IV.
Alejandra levantó el pesado libro de tapa pétrea. El Gran Grimorio del Dragón Rojo apestaba a amoníaco y sus páginas manchadas de tinta escarlata describían pasajes de locura...
Los Arciniega habían pactado con el Culto de Shango para unificar los conocimientos Yoruba con el grimorio robado de los Archivos Secretos del Vaticano. De la mano de Antonio Venitania de Rabina, este opúsculo contenía una extensa compilación de los secretos africanos del Vudú Negro en rituales de Pactos con el Diablo. Los adeptos se vistieron para la ceremonia, y los Arciniega los imitaron con ostentosas túnicas de satén rojo y turbantes pulcros.
Nelson esperaba en medio del círculo oval, contemplando el candelabro de llamas hirvientes que flotaban sobre los ríos de cera derretida. Sus tíos Juan y Claudia cedieron los terrenos del rancho tras la muerte del abuelo para la Invocación de los Potestades de la Montaña del Sorte. Sus primos quizás hubieran desalentado aquella bestialidad, pero sus tíos estaban desesperados y la sanidad de su abuelo William se deterioró con el clima templado hasta que sus pulmones fallaron.
El moreno permitió que aquel culto sembrase sus plantas en el rancho y se dedicara a la construcción de chozas y cabañas para el alojamiento de sus miembros. Sus tíos adoptaron la religión Yoruba con sorprendente rapidez: la Santería afrocubana en comunión con creencias católicas y cristianas les resultó familiar. El rancho se dedicó a la veneración de Santos y Orishas, en ceremonias vulgares dedicados a la naturaleza, el desarrollo de la persona y el «Conocimiento del Yo».
Don Nicanor Ochoa era el líder de aquella rama. Un culto más antiguo que la conformación de las modernas naciones. Todos creían que él era la reencarnación celestial del «Dios de la Lluvia». Los adeptos aseguraban que tenía el poder de controlar la lluvia y los elementos. Su Orisha era el Dios que le daba su nombre, y le ofrecía sacrificios mensuales de gallinas blancas. Según el anciano que se sentaba cada tarde a enseñarle los Grandes Misterios a los aprendices, los Orishas eran una especie de Entidades Santas gobernadas por la Regla de Ocha. Cada Orisha representa una Potestad con personalidad y naturalezas excéntricas.
Los Orishas son Protectores de la Salud, Paz y Abundancia. Se representan como las distintas manifestaciones de la naturaleza, presentes en todas las esferas de la vida; venerados a través de rituales y sacrificios. Cada individuo tiene un Orisha o «Patrón», con el que se identifica, elegido mediante el Rito de Recepción, donde el hombre o la mujer se transforma en el Hijo de la Entidad.
Alejandra y numerosos miembros procedentes de ciudades vecinas eran Hijos de Shango, y veneraban al Dios del Rayo en un templo que construyeron en su honor con ladrillos de adobe. Otros eran Hijos de Elegua, el Señor de los Caminos: adoradores de un pequeño de piel morena y ojos azules. Según los relatos, este Orisha era juguetón y travieso... encargado de abrir y cerrar los Caminos del Destino, y de proteger al ser humano de los peligros de la vida. Lo llamaban el Mensajero de los Dioses, un ser Sabio y Divino, y le ofrecían huevos, guineos y nueces como símbolos de fertilidad y prosperidad.
Sus tíos hicieron el Ritual de Recepción para ser apadrinados por Santa Bárbara, una de las más importantes deidades de la Regla de Ocha. Madrina de la Ciencia y Protectora Armas. Esta entidad fuerte y poderosa era asociada con la verdad, lealtad y justicia. El altar que adornaban con velas rojas poseía el símbolo del rayo y la espada. Su tía le regaló una imagen de Santa Bárbara para que siempre la llevase consigo, participando pasivamente en las ceremonias... siendo rociado con sangre de bovino y recibiendo una cruz húmeda en la frente de parte de Don Nicanor, y varios azotes de transformación que molieron su espalda.
La construcción del templo no demoró más de un mes, y la inauguración se retrasó cuando Don Nicanor fue secuestrado en medio del ataque golpista dirigido por el Ejército de Dios. Como candidato fuerte del nuevo Partido de María Lionza, los Apóstatas los atacaron cuando hacía acto de presencia sobre una tarima, proclamando su discurso de unión y fortaleza para Montenegro... cuando se vieron rodeados por cristianos encolerizados a medida que el cielo rugía con ventarrones y relámpagos virulentos. Una furia divina acompañó al ataque de la turba religiosa. El culto Yoruba se defendió como pudo... pero se llevaron a Don Nicanor arrastrado en un charco de sangre mientras descendía una tormenta insalvable.
Nelson se enteró por su tía. Ahora, el culto que había permanecido neutral a la contienda... se revolucionó iracundo como nómadas en una tierra ajena. Aquel era el último recurso del Culto del Shango: un libro antiguo que uno de sus miembros robó hace una década con insuperables dificultades de la Biblioteca Privada del Vaticano. El Grimorio del Dragón Rojo era santuario de un poder indescriptible y peligroso que partía de las negras raíces africanas que dieron tradición a los albores de la civilización. Las fronteras limítrofes atravesadas por los aborígenes durante las decenas de miles de años de rituales mágicos yacían plasmadas en aquel opúsculo. Los agravios inhumanos del chamanismo empírico y caprichos divinos... conformaron un manual de farmacología e invocaciones indescriptibles que se remontaba a un universo pretérito y caótico, dominado por el inexpugnable horror cósmico de las entidades atemporales.
Alejandra pregonó una sarta de palabras irrepetibles con los ojos en blanco. El libro en sus manos se estremecía con vida propia... Aquella siniestra evocación despertó un síntoma de incomodidad en sus intestinos. El cielo gemía de dolor con lágrimas repentinas... y suspiros de fuego. Sopló una ventisca sin voz, y un sol negro asomó a través de las nubes grisáceas con perturbación. Su cara ardía, de rodillas durante la ceremonia, y el olor ferroso le impedía despejar su preocupación. El Culto del Shango esperaba pacientemente con los ojos cerrados mientras eran lamidos por lengüetazos demoníacos.
Nelson sintió que una energía lo atravesó, y abrió los ojos ante un relámpago tórrido... Lo que contempló lo hizo gritar y perder la cordura por unos instantes: Alejandra se retorcía como un cadáver empalado atravesado de cuajo desde la ingle hasta el pescuezo... se había arrancado la piel en tiras de músculo y la sangre ante sus pies formaba un charco oscuro.
Gritó, asustado, y a su lado miró el cadáver de su tío Juan: se lo estaban comiendo vivo entre seis individuos que mascaban sus intestinos y desprendían la carne de sus huesos. Aquella orgía de sangre reinaba bajo un cielo de caos apoteósico de remolinos negros y relámpagos pálidos que describían una canción horripilante que perforaba profundamente hasta sus huesos. Se estaban devorando como animales rabiosos, sedientos de sangre y ansiosos de dolor. Cuando sintió un mordisco caliente en el hombro... perdió el control y se transformó, desgarrando la túnica y convirtiéndose en una masa de pelaje pardo y músculos potentes.
Saltó en medio de una marea de cadáveres ensangrentados y bebedizos sanguíneos... mientras caía sobre su lomo una lluvia fría acompañada de aturdidores truenos que dejaban sus orejas zumbando de aflicción. Los cadáveres se lanzaron a él en medio de la tormenta inescrutable, una docena de manos lo aferraron con uñas afiladas y bocas purulentas hincando los dientes en su pelaje. El lobizón chilló de dolor, meneando el cuerpo y zafándose de los agarres bruscos y las dentelladas... El frenesí caníbal lo envolvió con una nube de desesperación. En su boca entró la insípida sangre humana, y todo su pelaje se manchó de escarlata hediondo... Las figuras humanas desaparecieron cuando respiró un aire sulfúrico y caliente. La lluvia de plata encendió su pelaje... y un rugido aterrador caló hasta el tuétano y vibró en sus entrañas. El suelo se estremeció, supurando grietas... y la sensación en su cerebro de que un titánico animal en las cavernas subterráneas despertó para diezmar la superficie, le infundió un supremo horror.
Los árboles se balancearon como columpios, y el templo se vino abajo con una sepultura de adobe y argamasa. Los cadáveres poseídos levantaron un millar de manos ensangrentadas de huesos triturados... y sobrevino una tempestad de azufre e incienso ardiente. El rugido volvió a estremecer el suelo con espasmos de tortícolis... y el vapor mefítico emergió de las entrañas del subsuelo devorando la vida.
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Sol de Medianoche
Roman pour Adolescents«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre... Se situa al pie de una montaña embrujada, y por el corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los homb...
