V.

—Aléjate de mí y hazlo pronto, antes de que te mienta—Salvador se sentó frente a la Carreta para recitar el Hechizo de Inversión Energética—. Tu cielo se hace gris, yo ya camino bajo la tormenta.

La Carreta Maldita se agitó ante la activación de positrones que discurrían por su superficie metálica, atornillada sobre cuatro ruedas hinchadas. Andrés invocó al espíritu de la carreta con el poder reunido por la Mano de Orula... y se encontraba sentado en el cajón, en postura de meditación... extrayendo la energía negativa del Dominio Sin Límites para materializar aquella entidad de la época colonial, que evocaba las plagas de cólera y paludismo; tiempos enfermizos en que las carretas arrastraban montañas de cadáveres a fosas de cremación.

—Aléjate de mí, escapa, vete... ya no debo verte—la voz de Salvador era un susurro que propició una extraña reminiscencia sobre la colina que avistaba un Montenegro abrasado por la desolación—. Entiende que aunque pida que te vayas, no quiero perderte—la concentración del monaguillo era palpable en las venas hinchadas de su frente—. La luz ya... No alcanza. No quieras caminar sobre el dolor, descalza—su nariz sangró en un hilo oscuro y suspiró para serenarse. La cantidad de energía negativa que catalizaba su flujo energético como una bobina, era enfermiza para un ser humano corriente—. Un ángel... Te cuida... ¡Y puso en mi boca la verdad para mostrarte la salida!

Jonathan subió a la Carreta Maldita de un salto, Samuel y Finchester lo siguieron... Raquel, Donna y Trina juntaron sus manos para cerrar el Círculo de Conjuración. La Carreta se impulsó ligeramente con un chirrido neumático, y los caballos invisibles tiraron del camino que descendía de la colina... Se aferró a las barreras metálicas de la carreta, y apretó la mandíbula cuando Andrés desplegó la energía retenida en su tótem.

—¡Y aléjate de mí, amor! —Aulló Salvador, y el impulso lanzó la Carreta Maldita a toda velocidad—. ¡Yo sé que aún estás a tiempo! ¡No soy quien en verdad parezco y, perdón... No soy quién crees, yo no caí del cielo! ¡Si aún no me lo crees, amor! ¡Y quieres tú correr el riesgo! ¡Verás que soy realmente bueno en engañar! Y hacer sufrir... A quien más quiero.

Andrés recitaba en murmullos las salmodias africanas con los ojos cerrados mientras la Mano de madera retorcía sus dedos fantasmales, hipnotizados por la melodía que la dulce voz de Salvador evocaba a través del flujo energético que hacía girar las ruedas. La Carreta Maldita saltó, a tres metros de altura, como una embarcación remontando la marejada embravecida en una tormenta de espuma... Sam aplaudió juntando las manos, mientras Finchester lo aferraba de la cintura y Jonathan mantenía la pistola en alto. La sensación estática se desprendió de su cuerpo y ocupó cada franja de aquella caja metálica para extender un Dominio Particular conocido como Reflejo de los Cuatro Elementos, imbuido de positrones, atravesando la corrosivo de niebla enfermiza que cubría las calles de Montenegro.

La Carreta aterrizó de sobresalto y Sam sintió que se despegó unos centímetros de la superficie, contenido por los brazos de Finch ceñidos a su cintura. Las calles colmadas de escombros hacían traquetear la carrocería de acero herrumbroso. Los caballos invisibles eran bestias indómitas, y según las descripciones del pelinegro, eran dos equinas cadavéricas y acorazadas con alambre de púas. Su cabalgata atravesaba las calles, bordeando umbrales de gases mefíticos y montañas de escombros cubiertos de cenizas, remontando la Calle San Gregorio con vigor. Subiendo desde el sur por el centro del pueblo...

—¡Aléjate de mí, pues, tú bien sabes que no te merezco! —El hechizo llegaba hasta sus tímpanos como una canción hormigueante que circulaba por su órbita microcósmica e impregnaba sus meridianos con espasmos punzantes—. ¡Quisiera arrepentirme, ser el mismo y no decirte esto!

No podía ver nada, todo se sucedía con demasiada rapidez. Los edificios pasaban junto a ellos con suspiros de aire. La Carreta Maldita se abría paso a través de la cortina espesa de ácido sulfúrico... Jonathan disparaba a la distancia, causando explosiones de combustión que quedaban atrás. Sam apretó los dientes con el cuerpo entumecido, los tentáculos de niebla describían siluetas grotescas y... le parecía que unas luces distantes lo perseguían desde los callejones.

Sol de MedianocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora