II.
—El cadáver apareció despedazado—María puso una mano sobre su mesa de trabajo—. Estaba triturado: lo despedazaron de cabeza a estómago, a medio devorar.
—¿Y qué? —Sam frunció el ceño—. Fue solo un perro...
—¡Los gatos están desapareciendo desde que comenzó octubre! Más allá del bulevar se extienden los límites de la ciudad, y siempre han habido gatos callejeros vagando en los parques...
—Que bueno... Eran una plaga.
—Y no es solo eso... ¿No escuchas las emisoras? —Sam intentó ignorarla, pero la chica no daba su brazo a torcer—. La estación del pueblo narra los sucesos del día, y las noticias de los periódicos hacen un llamado de alerta. En un rancho del Barrio Porvenir, la zona marginal... Un intruso mató a todos los animales de una calle con el mismo patrón de mutilación. Una semana después, en una granja cercana, al otro lado del bulevar de la Calle Piedad, una de las vacas fue despedazada por un animal extraño. ¡Podría tratarse del chupacabras en Montenegro!
Sam se levantó del asiento, con el uniforme celeste un poco arrugado, y salió del salón de clases. María lo siguió, insistente. La última quincena había sido extraña, una actividad inusual se removió bajo las dragas del pueblo. Se decía que un culto de magos negros se estableció en la Finca del Chaure, colgando un portaestandarte con dicha lechuza mítica, augurio de muerte... y que celebraron un aquelarre bicentenario la Víspera del Día de la Raza, conmemoración de muertes y tragedias. Los magos que frecuentaban la Finca del Chaure asistirían a su vez a las peregrinaciones de la montaña durante el Día de Todos los Santos.
Montenegro aparentaba cierta impermeabilidad a las circunstancias esotéricas que acontecían, y no los habitantes corrientes no le daban importancia a las apariciones avistadas en la Plaza Bolívar, cerca del Malecón; y los gritos a lo largo del bulevar, entrada la noche negra. Aquellas formas de neblina flotaban en el aire, y desaparecían con el parpadeo de los faroles.
En lo profundo del Barrio Porvenir, entre los ranchos y las fincas campestres de rústica vivencia, se contaban historias de fantasmas que regresaban a Montenegro durante la época de la magia y los espíritus a través del Bosquecillo Encantado. Aquella zona indomable era el epicentro de leyendas urbanas, gobernada por lomas de vegetación espesa, comenzaba desde el Bulevar de la Calle Piedad y los conjuntos de casas que se abrían paso entre la maleza para reclamar los dominios del hombre, siguiendo la vieja carretera que conducía a Chivacoa; y llegando al extenso Barrio Porvenir... dentro del terreno abandonado se podían sentir los embates de la superstición y lo indescriptible.
Durante años, en aquella infesta selva, regida por los mosquitos y las lamias, fueron avistaron excursiones de brujos y cacerías de duendes. Acercarse a aquel paraje era pescar una maldición, esculpidas en barro o en altares a deidades oscuras que obraban en fronteras ignominiosas... para erradicar males y sortilegios. Entre los árboles tupidos y las coníferas, se podía sentir el flotar de una maldad supurante proveniente de fosas de vapor: altares de piedra, casitas a Santos, vírgenes enterradas, alineaciones concebidas en rituales, ofrendas a los genios y seres terribles... Sombras descarnadas en el fondo de las canteras. Los animales huían de aquella reserva temible, y más aún, los seres humanos se extendían en torno al bosquecillo, encerrando el supremo horror en un círculo hermético; cuyo corazón era la abominación de un ancestral cementerio indígena, en cuyo apogeo se celebró un pacto satánico durante la fundación del pueblo.
Desde principios del mes, los habitantes del bulevar—aquellas edificaciones modernas que se alzaban sobre las lomas de la Calle Piedad—, en el centro del pueblo; temían el ronquido de una horquilla que se estremecía en las noches de abundante ventisca con el chirriar de madera envejecida... y, en medio de la noche o a la temible Hora del Diablo, se escuchaba, imponente en el silencio furibundo, un hachazo seco y sonoro que retumbaba a lo largo del bosque sin nombre. Los habitantes del Barrio Porvenir, al oeste del pueblo, sufrían el mismo desorden cacofónico, fumando tabaco y prendiendo velas a Santos para alejar al espíritu que esgrimía el hacha asesina. La situación no pasó de mera superstición, hasta que una desaparición asustó a la población rural: un recién nacido fue extraviado de su cuna, y su progenitora, angustiada, confesó escuchar el carcajeo de un pájaro demencial que irrumpió en la casa durante la madrugada. Sumado a eso, los brotes de adicción a los opioides iban en aumento con la apertura de las fronteras brasileñas...
Recordaba a los policías que visitaron la tienda esotérica en busca de protección, pero ahora... El joven vino solo, con el uniforme celeste del cuerpo policial, los pantalones azules y las botas pulcras. Llevaba en el cinturón una pistola negra y una radio... La gorra con el emblema policíaco le confería un aspecto intimidante.
—¿Tú eres Samuel, no?
—Sí, señor—había limpiado las vitrinas y barrido el suelo—. ¿Busca a mi padre?
—No, te buscaba a ti.
Se paralizó, asustado, fingiendo audacia con el mentón levantado. No quería que se le fuese la confesión, y el policía notó esto con rostro divertido. En su pecho se leía el nombre «M. Blanco». Y recordó su nombre...
—¿Marcus Blanco?
—Sí, así es... ¿Estudias en el Colegio Bolivariano?
—Sí...
—¿Qué sabes de drogas?
—¿Drogas?
—¿Has visto a alguien consumiendo o te han ofrecido? —Marcus le sonrió, tenía un rostro fresco y juvenil de ojos castaños—. Esto será confidencial, y ayudará a combatir el tráfico de drogas en tu institución. Necesitamos erradicar el consumo de estupefacientes en los jóvenes.
Sam frunció los labios. Pensó en Finchester, y en que llevaba una semana de faltas en la asistencia.
—Lo siento, señor—negó con la cabeza—. No sé nada. En cuanto a las drogas, sé... que debo mantenerme alejado de ese mundo.
Marcus no dijo más, pero Sam reconsideró el hablar acerca del muchacho que huía de clases y se sentaba en el estadio de béisbol abandonado para fumar y hablar solo, como un loco. Solía ver a Finchester en las gradas, bajo la techumbre herrumbrosa del estadio vecino... El joven delgado apestaba a tabaco y químicos, y su aptitud era borde y cínica. No parecía un misógino o un misántropo, pero muchas veces lo vio llorar en su soledad cuando no sabía si otro cigarrillo o un tiro en la cabeza era su mejor medicina. A veces murmuraba lucubraciones a los vasallos de su castillo en el cielo... y otras deambulaba por los corredores del colegio como si huyera de fantasmas. Finchester escondía un secreto oscuro...
Sam se adelantó a las rápidas piernas de María, y cruzó por el amplio corredor que conducía a los baños, adyacentes al plácido salón musical que estaba de descanso... y una voz lo llamó por su nombre. Se topó con un joven rubio de ojos amarillos...
—Samuel Wesen—lo llamó, con una sonrisa. Llevaba el uniforme celeste, era delgado y rostro refinado... No parecía latino—. ¿No me conoces, cierto?
Sam se acercó a aquel despacho con las manos a la espalda, y María se posó a su lado. El joven debía ser un año mayor que ellos porque era un poco más alto, y olía a perfume de naranja. Su cabellera dorada relucía reflejos cenizos, y cuando hablaba, exhalaba un aire de benevolencia bendita. Del despacho salió una joven morena con cara de inocencia y cabello rizado, era delgada y sus ojos oscuros, propensos a una malicia desbordante.
—Es el Presidente Gerardo—dijo la morena. La reconoció: era Andrea Túnez, de la otra sección—. Estábamos planeando las Fiestas Navideñas de Montenegro, pero Jesús le contó al Presidente de lo ocurrido en tu salón y quiere hablar contigo.
El rubio sonrió, tenía el rostro lleno de lunares tan negros como la oscuridad.
—Es verdad—le hizo una seña—. Quisiera hablar contigo.
Sam miró a María, y entró a solas con el Presidente... Se sentaron en un pequeño despacho con ventilación, y Gerardo lo recibió detrás de un escritorio colmado de papeles y lapiceros. Parecía muy joven para corregir todo ese papeleo, pero todo él exclamaba serenidad y pulcritud. Aunque, había cierta oscuridad en sus ojos dorados. Le pidió a Sam relatar su versión de la historia, y él solo se encogió de hombros, rectificando chismorreos y refutando algunas exageraciones. Samuel no recordaba la sombra alta que cruzó la habitación al momento del desmayo de Daniel, ni la luz rojiza que flotó en el techo según Ana al momento de un relámpago pálido.
Gerardo cruzó los dedos frente a su rostro y asintió.
—No puede jugarse con fuerzas que no se comprenden. Eres muy valiente, Samuel. No cualquiera se enfrenta a lo desconocido con tanta generosidad, Daniel puede ser difícil... pero no lo hiciste solo por él. Asumo que querías proteger a los que estaban contigo.
—No... bueno, sí—se sonrojó ante los elogios del Presidente. Siempre creyó que era una figura imponente y formidable, ajeno a los problemas cotidianos... pero era un joven amable y admirable—. Tenía miedo, usted sabe... Solo hice lo que vi en las películas que mi padre solía poner para trasnochar. Si puedo ayudar... entonces está bien.
—Quizás tú puedas ser el próximo presidente cuando ya no esté aquí.
Sam se rascó las orejas enrojecidas y carraspeó.
—No quiero, lo siento...
Gerardo dejó escapar una risita y desenvolvió un caramelo de menta para ponerlo bajo su lengua. Le ofreció uno a Sam, que imitó el proceso.
—Tú podrías ayudarme, Samuel—ladeó la cabeza—. Montenegro es un pueblo gobernado por las tinieblas y el crimen... Puede que no lo notes, pero cada uno de nosotros entre los Jinetes se ha unido para luchar contra la oscuridad. Desde que me nombraron Presidente... he querido lo mejor para la juventud de este pueblo: calles limpias, inclusión social, diversión sin conflictos y oportunidades para destacar. Los eventos de los Jinetes son mucho más que jerga y hedonismo: son carnavales para la felicidad y el amor. El amor es todo lo que necesitamos, es el remedio por excelencia... pienso que, con suficiente amor, un corazón alcanzaría la inmortalidad—el rubio decía cosas muy bonitas y sonreía mucho... Pero Sam conocía esa sonrisa forzada y, sintió melancolía—. Podrías ayudarme... como ayudaste a tu grupo. Pienso que eres el candidato perfecto... ¿Sabes lo qué pasa en Montenegro?
Sam sostuvo la mirada penetrante del Presidente por unos segundos, y bajó sus ojos ante el fulgor dorado que lo cegó.
—Yo creo que... Finchester vende drogas.
—Entiendo.
—Pero eso no es prueba suficiente. Es decir, puede que se las compre a alguien... Pero definitivamente, él usa drogas.
—¿Y por qué Finch consume sustancias?
—Creo que... se siente muy solo.
—Gracias, Samuel... Tienes el don del discernimiento.
Pero Sam no se sintió mejor al soltar aquella confesión, estaba abatido por tantas cosas que ocurrían... Que no sabía dónde comenzaba su concepción del mundo, y terminaban los sueños y los mitos. Su padre no había llegado a casa en una semana, y Melissa hacía los pedidos de tabaco, velas e indumentaria habitual a los surtidores. Debían hacer cientos de pulseras ornamentales con piedras preciosas, pero la fatiga lo carcomía. Aún pensaba y le daba vueltas a la desaparición de animales callejeros, que solo era cuestión de tiempo para que una persona fuera víctima de la criatura que rondaba el bosquecillo. Pensó en los gules, y que posiblemente los amigos que fueron piadosos con él, corrían peligro.
—¿Qué tienes, Sam?
—¿Has ido a la Finca del Chaure?
—Sí—la pelinegra acomodó un mechón detrás de su oreja—. Viví mi niñez en el Barrio Porvenir, en una finca campestre que tuvo mi familia... Hasta que nos mudamos al centro de la ciudad. Nosotros, los Blanco, tuvimos un enfrentamiento con los Arciniega... y la disputa escaló tanto que la mudanza fue el único remedio—Sam arqueó las pestañas al escuchar esos apellidos... Nelson, que llevaba una semana ausente, pertenecía a los Arciniega—. La Finca Chaure es una casona inmensa sobre una montaña que domina un paisaje agreste y fresco, rodeada de sembradíos de café, plátano y cacao. ¡Los caballos y las cabezas de ganado pastan en los matorrales rodeados de cercas infranqueables! Es inmenso y bellísimo... Tiene una piscina muy profunda, asaderos, un mirador con tarima para la música, un salón de baile, chozas privadas y bodegas. El sol del atardecer baña las techumbres de madera con fulgores rosáceos, y la casona de la colina despierta con bellas luces al anochecer, cual dragón adormilado. El club campestre fue fundado hace cien años por un hombre muy rico, que se dice le vendió su alma al diablo al encontrar unas monedas de oro enterradas en su rancho... y cuyos descendientes no vivieron lo suficiente para gozar las riquezas heredadas. A cambiado de manos a lo largo de los años: gobernadores, magnates, empresarios, alcaldes, artistas famosos y mafiosos... y siempre han ocurrido desgracias a sus dueños.
»Su último comprador es un misterio, se sabe que un grupo cuidador custodia la finca y cuida el ganado de los ladrones. Los criados limpian la casona y las cabañas, preparando todo para los retiros del culto a la finca y las fiestas que celebran durante fechas ignotas. Nadie corriente del pueblo ha entrado en la Finca Chaure en décadas, y se cuenta, que la maldición es más fuerte que nunca la Noche de Brujas, siendo presidio de los fantasmas errantes que murieron en su tierra.
»El rancho de los Arciniega es el más cercano a la finca, y esa gente miserable se las arregla para sobrevivir a orillas de un mal imperecedero. Creo que el viejo William Arciniega, sus hijos y nietos, siguen a la espera de una oportunidad para apoderarse de la Finca del Chaure; cual brujo que persevera en su llamado a los diablos. Sé por mi abuela, que viven en la espantosa pobreza, en un rancho viejo y mugroso donde crían gallinas y pescan en la laguna... y que son unas alimañas pedantes: el abuelo está viejo y enfermo, casi no sale de su aislamiento; Claudia es una bruja con cuerpo de sapo, y sus hijos son malandrines sin futuro; Juan es un alcohólico sin cerebro, y su hija Lucía está loca y se escapa de juerga cada vez que obtiene dinero de no sé qué medios—Melissa se mordió la lengua en su desahogo—. Lo siento, los Blanco odiamos a esas gentes que viven en la miseria. Mi abuela Diana supo que debíamos salir del barrio cuando los hijos mayores de William Arciniega... se mataron entre sí por una de mis tías.
Sam se mordió el labio inferior, no quería preguntar por Nelson. Melissa describía a esa familia con un sublime desprecio, y cada vez sentía menos respeto y cariño por su consideración hacía los que pertenecían a un estrato más bajo en la sociedad. Durante algún tiempo la tomó por mujer amable y comprensiva; femenina como una sacerdotisa... pero ahora, la veía como era en verdad, y le estaba dejando de gustar. Durante mucho tiempo creyó que las mujeres eran diosas incomprendidas, pero ahora sabía que todas eran lamias seductoras y chupasangre.
—¡Apareció en el periódico y dio mucho para hablar! —Melissa entornó sus ojos, oscuros y bellos—. Creo que el homicida se llamaba Joel... y huyó después de matar a su propio hermano. ¡Ay, mi tía Esperanza! Cayó en la locura cuando mi abuela le arrebató a su hijo y se los entregó a esas gentes... Quedó bloqueada para siempre, y vive encerrada en el Psiquiátrico Bolivariano de Ciudad Zamora como una lunática. ¡Y cuando se escapa es lo peor! ¡Se le van los tiempos y es un peligro! —Sus labios se unieron en una mueca de disgusto—. Los Arciniega son tan extraños... que siento que no son personas. Mi abuela suele reunirse con un hombre, un brujo muy poderoso llamado Saúl Túnez, mayor de una familia arraigada a las creencias esotéricas y devota a la metafísica.
»El Taumaturgo es un hombre viejo, aunque conserva la fuerza de la juventud en su cuerpo... Se había enemistado con sus hermanos menores: un presbítero y otro erudito de las ciencias ocultistas; y se trasladó de Chivacoa, ciudad vecina, a nuestro Montenegro. Tiene una hija, la cual quiso regalar a mi familia como criada... Fue hace pocos años, pero mi abuela se negó, dijo que no iba a compartir el secreto de nuestra familia. Aún así, el Taumaturgo visita a mi abuela para limpiar la casa de las fuerzas oscuras que arroja Claudia Arciniega y las otras enemistades; lee la cartomancia y exorciza a las ánimas conjuradas. A mi tío Marcus lo rezó cuando se graduó como policía de la Fiscalía: le insertó un trozo de ámbar en el brazo junto con una oración que lo protegería de las balas. Es un hombre poderoso, y sabe mucho de las artes oscuras... suele dejar a su hija, Andrea, una muchacha muy rara, en casa, y marcharse a países vecinos en busca de libros, pócimas y artefactos. Montenegro es extravagante...
»Aún no he subido la Montaña del Sorte como mis tías y primas, pero cuentan, que es una experiencia mágica e indefinible que cambia para siempre tu visión del mundo. Saúl Túnez, el Taumaturgo, ha enriquecido a mi familia con sus conjuros de abundancia y prosperidad... y ha lanzado sortilegios y ataduras para encadenar a los Arciniega en la pobreza.
»La hechicería es poderosa y peligrosa, Samuel—paseó la mirada por las estanterías repletas de chucherías paganas y fetiches mágicos—. Tu padre desaparece durante semanas enteras, y regresa cambiado... Me da una espina de temor cuando está cerca. Es un sentido especial que tenemos las mujeres de mi familia, que somos muchas. Te he tomado cariño, y quiero que tengas cuidado con las personas que eliges para tu círculo... A veces, no son quién tú crees que son.
Sam escuchó su teléfono vibrar, lo sacó y leyó el mensaje de María Herrera:
«Esta tarde te espero en el bulevar, vamos a meternos hasta el cuello en la Oscuridad».
Suspiró, tomó el Crucifijo de la Buena Muerte de una de las repisas, y le dijo a Melissa que saldría... que se llevaría la llave porque regresaría de noche. La chica entornó los ojos con una sonrisa pícara, y le hizo un montón de preguntas acerca de chicas y meterse en problemas.
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Sol de Medianoche
Roman pour Adolescents«En Montenegro hierve un caldero de oscuridad, es un pueblo gobernado por la superstición y la incertidumbre... Se situa al pie de una montaña embrujada, y por el corren ríos de magia, de historias, de bestias salvajes que se esconden entre los homb...
