II.

El fulgor volcánico de un fuego hogareño era reflejado en las vigas ennegrecidas del techo y las lámparas de vidrio repletas de llamas solemnes. Despertó desorientado, envuelto en mantas viejas y únicamente vestido con una holgada túnica morada. No llevaba nada bajo la túnica, y podía sentir los moretones producto de su violenta sacudida. El aroma delirante del incienso y las especies lo mantenían somnoliento...

Sam vio un montón de tela oscura y cabello blanco agitarse sobre un banco, y fue consciente de la contusión en su cabeza por el mareo. La vieja de rostro indio y ratonil quemaba hierbas verdes en un cuenco de barro... y el humo blancuzco velaba su fisionomía como una cortina translúcida. Estudió rápidamente la colección de brujerías y fetiches que pululaban en aquella apretada choza de madera anciana, y creyó ser víctima de la Patasola...

Hizo un esfuerzo por levantarse, y fue incapaz de sopesar la corriente eléctrica en sus vías energéticas... Sus miembros hormigueaban, entumecidos.

—No podrás usar tu hechicería mientras estés dentro de mi Dominio—dijo la anciana con voz señorial—. Los hechizos que protegen esta choza conforman un Dominio Perpetuo que no siquiera ella con todo su poder podría usurpar...

—No es hechicería...

—Llámalo como quieras, niño—levantó un dedo arrugado—. Ustedes, los Dioses Blancos... buscan explicar todo lo que está más allá de su comprensión en un esfuerzo inútil por deshuesar la estructura del mundo con complicadas ecuaciones. ¿Dónde está la belleza sino en los Misterios? —Se levantó del taburete, encorvada y pequeña, con un caminar extraño que despertaba un sonido hueco bajo la larga bata de pieles cocidas—. Inventan nombres sin sentido, y encasillan los más míseros secretos de la Creación para sentirte satisfechos...

Se alejó a un mesón repleto de jarrones y vajillas de barro cocido. Sus movimientos eran sumamente lentos y meticulosos, las arrugas en su rostro moreno disimulaban las facciones nativas de los auténticos pobladores de estas tierras. Samuel había escuchado de aquella bruja pretérita, pero como la gran mayoría de figuras contadas en Montenegro... era otra leyenda.

—¿Eres la Tunda?

Aquel ser mostró un amago de sonrisa, enseñando un único diente en unas encías oscuras.

—Creía que ya no vivían los hombres que me conocían por ese nombre.

—No puedo creerlo—Sam chasqueó la lengua—. Debes tener más de cuatrocientos años... ¿Cómo puedes seguir viva?

—¿Qué es la vida? Para una persona que ha visto tanto como yo, que hace eones ve la desesperación del mundo y el sufrimiento de los dioses... ¿puede la muerte cambiar las circunstancias? Ustedes los que vinieron en sus monstruos de madera, cabalgando el océano, trayendo consigo la plaga y la avaricia... ¿Para ustedes la vida tiene algún valor especial? ¿Qué es la muerte más que la interrupción de la vida? Pero, así como una hoguera puede subsistir eternamente mientras sea alimentada sin descuido, la vida... puede postergarse más allá para cualquier ser dispuesto a afrontar las dolencias y carencias interminables en lugar de afrontar el descanso póstumo...

Se mantuvo expectante ante el divagar de aquella anciana indígena. Según las leyendas del almanaque de Montenegro, la Tunda fue una bruja resentida con el mundo, decidida a vengarse de los colonizadores por todo sufrimiento causado por su llegada. El Mal de Ojo y las Saetas de la calumniosa anciana causaron detrimentos, enfermedades y muertes en su beligerancia por expulsar a los Dioses Blancos que profanaron sus tradiciones y mancillaron las tierras de sus ancestros. Aquella figura olvidada en la noche de los tiempos le produjo consternación y tristeza, y los fetiches que vislumbraban las estanterías eran recuerdos solemnes de polvo cósmico.

Sol de MedianocheDonde viven las historias. Descúbrelo ahora