos llamaban «Presidente», pero debía ser una persona fantástica con un artefacto mágico para solventar cualquier problema. Todos querían ir a su despacho, pero siempre estaba ocupado. Se decía que su contribución al colegio lo eximía de responsabilidades escolares, pero que asistía regularmente a intensivos y exámenes para mantenerse al día. Era un muchacho de quince, se decía que la regordeta y rara Mariann fue su novia un tiempo, y escuchó acerca de los preparativos para el Gran Reventón organizado por los Jinetes del Fin del Mundo que acontecería antes de Navidad.
María se sentaba detrás de él con la nariz hundida en bosquejos, solía dibujar con sus gruesos lentes culo de botella manchados de lapicero y carboncillos. Su mirada hosca lo aterrorizó, y cada vez que reparaba en su espesa cabellera, recordaba un animal salvaje contoneándose entre la maleza.
Ese fatídico día se rompió la monotonía a la que Sam se había acostumbrado: Finch permaneció demasiado tiempo en el fondo, rumiando entre cavilaciones; Patricia y Ronny no asistieron a clases, todos creían que se fugaron juntos al llano; Violeta contrajo catarro y Ezequiel la abrazaba, el clima estaba templado por la época septembrina; María bostezaba con el rostro somnoliento e intentaba dormir, pero el traqueteo incesante de las ventanas no la dejaba descansar; Daniel estaba nervioso, sentado junto a Sam. Tenía un mal presentimiento, como si pudiese vaticinar el caer de un rayo.
Ante un advenimiento de locura, Daniel se levantó y Sam encogió la nariz en la mesa del asiento, escuchando el rasguido de las uñas de María sobre el asiento. Las tres señoritas de la esquina: Ana, Bianca y Soledad; callaron en el momento que Daniel trancó la puerta con los ojos inyectados en sangre. El golpetazo fue tan fuerte que un silencio funesto se elevó desde un precipicio...
Ezequiel, inquisitivo, se levantó del asiento.
—¡¿Te volviste loco?!
Daniel lo señaló con un dedo regordete y soltó una risita maliciosa.
—¡Te dije que me iba a vengar!
Sam tembló, nervioso, y sintió su corazón retumbar... Intercambió una mirada con María y sintió horrendas ganas de salir precipitado hacía lo profundo de la atmósfera, o de ser realmente invisible. Finch soltó una carcajada y se reclinó en su asiento con las manos en la nuca.
Vio a Ezequiel cruzar el salón con cuatro zancadas furiosas y agarrar a Daniel de la camisa, tirando de él tan fuerte que un botón saltó.
—¡¿Todavía piensas que Violeta va a querer estar contigo?!
Daniel miró a Violeta, que quería desaparecer, y levantó su rostro afligido y enrojecido ante el imponente Ezequiel. Su rostro dejó de estar hinchado, pero las marcas de los golpes no habían desaparecido.
—¡La conozco! —Exigió el joven de ojos oliváceos—. ¡Fuimos amigos cuando estudiamos en primaria! ¡Ella no quiere estar contigo! ¡Ella merece ser feliz!
Finch soltó una carcajada y gritó a todo pulmón:
—¡¿Y qué hay de tu felicidad, animal?!
Daniel lo ignoró, con las arterias del cuello a punto de reventar.
—¡¿Crees que con cartitas y dando lastima ella se va a enamorar de ti?! —El rostro del matón fue más de lástima que de conflicto—. ¡Toma!
Y le hundió un severo puño en el ojo, Daniel se tambaleó como un viejo en patines y resbaló de costado. Ezequiel se irguió todo lo que podía con cara de pocos amigos... Violeta sonreía con malicia, y las chicas estaban pálidas. María esperaba, impaciente... y Sam frunció los labios con las manos entrelazadas. Daniel merecía esa paliza, pensó, le costaba ponerse en el lugar del joven... ¿Meterse en una relación por amor? Si Daniel amaba de verdad a Violeta, su amor de la infancia, ¿por qué dejarla en ridículo? ¿Por qué seguir dedicando cartas y tiempo por una chica que ni siquiera lo estimaba? Pero el rostro del joven fue de súplica, llanto y desilusión... Violeta soltó una carcajada al verlo llorar, y eso lo resquebrajó.
Daniel comenzó a gritar, y su llanto fue incontrolable.
—Pobre criatura—Finch bajó la voz y suspiró profundamente—. Yo pienso... que, en dosis incorrectas, el amor deja de ser un remedio y se convierte en un veneno.
Ezequiel se lamió los labios, su mirada grasienta recaía en el miserable que lloraba desconsoladamente en el suelo, en medio del pizarrón, y se acercó débilmente para ayudar a levantarlo. Sam escuchó un tronar de huesos, y las ventanas se estremecieron con una vibración extraída de un temporal fuera del espacio... Como si los dioses que tejen la realidad hubieran azotado el cuero de un tambor. Sus oídos zumbaron, y vio caer el pesado cuerpo de Ezequiel contra la pared contigua. El joven abrumado emitió un chasquido al impactar y se retorció en el suelo...
—No—Finch frunció el ceño, pálido—. Yo me voy...
Daniel estaba de pie, atento a un punto del firmamento, lejano, escondido por la techumbre. No notó que Finchester lo escudriñaba como si viera un demonio, y salía escopetado del salón de clases... El joven regordete tembló, y sus ojos se pusieron en blanco. Las tres chicas se levantaron, cabizbajas, e intentaron imitar a Finch en su huida, pero... las mesas y las sillas se elevaron medio metro y cayeron con estrépito, expulsando a todos de sus asientos con un pandemonio. Las luces parpadearon y Daniel se retorció, convertido en materia: un receptáculo de espíritus inmundos.
Sam había saltado del asiento, con las piernas temblorosas, y notó el desorden en que se convirtió el salón cuando estalló el caos. Ezequiel logró levantarse... y Daniel lo señaló con una mano, fue entonces cuando sus pies se desprendieron del suelo y el joven flotó unos centímetros, oprimido por cientos de manos fantasmagóricas. No era Daniel, su rostro y su semblanza cambió abruptamente; su presencia se convirtió en un caleidoscopio demencial...
—¡Daniel! —Gritó Violeta, con lágrimas en los ojos—. ¡Detén esto!
El joven torció la cabeza de forma grotesca, espumarajos blancuzcos brotaban de su boca y sus brazos se retorcían como serpientes. Las chicas estaban llorando en un abrazo piadoso... Daniel levantó una mano encrespada y lanzó a Violeta hasta el fondo con un aullido abominable. Ezequiel se elevaba contra la pared, tirado por hilos translúcidos y gritando de dolor. María se agitó en el suelo, nerviosa, sudando por el sofoco, se paralizó ante la impresión de supremo horror cósmico y negó, pálida, con las piernas cubiertas de papeles.
Daniel abrió su boca como una caverna negra, y un rugido atronador hizo estremecer las ventanas y los goznes del salón.
Bianca cayó desvanecida, Soledad y Ana la tomaron en brazos llorando.
—¡Daniel! —Sam se sorprendió gritando, con las manos extendidas y las piernas rígidas—. ¡¿Qué fue lo que compraste?!
El joven tembló, y cierto fulgor purpúreo impregnó sus ojos... Negó con la cabeza y gritó, despavorido. Sam sintió que una corriente eléctrica entraba por sus pies y salía por la punta de sus cabellos... y una ventisca lo azotó. La camisa se le salió del pantalón y el cabello se le revolvió. Daniel estaba poseso, era el recipiente de un espíritu inmundo... Sam no podía pensar, cerró los ojos con las manos extendidas y gritó a todo pulmón:
—¡ADONAI, JIRET!
Daniel calló y retrocedió, asustado. Sam se irguió, insuflado por una fuerza impropia, y siguió repitiendo los nombres del Tetragrámaton dibujado en el letrero de su tienda. Se sabía de memoria algunos fragmentos de oraciones en latín garrapateadas en las paredes del local, y las anunció como si fueran conjuraciones inenarrables de un hechizo invencible. El poseso siguió retrocediendo hasta que se encontró con el pizarrón, y cayó de rodillas intentando gritar y taparse los oídos. Sam continuó las plegarias, aunque su fe en Dios fuera escasa... recordó el Avemaría y el Padrenuestro, y los exclamó en español. Las palabras salían de su garganta en torrente, y sintió el paladar adolorido... Afuera se desató un aguacero, y los relámpagos cegadores caían subrepticiamente. Ezequiel cayó al suelo y todos se retiraron a una esquina, como animales asustados. El poseso tembló con las manos en la cabeza, en pose de frustración. Sam se detuvo, bañado en sudor frío y embotado por el esfuerzo sobrehumano al que sometía su cuerpo y mente.
—¿Cuál es tu nombre, demonio?
La voz que emergió del pecho de Daniel fue rasposa, metálica, etérea y aterradora. Su sangre se coaguló en carámbanos y la piel se le erizó...
—Soy el Demonio del Meridiano, aquel que mora en la Tierra del Silencio.
Sam retrocedió, asustado y se le evaporó la última gota de valor. Creía que era un demonio mudo, pero se había encontrado contra un muro repulsivo de llamas infernales. Negó con la cabeza, y estuvo a punto de desmayarse... Tropezó y sintió que caía atrás, pero unas manos lo sostuvieron y una mata de espesos cabellos negros azotó su hombro. La chica de gruesos lentes lo sostuvo con firmeza.
Sam abrió su boca para replicar:
—¿Qué te hará salir, demonio?
Daniel tembló, y haciendo un esfuerzo desmedido para imponer su voluntad ante el usurpador... levantó un brazo fofo y señaló una de las mochilas desperdigadas en el suelo. Era la suya. María no lo pensó, saltó y abrió esa mochila para extraer una desvencijada y ennegrecida tabla de Ouija. La tabla poseía el alfabeto latino y llevaba dibujado con tinta el mismo diagrama que detalló en el baño: la estrella de nueve puntas y los jeroglíficos horripilantes.
El poseso soltó un grito, a un parpadeo de convulsionar... Y vio a María colocar la tabla contra la pared en posición oblicua, y romperla de una patada. La delgada y vieja madera cedió, y se partió en trozos con un chasquido seco que dejó escapar un hedor avinagrado. Un relámpago cayó muy cerca, y la luz blanca los cegó... Por un momento, Sam creyó distinguir a un hombre altísimo, cuya cabeza deforme era un miriápodo de patas retorcidas y colmillos inyectados de veneno; vistiendo una túnica grasienta y llevando en su mano huesuda un grueso libro. En sus oídos resonó el rumor de cientos de grillos y bichos nocturnos...
Y Daniel cayó al suelo, desmayado.
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Sol de Medianoche
Teen Fiction«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre... Se situa al pie de una montaña embrujada, y por el corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los homb...
