Él no olvida, menos a un traidor.
Sin embargo, las deudas se pagan y más aún cuando llega a ese pueblo abandonado por Dios y se encuentra algo más que un traidor que se hace pasar un padre y a una mujer despreciada por todos y que está dispuesta a...
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Nadja estaba temblando de miedo al ver que posiblemente la matarían luego de que ella eligió que le hicieran lo que quisieran a esos tipos que antes estaban haciéndole daño. La mujer que estaba ahí era la única que le brindaba un poco de confianza, puesto que los hombres para ella solo eran un miedo inminente por todo lo que pasó.
—Mis hijos, quiero verlos —volvió a pedir—. Hice todo lo que me dijeron, hablé...
—Eso tendrá que esperar un poco más —Jadiel le apretó las mejillas—. Vamos a quitarte esto, que pareces un reptiliano...
—¿Un qué?
—Mierda, la lentilla de los ojos que se te mueven —la soltó—. Quítatelas —ordenó.
Ella se soltó de su agarre y, bajo la atenta mirada de todos los presentes en ese sitio, se quitó la primera lentilla, dejando ver en verdad el color azul de sus ojos, el cual era demasiado llamativo para su propio gusto. Luego prosiguió con el segundo, dejando ver un verde que sin duda alguna era igual de llamativo. Sus lentillas, de tanto llorar y ser maltratada, estaban destruidas, por lo que sería difícil usarlas nuevamente.
—Tienes heterocromía, solo que con colores poco vistos en una persona —el mafioso torció un poco los labios—. Vamos a llevarte a un sitio en donde vas a estar por un buen rato.
—Me mintieron —susurró dolida—. No me dejarán ver a mis hijos...
—Jadiel, déjala verlos, por el amor de Dios —Natacha intentó hablar con él—. Solo será un momento. Es todo.
—Las cosas se harán como yo diga.
Ni siquiera dejó que ella pudiera terminar de hablar; simplemente la sacó de ahí más rápido que como la entró. Sus pies a duras penas podían moverse por el pasillo; a saber a dónde la iban a llevar.
Jadiel, como se hacía llamar el mafioso, ni siquiera le dirigía una miserable mirada, solo la arrastraba. Sin embargo, escuchó el grito de su hija en alguna parte de ese sitio y luego el llanto ahogado de Demyan, el cual significaba una cosa... iba a quedarse sin aire.
—Espere, espere —intentó golpear la mano de Jadiel—. ¡Déjeme verlos!
—No...
—¡Mi hermano se está quedando sin aire! —gritó Leyna—. ¡Quiero a Nadja!
—¡Leyna! —gritó removiéndose—. ¡Estoy aquí! —movió su mano para que Jadiel la soltara, pero este solo le apretó más—. ¡Demyan! ¡Mamá está aquí! —gritó eso último, sin importarle las consecuencias.
—¡Nadja! —Leyna logró abrir la puerta, pero uno de los guardias la sostuvo—. ¡No me toques y salva a mi hermano!
—Por favor —gimoteó—. Solo un momento, es todo.
Él se quedó un momento en silencio; aun así, la llevó a rastras hasta lo que parecía ser la entrada de un sótano.
—Llévala a la celda asignada —decretó con seriedad—. Que llegue con vida es tu prioridad ahora —miró a los otros que los iban a acompañar—. Nos iremos dentro de poco y manténganse en alerta —luego se dirigió a otro—. Busca a la anciana y llévala a la sala de interrogatorios.