Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Por alguna extraña razón, ella no pudo dormir en toda la noche. Cuando intentaba cerrar los ojos, pequeñas imágenes llegaban y se espantaba, pero sonreía cuando veía a sus dos angelitos dormir plácidamente. Leyna cruzada en la cama y Demyan por igual. Era la primera vez que dormían solos en una misma cama, pero ella estaba con ellos vigilando su sueño.
Cuando el sol salió, vio que apenas iban a ser las seis y media de la mañana, por lo que tenía que estar lista, al igual que sus hijos, a la hora que se le puso para salir con Natacha. Se lavó los dientes y les dio un beso en la frente a sus hijos antes de salir de la habitación. Iba con una de las batas que Natacha le prestó para dormir, ya que ninguno de los tres tenía ropa para pasar la noche.
—Buenos días —saludó a la empleada que vio en la cocina.
La mujer hizo un asentimiento con la cabeza antes de encender la estufa y colocar algunos sartenes. Ella fue a la nevera para prepararle el desayuno a su hijo, por el hecho de que, luego de lo que pasó el día anterior, deseaba no tener nada que ver con la mayoría de esas mujeres.
—Puedes usar la hornilla que dejé vacía delante —le susurró la chica que encontró primero—. Solo haré el desayuno; las otras van a organizar la mesa para los señores.
—Gracias.
Todas tenían un uniforme de trabajo y en ningún momento Natacha le dijo que debía usar alguno. Tuvo que mantener la calma en más de una ocasión para no cometer un crimen ahí mismo cuando las chicas le pasaban por el lado, dispuestas a darles un empujón de forma innecesaria. Apenas tenía un día en ese sitio y ya tenía que andar pidiendo hasta el mínimo permiso.
Cuando terminó todo lo del desayuno de sus hijos, los puso en una bandeja y fue a la habitación cuando una de las chicas quiso tirarle la bandeja de las manos.
—Cuidado...
—Lo tengo, por algo vi el pie que metiste. —Nadja quiso pasarle por el lado, pero ella se metió—. ¿Me dejas pasar?
—No sé por qué razón, siento que no vas a durar mucho en esta casa —le dijo lo suficientemente alto como para que las otras lo escucharan—. Con tu color de cabello extraño, esos ojos...
—No quiero problemas, no es mi labor o deber estar todo el tiempo al pendiente de lo que vayan a decir de mí —la cortó—. Sin embargo, no sé por qué razón usted está tan al pendiente de mí.
—Es que es extraño que la señora haya quitado de su puesto a la chica que antes estaba y ponga a una mujer con hijos. —La chica se cruzó de brazos—. ¿Quién eres en realidad?
—La empleada de tu jefa —le respondió Erik, entrando a la cocina—. La única que esa chica debe darle explicaciones. No a una mosca muerta que solo le falta una bala entre las cejas para desaparecer.
—Lo lamento, señor —la empleada inclinó la cabeza.
—Ve a tu destino y tienes que estar lista a la hora que la señora te indicó. —Erik se dirigió a Nadja, y después a la chica que seguía sin moverse—. Y tú debes esperar a que te den una respuesta por la osadía que tomaste, puesto que no eres más que una empleada sin valor.