VI.

—¡Samuel! —El rostro taciturno de Finchester flotó hasta él como un susurro estival—. ¡Samuel!

Su cuerpo adherido al árbol se mantenía en una postura dificultosa y álgida: la piel embadurnada de sabia nacarada y las ramas tiernas enredadas en sus costillas. Un nudo de caña se cerraba alrededor de su cuello como manos estranguladoras. Andrés sostenía la Mano de Orula, con el dedo guía apuntando al árbol de flores marchitas y tronco retorcido cual tornillo que crecía junto al pozo de agua contaminada.

Finchester comenzó a cortar las raíces que ceñían sus articulaciones con una navaja plegable. Andrés extendió el resto de dedos, y se apresuró a conjurar un Soneto de Liberación en latín litúrgico mal pronunciado.

—Déjenme acá—suplicó con voz ronca...

La reverberación ascética convocada por la voz de Andrés se interrumpió, y Finch apretó la mandíbula.

—¡No digas estupideces! —Prosiguió en su empresa minuciosa de rebanar los anacardos y los retoños cárnicos que apresaban sus miembros.

—Es mi culpa—bajó la mirada al suelo cenagoso—. ¡No debieron venir! El profesor Rafael está muerto... Luis fue desechado cruelmente, y Dios sabrá que ocurrirá cuando el Negromante llegue a tierra—las lágrimas se escurrieron de sus ojos martirizados—. Yo... no quiero seguir viviendo.

Finch terminó de podar los nudos, pero se mantuvo unido al tronco mullido como un Cristo moribundo incapaz de bajarse de la cruz: había enflaquecido espantosamente, y la sabia destiñó sus ropas... Los moretones en su rostro sanaron con desgana, y la constricción en sus muñecas tatuó horribles cardenales en la piel lechosa. Los jóvenes lo desprendieron de aquel calvario en vilo, y lo depositaron de costado... debilitado y enfermizo.

—Mira, Samuel—Finch removió los trozos de madera crujiente pegados a la piel de su espalda—. No soy quien para pedirte que sigas viviendo... Pienso que cada cual decide cómo y cuándo terminar su existencia—frunció los labios—. Pero sí mueres...¿quién me va a limpiar el culo cuando los drogas me hayan frito el cerebro?

—Creo que Finch tiene razón—Andrés le arrancó dolorosamente una raíz aferrada al lumbar—. Alguien te quiere muchísimo... y vino desde muy lejos para ayudarte.

La gata blanca bajó de los hombros de Finch y aterrizó frente al rostro macilento de Samuel, posando las patas rosáceas sobre su nariz. Los ojos cerúleos del felino resplandecían de tristeza, y su lengua áspera lamió los restos de sabia en sus mejillas.

—¡Lo siento! —Otro acceso de llanto volvió a congestionar su habla—. Te fallé, Donna. Mi corazón está hecho pedazos, y es incapaz de amar. Te seguiré lastimando... con mi falta de querer. Debí pedirte que te alejes de mí desde hace mucho. Soy un tipo frío y vacío, y no quiero lastimarte.

La gata le pasó la lengua áspera por los labios resecos, y se acurrucó bajo su cuello. Notó la humedad creciente en el fango donde estaba hundido, y el agua que subía de los niveles inferiores de la pirámide...

—Es tarde para renunciar—Donna olía a aceites exquisitos—. Me enamoré de tu alma...

Sam reunió fuerzas para levantarse, y Finchester lo ayudó a incorporar su cuerpo. La locomoción le fue posible a sus piernas debilitadas, pero sentía el corazón pesado y sus órganos faltos de oxígeno. El agua comenzó a subir, y los jóvenes decidieron ascender del interior penumbroso de aquella cámara ceremonial por escalones circulares a los pisos superiores de la pirámide.

—Bienvenido—le dijo Andrés, ayudándole a subir los escalones—. Pesas como una liebre...

Arriba, el fulgor de los relámpagos impregnó el aire con una pestilencia química a ozono y metal derretido... El humus que cubría las superficies se endureció con súbitos arrebatos de vapor. El Negromante no tardó en sublimar la descarga de partículas ionizadas con un movimiento en abanico de su Yaguatero de la Muerte... dispersando una reverberación implacable en detrimento de las energías eminentes de aquella sinfonía espectral.

Sol de MedianocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora